“Las manos tan pequeñas”, nominada a mejor novela en Valencia Negra

Portadas de los finalistas

“Las manos tan pequeñas” opta al Premio a la Mejor Novela de la décima edición del festival Valencia Negra, junto con otros cuatro títulos de novelistas que convierten el hecho de estar nominada ya en una victoria.

Además, son los lectores quienes, con su voto, eligen el título ganador. Si quieres participar con el tuyo, puedes hacerlo pinchando AQUÍ.

El 20 de abril, encuentro con Jo Nesbø en Fundación Telefónica

Espacio Fundación Telefónica acoge en su auditorio el encuentro presencial con el autor noruego Jo Nesbø, con motivo de la publicación de su último trabajo El hombre celoso, y tengo la suerte de ser yo con quien converse.

Será el 20 de abril a las 19:00 horas. Os espero a todos.

Tenéis la información sobre el evento y la forma de reservar plaza pinchando AQUÍ.

‘La ciudad de los vivos’

«El coronel partía del supuesto de que el hombre es una criatura frágil, y que sólo una ética a prueba de bombas, y una inquebrantable fuerza de voluntad, le impiden a veces sumirse en el desastre.

—Además, lo que tienen a su alrededor no ayuda —agregó.

Se refería a la ciudad».

Hoy terminaré La ciudad de los vivos, una lectura que no se me olvidará. La historia de cómo y por qué, en marzo de 2016, mientras la lluvia amenazaba la ciudad de Roma, Manuel Foffo y Marco Prato acabaron brutalmente con la vida de Luca Varani no es un true crime al uso, sino una obra literaria de calidad excepcional, que entronca directamente con A sangre fría o la más reciente Devoradores de sombras, y ofrece al lector un fresco del horror doméstico tan árido y descarnado, como atractivo gracias a su tremenda oscuridad.

Sin tiempo para escribir un artículo en condiciones, pero con muchas ganas de recomendarlo por aquí, porque creo que merece mucho la pena y ardo en deseos de que alguien cercano se lea el libro para poder comentarlo largo y tendido, dejo a continuación mis reflexiones y notas:

  • «¿Podemos hablar de la resistencia física del mal después de haber sido cometido?». Esta es una de las muchas preguntas que, a lo largo del texto, se formula Lagioia. Nos encontramos ante un relato plagado de interrogantes y, más concretamente, plagado de interrogantes sobre el mal y sobre el horror. Aún a riesgo de simplificar en exceso, los agrupo en un par de cuestiones: ¿El mal se queda? Allí donde ha sucedido algo terrible a manos humanas, ¿prevalece como una masa densa y transparente que podemos intuir y rechazar?; y ¿el mal es capaz de apoderarse de las personas buenas y sumirlas en un estado transitorio de locura? ¿Podría cualquiera de nosotros ser el responsable de una atrocidad semejante a la perpetrada por Foffo y Prato?
  • No hay deriva individual ajena a la deriva del espacio que la acoge. Para Lagioia, la decadencia de Roma, presente en cada una de las mil ratas que infestan la ciudad, no se produce en paralelo a la de los asesinos, sino que alimenta su temeridad y, a la vez, se nutre también de ella. ¿Hay un crimen para cada escenario urbano e histórico? ¿Un tipo de criminal y un tipo de víctima? Si abordamos La ciudad de los vivos desde esta perspectiva, podría justificarse el hecho de que un librero algo irónico la clasificara como literatura de viajes, y la verdad es que la crónica incluye numerosos pasajes descriptivos, a la altura del más exigente flâneur.
  • La identidad como crimen. ¿Ser de una u otra forma nos sitúa a ojos de la opinión pública a la altura de quién nos hace daño y, en cierto modo, lo justifica? ¿Era Luca Varani un chapero? ¿Tenía tendencias homosexuales que había decidido ocultar? A lo largo de la narración, descubrimos cómo la sociedad se apoya en los rasgos que definen la personalidad de los protagonistas de la tragedia -orientación sexual, nivel económico, entorno familiar- para prejuzgarlos y endurecer o suavizar la mirada sobre el hecho delictivo, sobre la muerte violenta, que debería analizarse de forma independiente a la condición de quienes, víctima o verdugos, la protagonizan.
  • «Nosotros no lo sabemos todo, pero Facebook a lo mejor sí». Esto le dice el abogado de Marta Gaia, novia de Luca Varani, a Lagioia. Ni siquiera por nuestros seres queridos deberíamos atrevernos a poner la mano en el fuego. Ellos por nosotros, tampoco. Sin embargo, es curiosa la facilidad con que, sucedido el desastre, nuestras vidas se pueden reconstruir a partir de la red, de nuestro rastro impostado o sincero en los buscadores y las plataformas. ¿Quiénes somos? o, mejor: ¿quiénes somos «realmente»? Vivimos en una época en la que resulta difícil separar la ficción de la realidad.
  • Por último, qué importante es la voz y la forma que elegimos a la hora de (en este caso) reconstruir una historia. Nos encontramos, además de ante un suceso hipnótico por lo que tiene de demoledor, ante un narrador inmejorable; y quizás sea él, el autor, el que consigue que La ciudad de los vivos de el salto de «crónica interesante y adictiva» a «lectura imprescindible».

Ya podéis adelantar la compra de mi nueva novela, ‘Las manos tan pequeñas’

A la venta el 23 de marzo

Presentaciones:

Cervantes y compañía – Madrid – jueves 24 de marzo – 19:30h

Ramon Llull – Valencia – jueves 31 de marzo – 19:00h

Queda muy poco para que Las manos tan pequeñas, mi nueva novela, salga a la venta. Será el próximo 23 de marzo, pero, tanto si vivís en Madrid como si no, ya podéis adelantar la compra en la web de la librería Cervantes y compañía. Todo el que adquiera su ejemplar por este canal se lo llevará con dedicatoria incluida y los 50 primeros recibirán además un pequeño obsequio.

COMPRA TU EJEMPLAR PINCHANDO AQUÍ

Han pasado ya algo más de tres años desde que, al volver de Japón, empecé a trabajar en esta historia sobre el asesinato de Noriko Aya, la bailarina más famosa del mundo; un crimen que lleva a la popular escritora de novela negra Olivia Galván y al diplomático Gonzalo Marcos a recorrer Tokio en busca no solo de la identidad del asesino, sino también en busca de su propia verdad y de todas las sombras que acompañan a Olivia.

No podemos huir de nosotros mismos.

De eso trata también este libro que, sin abandonar el género, es sin duda mi texto más íntimo; una reflexión sobre el deseo y su capacidad para dirigir nuestra voluntad más allá de toda precaución.

Y por ahora paro ya, que no quiero desvelar todas las cartas tan deprisa.

Comparto aquí (¡por fin!) la preciosísima portada.

Seguiremos informando.

23 de marzo, Las manos tan pequeñas. En HarperCollins Noir.

2021 en 10 novelas negras

Más literarias, más comerciales, con o sin crimen, escoradas hacia la intriga pura o hacia la denuncia social… los límites del noir cada vez son más difusos y resulta difícil no cruzarlos al realizar una selección de las que para mí han sido las mejores novelas de suspense del año. En cualquier caso, las recomendaciones que incluyo a continuación son de títulos que he devorado con ansia y que me han supuesto un descubrimiento; esa clase de historias que, por una u otra razón, se convierten en compañeras secretas de viaje mientras nos dura su lectura; y, al terminarla, se quedan con nosotras como un anzuelo.

1. Seis Cuatro. La mejor.

Entrevista al autor: AQUÍ. / Compra un ejemplar pinchando AQUÍ.

2. El hombre perdido. Mimbres de clásico para una novela del siglo XXI, que no decae en ningún momento, ni siquiera en el final, que siempre es lo más difícil.

Entrevista a la autora: AQUÍ / Compra un ejemplar: AQUÍ.

3. Mía es la venganza. La más literaria.

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4. Tres. La más elegante y al mismo tiempo la más brutal.

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5. La patria de los suicidas. Una buena ópera prima basada en una perturbadora realidad.

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6. Los buenos hijos, que nos demuestra que tenemos el suspense y el misterio más cerca de lo que pensábamos.

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7. La desaparición de Adèle Bedeau. Una novela como una película de Chabrol.

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8. La comunidad. Una buena intriga con la infidelidad de fondo.

Entrevista a la autora: AQUÍ / Compra un ejemplar: AQUÍ.

9. En plena noche. Un best seller para no irse a dormir hasta la última página.

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10. Primavera para Madrid. Un lenguaje diferente y unos hechos que, convertidos en cómic, se revelan y muestran toda su oscuridad.

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‘El hilo invisible’

Nadie se hace a sí mismo. Eso es lo que aprendí en una de mis clases de quinto de carrera. Recuerdo el profesor, Pedro J. de la Peña, pero no la asignatura. Para mí sus palabras fueron una revelación. Son los demás quienes nos construyen, lo queramos o no, y quienes consciente o inconscientemente nos ayudan o nos hunden en la miseria. Años después, esta pasada primavera, me encontré con un desarrollo de la misma idea en la espléndida Klara y el sol: comprendí que existimos en los otros y que es su percepción, la memoria que conservan de los momentos que nos han dedicado y que les dedicamos, lo que nos hace insustituibles. Es lo vivido e intangible lo que nos vuelve únicos como individuos y confiere a nuestro cuerpo físico cierto halo de inmortalidad. Así es como el dolor por la pérdida de aquellos a quienes queremos es a la vez, de una manera extraña, dolor por la pérdida de una parte de nosotros mismos que se «borra» con su marcha. La muerte de los otros, poco a poco, nos hace desaparecer.

Mi tío Salva, el hermano mayor de mi madre, murió en agosto.

Nos alejamos durante mi vida adulta, aunque cada vez que iba a Valencia nos veíamos. Sin embargo de pequeña pasé muchísimo tiempo con él. Me han contado que, cuando yo era un bebé, él me dormía con Mediterráneo de fondo. Es posible que sea por eso por lo que, no importa las veces que la escuche, me emociona tanto la canción de Serrat, porque forma parte de una época en la que yo era y no era a la vez; una época que solo existe para mí porque aún hay gente a mi lado que puede contármela. Somos antes que nuestra memoria.

Salva me enseñó a querer las películas. Fueron incontables nuestros trayectos juntos al Videoclub 2000, en Guillem de Castro, e inagotable su paciencia ante mi insistencia por ver en bucle algunos títulos de los que me aprendía los diálogos como un loro. Había dibujos, pero también estaban Drácula, Tomas Crown, Amparo Rivelles en Eloísa está debajo de un almendro, Hepburn y Grant en Historias de Philadelphia o Cher en Sospechoso. Para bien o para mal, no tuve filtro, así empecé a amar el cine, yendo arriba y abajo de la calle del Turia con un par de cintas de vídeo VHS en las manos de mi tío. Hasta hoy.

Hace poco vi El hilo invisible, que me pareció brillante y me llevó a preguntarme una vez más qué es lo que consideramos amor y por qué elegimos unilateralmente o de acuerdo con el ser amado unirnos a él de forma incondicional, no importa si breve o prolongada en el tiempo, por muy terribles que puedan ser las consecuencias… porque el amor no siempre es, he aquí una paradoja, amable, ni es fácil; a veces nos transforma y nos vuelve malvados; a veces se desborda y se esparce como una pátina transparente por cada rincón, por cada parcela, da igual lo minúscula que sea, de nuestra existencia. A veces el amor es deseo o es miedo, y no es amor, pero somos incapaces de darnos cuenta y nos lleva a la renuncia de todas las demás cosas. Tal es el placer que nos produce experimentarlo, que nos empeñamos en trascenderlo.

Porque el amor, bien o mal entendido, también es nuestro espejo, el máximo exponente de la idea con la que empezaba este post. Así es como el famoso modisto Reynolds Woodcock (Daniel Day-Lewis) encuentra al mirarse en la camarera Alma (Vicky Krieps) una insólita y fascinante versión de sí mismo, que no le ofrece nadie más. Y se reconoce.

Acceder a nuestra imagen más íntima, la más desnuda, esa que simultáneamente nos fascina y nos asusta exige el descenso.

Todo esto para decir que El hilo invisible me encantó.

Manuel Ríos San Martín: «El thriller es la excusa»

Manuel Ríos firmando ejemplares de su nueva novela en Cervantes y compañía

Manuel Ríos San Martín (1965) está leyendo Una historia natural de la humanidad y, antes de despedirse, me pregunta por La vida contada por un sapiens a un neandertal. Como lo tenemos, no duda en comprarlo. Durante el rato que pasamos juntos en la librería y que dedicamos principalmente a charlar sobre su título más reciente, Donde haya tinieblas (Planeta, 2021), una intriga que comienza con la extraña desaparición en Madrid de la jovencísima modelo rusa sin ombligo Karolina Mederev, Manuel me habla de su debilidad por el ensayo, de los tres enclaves religiosos que ha elegido para ambientar su nueva ficción criminal, en la que lo espiritual y lo mundano se funden en un perfecto equilibrio, y de un paisaje social, el actual, que ha obligado a los hombres de su generación a replantearse muchas cosas.

Con una brillante trayectoria profesional como guionista de televisión, en la que destacan títulos como Médico de familia o Compañeros, y una exitosa segunda novela, La huella del mal (Planeta, 2019), en la que rastreó el origen de la maldad humana por los sombríos escenarios de la prehistoria, Ríos San Martín nos presenta en Donde haya tinieblas a los investigadores Juan Martínez y Nuria Pieldelobo, y con ellos nos sumerge en un universo de extremos y choque generacional en el que la tensión no decae en ningún momento.

—¿Cómo surge la idea de Donde haya tinieblas? Meses antes del confinamiento me invitaron a dar una conferencia en Ávila y me quedé allí a dormir. Al día siguiente, dando un paseo por la catedral, descubrí que en el claustro tenían una exposición que mezclaba hechos políticos y hechos religiosos de la historia de la humanidad, y había una parte que trataba de la prehistoria…

—Una de sus etapas favoritas, como queda claro en su novela anterior, La huella del mal… Exacto. En la exposición se mencionaba el pecado como el origen del mal e inevitablemente se citaba el Génesis, y se me ocurrió que, si en mi libro anterior había tratado yo mismo el concepto del mal pero desde un punto de vista biológico, podría resultar interesante abordarlo ahora desde esa perspectiva religiosa del pecado. Me pareció una buena manera de retomar uno de los temas fundamentales de la novela negra, pero desde un ángulo muy distinto al de La huella…

—Así que primero elige sobre qué reflexionar y luego inventa una trama. Eso es. Siempre escribo para contar algo más que el argumento evidente a simple vista, para mí el thriller es un poco la excusa, lo que engancha al lector, aunque en este caso la trama surgió muy rápido: del pecado original salté al Génesis, que es una relación de las numerosas oportunidades que Dios da a los hombres, de su perdón continuo, de su infinita misericordia. Revisé episodios como el del árbol de la fruta prohibida, el momento en el que Caín mató a Abel o las peripecias de Noe durante el diluvio… y comprendí que detrás de toda aquella carga simbólica se escondía una historia.

Martínez y Pieldelobo

—Y para protagonizarla eligió a la treintañera Nuria Pieldelobo y el cincuentón Juan Martínez, ambos miembros de la UDEV (Unidad de Delincuencia Especializada y Violencia). Seguro que ya se lo han dicho, pero no me resisto a decírselo yo también: él me recuerda mucho a usted. Efectivamente, me lo dicen mucho, pero él es mejor persona que yo. Compartimos la parte más familiar, pero yo soy más cañero.

—Hombre, Martínez es bastante cañero… sí, pero lo es a su pesar, porque quiere llevarse bien con todo el mundo.

—Con esos apellidos tan neutros, inspector Martínez Gutiérrez, he pensado más de una vez durante la lectura que su personaje es una metáfora con la que pretende retratar al hombre de su generación y el complicado lugar social en el que actualmente se encuentra. Gracias a mi trabajo y mi gusto por las redes sociales, creo que soy más moderno que los amigos que tengo de mi edad, porque muchos de ellos, aunque lo intentan, no logran entender este mundo, y eso me produce ternura. Así es Martínez, que trata de estar a la altura de las nuevas tecnologías y comprender a sus hijos, comprender a Nuria Pieldelobo; pero yo no soy así.

—¿Cree que en la actualidad tendemos a culpabilizar al hombre de más de 50 por su manera de pensar y comportarse? Esa es una cuestión muy polémica. Volviendo a Martínez, consciente de que no ha hecho grandes cosas por erradicar el patriarcado, se esfuerza por aprehender el discurso de Nuria Pieldelobo, que es completamente su opuesto. Sin ella la novela no funcionaría. Muchas de sus reflexiones están inspiradas en conversaciones con algunas de mis mejores amigas, que me han hecho ver con otros ojos la realidad de las mujeres. En cualquier caso, creo que nadie tiene la verdad absoluta: hay valores censurables en la esencia de mi generación, por supuesto que sí, pero también hay otros que merecen la pena; y lo mismo ocurre con los millennials. Lo importante es ser capaces de llegar a entenderse. Ese es uno de los mensajes de la novela.

—¿Cómo se le ocurrió esta pareja protagonista? Apareció. Siempre escribo el arranque de mis intrigas del tirón, así es como doy con el tono del relato, y esta vez me salieron 40 páginas casi sin pausa y un tono que me desconcertó. No sé por qué empecé escribiendo «Las redes sociales son una mierda», pero el caso es que a la editorial le gustó aquel principio y continué. Cuando avancé un poco más en la narración de la desaparición de Karolina, revisé lo que llevaba escrito para poner a prueba la verosimilitud de la novela y yo me la creí.

—El personaje de Karolina introduce en el texto, como contrapunto a lo religioso, todo lo relativo al mundo de la moda y las redes sociales. ¿Cómo consiguió que dos realidades tan diferentes empastaran tan bien? Hubo un momento en que llegué a pensar que tenía entre las manos dos historias distintas, pero luego comprendí que se trataba de una novela de dicotomías, de contrastes, en la que no solo los temas de fondo chocaban, sino también las personalidades de Martínez y Pieldelobo, como comentábamos antes. Que Karolina Mederev fuera una modelo famosa, además de regalarme un fantástico arranque de la acción, me permitió enfrentar a lo espiritual la frivolidad del mundo de la moda y dar espacio a las redes sociales, que hoy en día, en cualquier investigación, son ineludibles. No podemos ignorar los móviles y las redes, aunque eso haga el relato del crimen aún más difícil.

—Y en la construcción de ese relato, ¿qué es lo que siempre incluye y qué lo que a toda costa intenta evitar? Procuro, sobre todo, no aburrir, y lo hago cuidando mucho la estructura y el avance de la historia, así como el perfil de los personajes, que debe guardar relación con los temas principales de la ficción que lleve entre manos. Y lo que siempre intento incorporar a mis tramas es la emoción, la emoción no puede faltar nunca.