Diez lecturas indispensables de 2022

Este año no he leído tanto como me gustaría. Han pasado demasiadas cosas, pero, eso sí, lo que he podido leer creo que lo he elegido bien y lo he disfrutado mucho.

A continuación os dejo la lista de los diez libros que se van a quedar conmigo para siempre, porque sé que más tarde o más temprano necesitaré volver a perderme entre sus páginas. De menos a más, aquí tenéis mi lista:

10. Para qué sirve la literatura, de Antoine de Compagnon, en Acantilado; un ensayo breve, lúcido y nada pretencioso, que recoge la lección inaugural de Compagnon en su cátedra en el Collège de France. Normalmente este tipo de textos se me caen de las manos porque, a menudo, nadan en la impostura, pero nos encontramos ante una maravillosa excepción.

9. La familia, de Sara Mesa, en Anagrama. La crítica no ha terminado de ponerse de acuerdo con esta novela, pero yo lo tengo claro. Creo que lo que Sara Mesa hace en La familia —como ya hizo en Un amor— es dificilísimo: detecta el malestar común, ese en el que todos, aunque no lo hayamos sufrido directamente, nos reconocemos; y busca el negativo de conceptos tácitamente concebidos como luminosos. Para mí, con esta nueva historia, se mantiene entre las mejores voces del momento.

8. Caso clínico, de Graeme Macrae Burnet, en Impedimenta. La tercera novela de Macrae Burnet traducida al español es, sin duda, la mejor y se mueve entre el suspense del cine de Hitchcock y la extrañeza de los textos formalmente inquietantes. Os dejo AQUÍ el enlace a la reseña que el pasado mayo publiqué en ABC Cultural a propósito de su lectura.

7. Idaho, de Emily Ruskovich, en Literatura Random House. Idaho contiene todas las flaquezas propias de una ópera prima, pero eso contribuye a hacerla más bella. Se trata del relato de un hecho terrible, paradójicamente, a partir de un lenguaje exquisito y poético, y aborda uno de los temas que más me inquietan: el de las madres que matan a sus hijos, presentes también en las recientes Mía es la venganzaLas madres no, también excepcionales.

6. Los chicos de Hidden Valley Road, de Robert Kolker, en Sexto Piso. Este ensayo tiene el enganche de un best seller y nos cuenta una historia tan sorprendente como real: entre 1945 y 1965, Don y Mimi Galvin tienen 12 hijos y 6 terminan diagnosticados de esquizofrenia en una época en que los estudios sobre la enfermedad apenas estaban empezando a ver la luz. Lejos de tratarse de una crónica para lectores especializados en la materia, nos encontramos ante un relato absorbente e impecablemente documentado. Librazo, sin más.

5. Riccardino, de Andrea Camilleri, en Salamandra. El último caso de Salvo Montalbano no fue el último que escribió Camilleri, pero sí el más especial, porque Riccardino no es solo un homenaje al personaje de Montalbano, sino también a la literatura y a la relación entre el autor y sus fabulaciones, a veces fugaces, a veces tan potentes que permanecen junto a él durante décadas y se atreven a sobrevivirle. Clicando AQUÍ podéis ver el documental en el que tuve el honor de participar, explicando junto con gente a la que admiro algunos secretos de la saga literaria y su profundísima huella.

4. Babysitter, de Joyce Carol Oates, en Alfaguara. El último thriller que he leído este año no es un thriller al uso, sino una disección minuciosa del choque entre lo perfecto y lo terrible, y de cómo lo primero siempre está más cerca de lo que pensamos de lo último. Babysitter es el apodo que, a finales de los años 70, la prensa le da a un concienzudo asesino de niños, que se acerca de forma peligrosa al entorno profiláctico de una zona suburbana de clase alta en los Estados Unidos. Carol Oates lleva muchos años mereciéndose el Nobel. Es un hecho.

3. Los abandonos, de Russell Banks, en Sexto Piso. Los abandonos es la mejor novela que he leído este año y Banks, todo un descubrimiento. Si clicáis en el enlace del título, podréis saber más sobre la trama, impecable en forma y contenido, y, como me gustan a mí, llena de sombras e incertidumbre, porque nunca vamos a saber si lo que se nos está contando es verdad. Eso sí, creo que la cubierta engaña. No os dejéis guiar por ella.

2. Los Diarios y cuadernos. 1945 – 1995, de Patricia Highsmith, en Anagrama. Aunque solo sea para ver la evolución de la voz de Highsmith desde los 20 a los 70 años, este libro merece la pena; además ofrece muchas otras cosas: anhelos, vaivenes de la autoestima, descripciones costumbristas y reflexiones profundas y en ocasiones agresivas, sin filtro e impregnadas de la mirada no siempre equilibrada de los genios. Una obra maestra, construida con la lentitud de la erosión lentísima de la naturaleza por una de mis autoras de referencia. Al menos para mí, lectura imperdible.

1. La ciudad de los vivos, de Nicola Lagioia, en Literatura Random House. He escrito mucho sobre La ciudad de los vivos, un libro que perdurará y al que resulta difícil enfrentarse por el peso de sombra que acompaña el suceso que lo protagoniza, pero merece la pena.

Aquí podéis leer el post que publiqué poco después de terminarlo: La ciudad de los vivos.

Y aquí mi artículo en el ABC Cultural.

Si no sabéis que regalaros, esta crónica —y no exagero—, de una forma u otra os marcará.

La mejor literatura posible, curiosamente en la no ficción.

Empiezo a colaborar con El Periódico de España

A partir de ahora, también escribiré sobre crimen en El Periódico de España. Podréis encontrar mis textos en la sección de Cultura del diario. Espero que los disfrutéis.

El primero, un artículo sobre el Cozy Crime, una tendencia al alza:

«Se ha convertido en uno de los géneros más codiciados entre las editoriales y agencias participantes en la reciente Feria del Libro de Frankfurt. Sin embargo, aunque su arraigo literario en el panorama internacional es firme, en España no ha sido hasta estos últimos años cuando el cozy crime, algo así como «el crimen acogedor», ha empezado a ganar adeptos y ha despertado el interés de algunos de los sellos y colecciones de novela negra con más prestigio de nuestro país. Pero ¿puede el crimen ser amable o, por lo menos, ser narrado desde una perspectiva dulcificada y presidida por el sentido del humor?»

Lee el artículo completo, clica AQUÍ.

Susana Martín Gijón: «Echo de menos personajes femeninos más normales»

Susana Martín Gijón fotografiada por José Manuel Romero

Las madres lo guardan todo y la de Susana Martín Gijón (Sevilla, 1981) no es una excepción, así que un día le enseñó a su hija un cuaderno que la escritora, una de las voces más populares de la novela negra actual, no recordaba, aunque era suyo. Lo había utilizado cuando era niña y estaba lleno de palabras. Tal vez en esas páginas de trazos infantiles empezó a gestarse la semilla de Annika Kaunda y Camino Vargas, las protagonistas de sus dos series literarias más conocidas, plagadas de crímenes y misterios… tal vez allí y también en los veranos en Sevilla, donde Martín Gijón, ahora una incansable trabajadora del lenguaje, convencida de que incluso hasta las reseñas más destructivas esconden algo que aprender, arramblaba con la biblioteca de su abuela, en la que inició sin saberlo un viaje que habría de llevarla, en una de sus paradas más dulces, hasta Alfaguara, la editorial de sus tres últimas novelas, que han sido tres éxitos: Progenie, Especie y la más reciente, Planeta.

—¿Por qué es en el género negro donde se siente más cómoda? 

Porque lo conozco desde bien pequeñita. A mi abuela le encantaba Agatha Christie y también Sherlock Holmes, pero sobre todo Agatha. También mi madre se empeñó en que leyéramos y, envolviendo las visitas en juego, nos llevaba todas las semanas a la biblioteca. Siempre nos dio plena libertad para elegir nuestras lecturas. Así fue como me aficioné al género. Primero a la novela detectivesca, de enigma… y luego, algo más tarde, al noir más puro de Chandler o Hammett.

—¿Soñaba ya entonces con ser escritora? 

No, no lo tenía tan claro, aunque siempre me gustó mucho leer y escribir, desde el principio. Sin embargo, hasta los 30 años, que fue cuando acabé mi primera novela, sólo escribí para mí, sin plantearme mostrar mi trabajo al público.

—Si hablamos de su primera novela, hablamos de la oficial de policía Annika Kaunda. 

Eso es. El primer título de la serie es Más que cuerpos.

—¿Cómo surgió el personaje de Annika?

Pocos años después de la crisis de 2008 me quedé en el paro. Entraba en la treintena y me planteé qué quería hacer con mi vida. De las crisis surgen las oportunidades y aproveché mi año de desempleo para escribir una novela. Me lo tomé como un reto. Así nació Annika.

—Y después de Annika, la inspectora Camino Vargas, protagonista indiscutible de Progenie, Especie y Planeta. Con ella, su trayectoria se consolida. ¿Cómo definiría su voz? 

¡Qué difícil es definirse a una misma! Mis historias respetan la estructura del thriller actual —capítulos cortos, mucha acción, texto ligero, relato adictivo— pero, al mismo tiempo, en la línea del género más clásico, contienen un gran poso social. También me gusta mucho bucear en la mente humana, profundizar en la psique de mis personajes.

—Es verdad que cada una de las novelas de la trilogía aborda un tema no sólo socialmente llamativo, sino también muy actual. ¿Cómo los «mezcla» con el crimen y qué herramientas utiliza más allá de los asesinatos para interesar al lector?

La novela negra más tradicional recurre a la violencia o la corrupción. Son comportamientos  inherentes al ser humano y nunca desaparecerán, pero yo prefiero acercarme a otros temas sociales más actuales y menos abordados desde el prisma de la narrativa policiaca. En Progenie son los modelos de familia y los diferentes tipos de maternidad; en Especie, el animalismo, el veganismo, la experimentación con animales y el estado de la industria alimentaria; y en Planeta, el cambio climático.

Luego, de forma transversal, reflexiono sobre otros aspectos de nuestra época, como la influencia y el manejo de las redes sociales, pero los tres temas que le he mencionado, como núcleos respectivos de cada uno de los tres títulos de la trilogía, son mi obsesión y la ficción me permite incorporarlos a la trama, mostrárselos al lector de forma inesperada y estimular la reflexión.

—Tal y como me lo cuenta, imagino que el trabajo previo a la escritura será arduo.

Me documento mucho, aunque no todo lo que leo o reviso acabe apareciendo explícitamente en el texto que escribo; y también busco expertos en las materias que analizo. Así lo hice, por ejemplo, para describir la planta química que aparece en Planeta. Hasta que no domino bien un tema, no empiezo a fabular sobre él. Fabulo solo a partir del conocimiento exhaustivo.

—Y todo esto sin renunciar a la sangre. Basta con leer las primeras páginas de Planeta para preguntarse de dónde saca unos crímenes tan atípicos.

Si le digo que los encuentro en mi mente, ¿suena muy perverso?

—O sea, que los inventa usted… ¿cultiva su imaginación en esa dirección para que «criminalmente hablando» sea cada vez más fértil?

Podría decirse así —ríe—. Paseo, me tumbo en el sofá… y la novela está en marcha en mi cabeza, una gran parte del proceso es interior.

—¿Hasta el punto de concebir la realidad en clave de crimen?

No, no hasta ese punto, aunque sí que es cierto que me fijo en algunas noticias y cosas por el estilo, pero no voy pensando siempre en lo mismo. Solo me pasa cuando estoy en el proceso obsesivo de creación de la novela, inmersa en ella. Esa parte me fascina. La tramas de este tipo exigen eso, son muy complejas y no permiten ningún cabo suelto.

Más normalidad

—Usted que la vive desde dentro, ¿echa algo de menos en la ficción criminal contemporánea?

Vivimos un momento en que se puede encontrar muy buena novela negra no sólo internacional, también española. Me gusta que las editoriales estén apostando por ella, pero lo que sigo encontrando son clichés.

—¿Por ejemplo?

Parece que, con incorporar a la trama una mujer investigadora, el éxito está garantizado y no es así. El resultado de esta tendencia es que, para aprovechar el tirón, están surgiendo muchos personajes femeninos sin pies ni cabeza, carentes de atributos reales y reconocibles. Echo de menos personajes femeninos más normales.

—¿Crees que el noir se ha convertido en esclavo de las modas?

No sé si lo será más que otros géneros, pero está claro que muchos autores se limitan a reproducir lo que ven que funciona y eso priva de frescura y aportaciones nuevas e interesantes al género policiaco.

—¿Todo el mundo se cree que puede escribir novela negra?

Algo tendrá cuando escritores consolidados y con mucho prestigio, que no necesitan ventas para nada, lo intentan también. Sin embargo, para mí no es un género fácil, porque a los elementos y obstáculos habituales presentes en cualquier otro tipo de narrativa hay que añadir el juego del gato y el ratón con el lector. De todas formas, y a pesar de los prejuicios que aún existen, la novela negra, poco a poco, está alcanzando el lugar de prestigio que merece.

Entrevista sobre ‘Las manos tan pequeñas’

Mil gracias a Javier Morales por esta entrevista para El asombrario sobre Las manos tan pequeñas, una de las más interesantes que me han hecho. La foto es de Luis Gaspar, el mejor.

Pinchando AQUÍ o sobre la imagen, podéis leerla completa. A continuación, un fragmento:

«Olivia no es un narrador muy fiable. 

De hecho, la novela se dirige a Gonzalo, pero puede que nada de lo que cuenta sea verdad. Yo quería jugar con el concepto de la verdad y, sobre todo, de la verdad en la literatura, que curiosamente nos sirve para sincerarnos. He dicho cosas más sinceras en «Las manos tan pequeñas» que en persona. El obstáculo mayor para un escritor es ser capaz de ser honesto consigo mismo y de contarlo. Creo que esta es mi mejor novela, porque por primera vez he sido honesta conmigo misma».

Irrelevante

Fotograma de la película ‘La insoportable levedad del ser’ (1987)

F se marcha y yo dormito durante horas, dedicando los ratos que paso despierta a releer El nombre de la rosa y ver en Filmin el documental sobre Kundera. Apenas me muevo de la cama y sueño con los ojos abiertos, todavía incrédula ante el hecho de que acercarme a un hombre y que un hombre se acerque a mí esté resultando, de repente, tan fácil. En la nevera, de nuevo hay provisiones de cerveza bien fría y chocolate negro; la buhardilla está limpia y es la mañana más fresca del verano, así que el sol se cuela por la claraboya y me acaricia la piel desprovisto del peso de las rocas que lo ha acompañado durante la ola de calor.

El teléfono está en silencio.

El edificio, en el corazón de Madrid, prácticamente vacío porque la mayoría de los vecinos están de vacaciones.

Y, en la pantalla de mi ordenador portátil, una jovencísima Juliette Binoche huye de un no menos joven Daniel Day – Lewis en la adaptación cinematográfica de La insoportable levedad del ser.

En los días que seguirán a este, la vida transcurrirá, por fuera, sin novedades importantes. Por dentro, me abriré poco a poco, sometiéndome a todas las metáforas, y aceptaré que esta historia merece mi atención.

Raquel vendrá y nuestro vínculo continuará intacto. A ella le contaré hasta qué punto, en esta ocasión no me siento observadora sino partícipe de la acción; y ella me comprenderá.

Kundera dijo (o escribió) una vez: «sueño con un mundo en el que los escritores, por ley, deban mantener su anonimato».

Me gustaría estar de acuerdo con él, pero, por más que lo intento, creo que no puedo.

Estamos en todas las líneas.

Cada una de las notas de la música que componemos somos nosotros. 

O, al menos, yo soy mi música.

Y todo lo que escribo es una carta que puede leerse en varios idiomas a la vez, que puede leerse a pesar de mí o, si así ha sido, recordando los momentos que hemos compartido y los temas sobre los que hemos hablado.

La magia de la ficción es que se comporta como un espejo y, para que sea buena, conocer al autor no es necesario o innecesario, simplemente debe ser irrelevante, un ingrediente prescindible de la receta perfecta pero que, en caso de incorporarse, influirá sin duda en su sabor.

Incluso cuando quien escribe se empeña en desaparecer, como Pynchon o Salinger, marca su obra, aunque solo sea por el ruido de su maniobra de evasión.

Y da igual que escribamos sobre planetas lejanos y seres y tiempos inimaginables, que no habitaremos nunca… siempre lo hacemos para reconocernos. 

El cuerpo

F. llega a mi vida. Lo hace de la forma más inesperada y en el momento más oportuno. Y, salvo la atracción mutua, no tenemos nada en común, algo que sorprendentemente mejora nuestros primeros encuentros, donde la literatura no aparece por ninguna parte si pasamos por alto una excepción: que los encuentros mismos están destinados a convertirse en literatura, porque casi me resulta más interesante recrearlos después, volver a imaginarlos, interrogarme sobre ellos y sobre cómo he podido cambiar tanto y desprenderme durante estos últimos años de tantas cosas. Creo que a través de lo que he escrito y de lo que he vivido me he perdido el miedo y F. me ha encontrado al final de un largo aprendizaje.

No sé cuánto tiempo compartiremos.

A veces tengo dudas, mi mente se rebela, pero he decidido seguir las órdenes del cuerpo. Solo lo visible puede ayudarme a avanzar: lo que puedo tocar, lo que puedo oler, las palabras que F. pronuncia para mí en el presente y a las que yo respondo dejándome llevar, obligándome a caer, sumergiéndome en su deseo nada trascendente pero sí físico, empapado en una cotidianidad que rechaza toda posibilidad de reflexión.

Eso sí, mientras tanto leo sin parar. Devoro Los abandonos, vuelvo a Montalbano y a El nombre De la Rosa. Empiezo Los cerros de la muerte y me entretengo con las Bibliotecas imaginarias de Satz y ¿Para qué sirve la literatura?, de Compagnon.

Y, mientras escribo esto, en Nueva York apuñalan a Rushdie.

¿Para qué sirve la literatura? La pregunta resulta más oportuna que nunca, porque el ataque al escritor confirma con sangre que no es inocua, más bien al revés: la literatura es volátil y es peligrosa, y como la energía puede hacer de lo invisible algo que podemos tocar; los gestos del odio o el amor; la literatura puede prender el fuego… pobre del que se atreva a subestimarla…

F. compra cerveza fría y chocolate negro. Apenas nos conocemos y nos conocemos profundamente. O no. Por primera vez tengo la sensación de que escribir las cosas, capturar el recuerdo, resulta banal y lo embrutece. Por eso esta historia, que me muestra la frontera entre lo que me rodea y lo que habita solo dentro de mi cabeza, y la transformación que se produce cuando intento trasladar algo de uno a otro lugar, me merece la pena y quiero vivirla.

Es el cuerpo el que habla, sin referencias, sin fragmentos subrayados en los libros que hemos compartido, porque no los hay… es un destierro o un exilio, la imposibilidad de levantar un mundo paralelo, que se convierte en un reto…

A ver qué pasa.

‘Los abandonos’

Cubierta de ‘Los abandonos’ (Sexto piso, 2022)

«… la embarcación es grande y está abarrotada, y muchas caras le resultan familiares, pero no llega a reconocerlas. Todos le resultan conocidos, seguro que los ha traicionado y abandonado, pero no recuerda cuándo ni dónde ni cómo. Pero ¿dónde está Emma? Su bienamada Emma. ¿Por qué no se encuentra a bordo de la barca fantasma? Se le ocurre que lo que él está haciendo, contar su historia a la cámara, es para que Emma no se halle en el barco fantasma, para salvarla del destino de todos aquellos que lo han querido y que no han recibido su amor a cambio».

Ayer terminé Los abandonos (Sexto Piso, 2022).

Es una de las novelas más bellas y crueles que he leído.

Devoradla en cuanto podáis.

Dacia Maraini: “Muchas mujeres piensan que su mayor libertad reside en elegir a su verdugo”

El 20 de mayo de 2019, gracias a los editores de Altamarea, Alfonso Zuriaga y Giuseppe Grosso, tuve la oportunidad de entrevistar a Dacia Maraini y charlar con ella, a partir de la lectura de su ensayo Cuerpo feliz (Altamarea 2019), de algunos temas que hoy siguen resultando sorprendentemente actuales. La entrevista nunca se publicó, pero, ahora más que nunca, me sigue pareciendo tremendamente oportuna. Aquí la tenéis completa.

Con Dacia Maraini en la embajada de Italia en Madrid. 20 de mayo de 2019.

Amó a Alberto Moravia y fue amiga de Maria Callas y Pier Paolo Pasolini, con quien colaboró como guionista en Las mil y una noches. Dacia Maraini (Fiesole, 1936) tiene 82 años y subraya el azul de sus ojos inteligentes con una raya también azul. En una época en que las mujeres no lo tenían nada fácil, ella vivió libre y perdió un hijo; una tragedia que proyecta su sombra sobre Cuerpo feliz, su homenaje a una larga e inconclusa batalla por la igualdad de derechos entre los hombres y las mujeres.

Autora de obras de teatro y novelas cuya lectura resulta imprescindible para comprender la literatura italiana del siglo XX, como Los años rotos o La larga vida de Marianna Ucrìa, cuando era una niña se trasladó con su familia a Japón, huyendo del fascismo, y permaneció recluida en un campo de concentración en Nagoya. Allí regresó en los años 80 en busca de su pasado, pero nadie supo decirle dónde había estado ubicado aquel infierno. Quizás esa es una de las razones por las que, a lo largo de nuestro encuentro y de su texto, Maraini hace una y otra vez hincapié en la importancia de la memoria y mira con nostalgia hacia aquel tiempo en el que fue una más y se relacionó con algunos de los nombres más importantes de la cultura contemporánea; “un tiempo en el que los intelectuales se reunían sólo por el placer de estar juntos, sin otro fin, y compartían un sentimiento de comunidad artística que lamentablemente ahora ha desaparecido”.

—Quien se acerque a Un cuerpo feliz esperando un ensayo al uso se va a llevar una sorpresa. 

Sí, porque es un texto mixto, un ensayo híbrido.

—En él escribe: “Te decía que sin imaginación estamos muertos. Es la imaginación la que nos hace entender el dolor de los demás”. Más allá de la reflexión sobre el feminismo, el libro llama la atención por su tono, extremadamente poético, y por la presencia constante de un interlocutor que jamás llegó a existir, el hijo que perdió durante el embarazo. Utiliza una ficción para reflexionar sobre la realidad. ¿Hasta qué punto necesitamos las mentiras?

No es exactamente una mentira, es imaginación. Para mí, imaginar a Perdi, mi niño perdido, era necesario. Al inventar una vida para él en el libro, construyo una realidad literaria que va más allá de lo que ocurrió y me permite desarrollar en la ficción el crecimiento de mi hijo, que no viví.

—Tal y como lo explica, parece que la escritura, al menos en este caso, tuviera para usted un fin terapéutico.

No es más que la forma de crear una relación dialéctica con el dolor de la perdida. La relación con los muertos es muy importante para la memoria, ellos son nuestra memoria, sin embargo nuestra cultura no mira hacia la muerte, no la incluye, y creo que ese es un grave error.

—Esa cultura nuestra es la misma que ha ido cincelando a lo largo de los siglos el rol de la mujer en la sociedad y despojándonos poco a poco de ese “cuerpo feliz”, que no concibe la reproducción sin el deseo.

Sí, y ahí seguimos, en la lucha por recuperarlo, aunque afortunadamente hemos avanzado un poco. Hemos tardado miles de años en lograr unas cuantas conquistas. Con respecto al siglo XIX, hemos alcanzado algunas libertades antes consideradas imposibles. Pensemos, por ejemplo, en Casa de muñecas, de Henrik Ibsen, el cuento de una mujer inteligente y autónoma a quien se consideraba una niña. Todas las mujeres eran consideradas unas niñas, incluso en la mitología griega. 

Esquilo narra el proceso de los dioses a Orestes, un punto de inflexión en el viraje del matriarcado al patriarcado. Orestes mató a su madre cuando matar a una mujer estaba prohibido porque éramos consideradas el principio de la vida, pero Apolo lo perdonó, porque decidió que el cuerpo femenino, lejos de crear por sí mismo, sólo se limitaba a acoger el semen, único portador de la esencia humana. Así se da la vuelta por completo y se desacraliza el concepto de maternidad. 

Al principio, las grandes religiones prehistóricas se basaban todas en una deidad femenina, pero por desgracia eso cambió.

—Cambió tanto que, como subraya con frecuencia en su ensayo, construimos la realidad con un lenguaje hecho por los hombres; un lenguaje de mirada masculina con el que aprendemos a ver y definir el mundo. 

Sí, un lenguaje misógino.

—¿Y cómo lo cambiamos?

No podemos crear de la noche a la mañana un lenguaje nuevo, pero sí matizarlo, modificarlo. Actualmente existe la polémica sobre la creación de un vocablo en femenino para ciertas palabras que sólo tienen versión masculina: ingeniera, arquitecta, directora…

—¿Le parece necesario aplicar este cambio?

¡Por supuesto que sí! Fíjese: si digo “el hombre es mortal”, pensamos que hombres y mujeres somos mortales; pero si digo “la mujer es mortal”, solo pensamos en las mujeres. En el lenguaje, el masculino es la norma y el femenino es la excepción.

—Lo curioso es que, en esa precisa revisión que Cuerpo feliz hace de las ideas y conceptos fundamentales del feminismo, el tema de la maternidad se aborda desde una perspectiva nada maniquea. Usted escribe en el libro acerca de la pérdida de su bebé: “Había deseado tanto aquel hijo que su pérdida fue una mutilación”. ¿Hasta qué punto una mujer no se siente completa si no es madre?

El contexto cultural fija el valor que se da a la maternidad. La antropóloga Margaret Mead, con sus investigaciones etnográficas de la primera mitad del XX, descubrió que en determinadas poblaciones son los hombres quienes se ocupan del cuidado de los hijos mientras las mujeres trabajan. Así que lo importante no es preguntarse si una mujer sin descendencia se siente completa o no, sino buscar el porqué de esa sensación de vacío: el hecho cultural. Si la cultura establece que ser madre es el único valor profundo de la mujer, las mujeres acabarán por hacer suyo ese sentimiento y se identificarán con la idea de que la mujer que no es madre no existe. 

Esa es la visión de los países monoteístas. Escogimos este camino porque nuestra religión es vertical y se basa en un dios que no tiene a su lado a una mujer; en una teología en la que existe la palabra “madre”, pero no existe la palabra “diosa”. 

—Habla de religión, de mitología y también de 50 sombras de Grey, una novela que para usted no tiene nada de progresista.

Exacto, porque evidencia algo terrible, que muchas mujeres identifican hasta tal punto pasión con dolor, que piensan que su mayor libertad reside en elegir a su verdugo. Muchísimos libros eróticos escritos por mujeres describen solo el placer del dolor.

—¿Hemos aprendido a disfrutar sintiéndonos sometidas?

Sí, lo hemos incorporado a nuestra conciencia y, al mismo tiempo, hemos llegado a sentirnos cómplices de los delitos perpetrados contra nosotras mismas. Esto les ocurre también a los niños. Al fin y al cabo la violencia física es lo de menos. Importa más la estrategia por la que las víctimas llegan a sentirse cómplices. Un niño violado o una mujer maltratada normalmente se sienten culpables y se convierten en los peores enemigos de sí mismos.

—También la opinión pública los culpabiliza.

Desde luego. En algunos países una mujer violada ya no puede encontrar marido y, en nuestra sociedad, aunque no es así, subyace el rechazo. En los juicios por violación, el argumento fundamental de la defensa es que la mujer consintió la relación y la buscó, bien porque llevaba una falda corta, bien porque iba maquillada… y esta es una senda peligrosa.

—Pero no hay que rendirse en la lucha. Usted lo dice en Cuerpo feliz:Es un error pensar que cuando se pierde se deja de tener razón”. 

Mire a Jesucristo, que acabó en la cruz y, sin embargo, logro el triunfo universal de su palabra y se volvió un principio ético. Las mujeres que luchan por el feminismo han sufrido muchas derrotas pero también han logrado la consolidación de un buen puñado de valores. Más tarde o más temprano, siempre llega el momento de la victoria.