‘Los abandonos’

Cubierta de ‘Los abandonos’ (Sexto piso, 2022)

«… la embarcación es grande y está abarrotada, y muchas caras le resultan familiares, pero no llega a reconocerlas. Todos le resultan conocidos, seguro que los ha traicionado y abandonado, pero no recuerda cuándo ni dónde ni cómo. Pero ¿dónde está Emma? Su bienamada Emma. ¿Por qué no se encuentra a bordo de la barca fantasma? Se le ocurre que lo que él está haciendo, contar su historia a la cámara, es para que Emma no se halle en el barco fantasma, para salvarla del destino de todos aquellos que lo han querido y que no han recibido su amor a cambio».

Ayer terminé Los abandonos (Sexto Piso, 2022).

Es una de las novelas más bellas y crueles que he leído.

Devoradla en cuanto podáis.

Dacia Maraini: “Muchas mujeres piensan que su mayor libertad reside en elegir a su verdugo”

El 20 de mayo de 2019, gracias a los editores de Altamarea, Alfonso Zuriaga y Giuseppe Grosso, tuve la oportunidad de entrevistar a Dacia Maraini y charlar con ella, a partir de la lectura de su ensayo Cuerpo feliz (Altamarea 2019), de algunos temas que hoy siguen resultando sorprendentemente actuales. La entrevista nunca se publicó, pero, ahora más que nunca, me sigue pareciendo tremendamente oportuna. Aquí la tenéis completa.

Con Dacia Maraini en la embajada de Italia en Madrid. 20 de mayo de 2019.

Amó a Alberto Moravia y fue amiga de Maria Callas y Pier Paolo Pasolini, con quien colaboró como guionista en Las mil y una noches. Dacia Maraini (Fiesole, 1936) tiene 82 años y subraya el azul de sus ojos inteligentes con una raya también azul. En una época en que las mujeres no lo tenían nada fácil, ella vivió libre y perdió un hijo; una tragedia que proyecta su sombra sobre Cuerpo feliz, su homenaje a una larga e inconclusa batalla por la igualdad de derechos entre los hombres y las mujeres.

Autora de obras de teatro y novelas cuya lectura resulta imprescindible para comprender la literatura italiana del siglo XX, como Los años rotos o La larga vida de Marianna Ucrìa, cuando era una niña se trasladó con su familia a Japón, huyendo del fascismo, y permaneció recluida en un campo de concentración en Nagoya. Allí regresó en los años 80 en busca de su pasado, pero nadie supo decirle dónde había estado ubicado aquel infierno. Quizás esa es una de las razones por las que, a lo largo de nuestro encuentro y de su texto, Maraini hace una y otra vez hincapié en la importancia de la memoria y mira con nostalgia hacia aquel tiempo en el que fue una más y se relacionó con algunos de los nombres más importantes de la cultura contemporánea; “un tiempo en el que los intelectuales se reunían sólo por el placer de estar juntos, sin otro fin, y compartían un sentimiento de comunidad artística que lamentablemente ahora ha desaparecido”.

—Quien se acerque a Un cuerpo feliz esperando un ensayo al uso se va a llevar una sorpresa. 

Sí, porque es un texto mixto, un ensayo híbrido.

—En él escribe: “Te decía que sin imaginación estamos muertos. Es la imaginación la que nos hace entender el dolor de los demás”. Más allá de la reflexión sobre el feminismo, el libro llama la atención por su tono, extremadamente poético, y por la presencia constante de un interlocutor que jamás llegó a existir, el hijo que perdió durante el embarazo. Utiliza una ficción para reflexionar sobre la realidad. ¿Hasta qué punto necesitamos las mentiras?

No es exactamente una mentira, es imaginación. Para mí, imaginar a Perdi, mi niño perdido, era necesario. Al inventar una vida para él en el libro, construyo una realidad literaria que va más allá de lo que ocurrió y me permite desarrollar en la ficción el crecimiento de mi hijo, que no viví.

—Tal y como lo explica, parece que la escritura, al menos en este caso, tuviera para usted un fin terapéutico.

No es más que la forma de crear una relación dialéctica con el dolor de la perdida. La relación con los muertos es muy importante para la memoria, ellos son nuestra memoria, sin embargo nuestra cultura no mira hacia la muerte, no la incluye, y creo que ese es un grave error.

—Esa cultura nuestra es la misma que ha ido cincelando a lo largo de los siglos el rol de la mujer en la sociedad y despojándonos poco a poco de ese “cuerpo feliz”, que no concibe la reproducción sin el deseo.

Sí, y ahí seguimos, en la lucha por recuperarlo, aunque afortunadamente hemos avanzado un poco. Hemos tardado miles de años en lograr unas cuantas conquistas. Con respecto al siglo XIX, hemos alcanzado algunas libertades antes consideradas imposibles. Pensemos, por ejemplo, en Casa de muñecas, de Henrik Ibsen, el cuento de una mujer inteligente y autónoma a quien se consideraba una niña. Todas las mujeres eran consideradas unas niñas, incluso en la mitología griega. 

Esquilo narra el proceso de los dioses a Orestes, un punto de inflexión en el viraje del matriarcado al patriarcado. Orestes mató a su madre cuando matar a una mujer estaba prohibido porque éramos consideradas el principio de la vida, pero Apolo lo perdonó, porque decidió que el cuerpo femenino, lejos de crear por sí mismo, sólo se limitaba a acoger el semen, único portador de la esencia humana. Así se da la vuelta por completo y se desacraliza el concepto de maternidad. 

Al principio, las grandes religiones prehistóricas se basaban todas en una deidad femenina, pero por desgracia eso cambió.

—Cambió tanto que, como subraya con frecuencia en su ensayo, construimos la realidad con un lenguaje hecho por los hombres; un lenguaje de mirada masculina con el que aprendemos a ver y definir el mundo. 

Sí, un lenguaje misógino.

—¿Y cómo lo cambiamos?

No podemos crear de la noche a la mañana un lenguaje nuevo, pero sí matizarlo, modificarlo. Actualmente existe la polémica sobre la creación de un vocablo en femenino para ciertas palabras que sólo tienen versión masculina: ingeniera, arquitecta, directora…

—¿Le parece necesario aplicar este cambio?

¡Por supuesto que sí! Fíjese: si digo “el hombre es mortal”, pensamos que hombres y mujeres somos mortales; pero si digo “la mujer es mortal”, solo pensamos en las mujeres. En el lenguaje, el masculino es la norma y el femenino es la excepción.

—Lo curioso es que, en esa precisa revisión que Cuerpo feliz hace de las ideas y conceptos fundamentales del feminismo, el tema de la maternidad se aborda desde una perspectiva nada maniquea. Usted escribe en el libro acerca de la pérdida de su bebé: “Había deseado tanto aquel hijo que su pérdida fue una mutilación”. ¿Hasta qué punto una mujer no se siente completa si no es madre?

El contexto cultural fija el valor que se da a la maternidad. La antropóloga Margaret Mead, con sus investigaciones etnográficas de la primera mitad del XX, descubrió que en determinadas poblaciones son los hombres quienes se ocupan del cuidado de los hijos mientras las mujeres trabajan. Así que lo importante no es preguntarse si una mujer sin descendencia se siente completa o no, sino buscar el porqué de esa sensación de vacío: el hecho cultural. Si la cultura establece que ser madre es el único valor profundo de la mujer, las mujeres acabarán por hacer suyo ese sentimiento y se identificarán con la idea de que la mujer que no es madre no existe. 

Esa es la visión de los países monoteístas. Escogimos este camino porque nuestra religión es vertical y se basa en un dios que no tiene a su lado a una mujer; en una teología en la que existe la palabra “madre”, pero no existe la palabra “diosa”. 

—Habla de religión, de mitología y también de 50 sombras de Grey, una novela que para usted no tiene nada de progresista.

Exacto, porque evidencia algo terrible, que muchas mujeres identifican hasta tal punto pasión con dolor, que piensan que su mayor libertad reside en elegir a su verdugo. Muchísimos libros eróticos escritos por mujeres describen solo el placer del dolor.

—¿Hemos aprendido a disfrutar sintiéndonos sometidas?

Sí, lo hemos incorporado a nuestra conciencia y, al mismo tiempo, hemos llegado a sentirnos cómplices de los delitos perpetrados contra nosotras mismas. Esto les ocurre también a los niños. Al fin y al cabo la violencia física es lo de menos. Importa más la estrategia por la que las víctimas llegan a sentirse cómplices. Un niño violado o una mujer maltratada normalmente se sienten culpables y se convierten en los peores enemigos de sí mismos.

—También la opinión pública los culpabiliza.

Desde luego. En algunos países una mujer violada ya no puede encontrar marido y, en nuestra sociedad, aunque no es así, subyace el rechazo. En los juicios por violación, el argumento fundamental de la defensa es que la mujer consintió la relación y la buscó, bien porque llevaba una falda corta, bien porque iba maquillada… y esta es una senda peligrosa.

—Pero no hay que rendirse en la lucha. Usted lo dice en Cuerpo feliz:Es un error pensar que cuando se pierde se deja de tener razón”. 

Mire a Jesucristo, que acabó en la cruz y, sin embargo, logro el triunfo universal de su palabra y se volvió un principio ético. Las mujeres que luchan por el feminismo han sufrido muchas derrotas pero también han logrado la consolidación de un buen puñado de valores. Más tarde o más temprano, siempre llega el momento de la victoria.

“Caballos lentos”

Gary Oldman es Smiley (arriba) y Lamb (abajo)

Tengo no una, ni dos, sino mil cosas que hacer, pero vuelvo de comer pollo al carbón con María y elijo pasar la tarde del domingo viendo un episodio tras otro de Caballos lentos. Llevo muchos días marcándome e incumpliendo sistemáticamente un único propóstico: sentarme delante del ordenador y escribir aquí sobre todo lo bueno que me está pasando. Y ya está bien. Creo que por fin hoy ha llegado el momento.

En VLC Negra 2022, charlando sobre nuevos territorios en la ficción criminal con Antonio Lozano y Virginia Feito

Acaba de cumplirse una semana de mi paso por la décima edición de Valencia Negra, donde Las manos tan pequeñas, contra todo pronóstico —los finalistas eran autores a los que admiro y con cuyas lecturas siempre aprendo—, se llevó el premio a la mejor novela. Tenía previsto publicar una crónica del festival, del cariño con el que me acogieron Santiago, Jordi y Bernardo; de los nombres que visitaron el claustro del Centro del Carmen para charlar sobre su experiencia en la ficción criminal —nunca imaginé que un día comería arroz negro en La Malvarrosa con John Connolly delante de mí, elogiando el Rioja en un español perfecto—; de la simpatía que me encontré en Benetúser, donde, gracias a la librería Somnis de Paper, me esperaba un grupo de gente encantadora en Vins i més para charlar sobre Olivia y Noriko con una cerveza bien fresquita… lo dicho, tenía la intención de publicar una crónica sobre todo esto, pero ganar el premio me hizo pensar que pocas cosas habrían más egocéntricas que describir con detalle un festival en el que al final me premiaban a mí. Es posible que me equivoque, pero yo no acabo de verlo. Eso sí, nunca serán bastantes las gracias por los dos días maravillosos que viví en Valencia, mi propia ciudad, la ciudad de mi familia y de mis amigos más antiguos en el tiempo. Todos ellos han compartido conmigo esta alegría, que no tiene precio y de la que nunca me olvidaré.

En La Malvarrosa. Foto de grupo para inmortalizar dos días inolvidables.

Después regresé a Madrid y, casi sin tregua, visité la nueva Machado de las Salesas para charlar con J. D. Barker sobre El último juego, y al volver a casa paseando esa tarde de martes, cuando ya empezaba muy lentamente a oscurecer, me acordé por primera vez durante esta semana que termina de Mick Herron y sus Caballos lentos.

Meses atrás, en Barcelona Negra y gracias a Anik, tuve la oportunidad de conocer a Mick y compartir con él una agradable cena en la terraza de Els Pescadors, un magnífico restaurante de Poble Nou especializado en pescado fresco. Allí, con una copa de cava de por medio y muy poca vergüenza, recurrí a mi paupérrimo inglés para descubrir que las novelas de Herron sobre la división más incompetente del Servicio de Inteligencia Británico, los “caballos lentos”, se habían adaptado a la televisión —la serie está disponible en Apple TV— con un reparto de lujo en el que destacaban dos nombres: el de Kristin Scott Thomas en el papel de Diana Taberner; y el de Gary Oldman, que años atrás ya se había puesto en la piel del Smiley de Le Carré, en el del escatológico Jackson Lamb, un escéptico espía de la vieja escuela, ya de vuelta de todo y con un agujero en el calcetín, aparentemente harto del mundo y sin demasiadas ganas de dar un palo al agua… pero sólo aparentemente.

Así que ese fue mi autorregalo por la conquista del premio: en cuanto llegué a la buhardilla, me di de alta en la plataforma y empecé a ver la serie, que he terminado hoy con esa pena tan característica que nos produce despedirnos de una ficción que nos gusta y que de verdad nos aísla del mundo. Por eso llevo unas horas pensando en Lamb y en lo que comparto con él: a los dos nos «atormenta» un secreto… ¿pero a quién no?

“Las manos tan pequeñas”, nominada a mejor novela en Valencia Negra

Portadas de los finalistas

“Las manos tan pequeñas” opta al Premio a la Mejor Novela de la décima edición del festival Valencia Negra, junto con otros cuatro títulos de novelistas que convierten el hecho de estar nominada ya en una victoria.

Además, son los lectores quienes, con su voto, eligen el título ganador. Si quieres participar con el tuyo, puedes hacerlo pinchando AQUÍ.

‘La ciudad de los vivos’

«El coronel partía del supuesto de que el hombre es una criatura frágil, y que sólo una ética a prueba de bombas, y una inquebrantable fuerza de voluntad, le impiden a veces sumirse en el desastre.

—Además, lo que tienen a su alrededor no ayuda —agregó.

Se refería a la ciudad».

Hoy terminaré La ciudad de los vivos, una lectura que no se me olvidará. La historia de cómo y por qué, en marzo de 2016, mientras la lluvia amenazaba la ciudad de Roma, Manuel Foffo y Marco Prato acabaron brutalmente con la vida de Luca Varani no es un true crime al uso, sino una obra literaria de calidad excepcional, que entronca directamente con A sangre fría o la más reciente Devoradores de sombras, y ofrece al lector un fresco del horror doméstico tan árido y descarnado, como atractivo gracias a su tremenda oscuridad.

Sin tiempo para escribir un artículo en condiciones, pero con muchas ganas de recomendarlo por aquí, porque creo que merece mucho la pena y ardo en deseos de que alguien cercano se lea el libro para poder comentarlo largo y tendido, dejo a continuación mis reflexiones y notas:

  • «¿Podemos hablar de la resistencia física del mal después de haber sido cometido?». Esta es una de las muchas preguntas que, a lo largo del texto, se formula Lagioia. Nos encontramos ante un relato plagado de interrogantes y, más concretamente, plagado de interrogantes sobre el mal y sobre el horror. Aún a riesgo de simplificar en exceso, los agrupo en un par de cuestiones: ¿El mal se queda? Allí donde ha sucedido algo terrible a manos humanas, ¿prevalece como una masa densa y transparente que podemos intuir y rechazar?; y ¿el mal es capaz de apoderarse de las personas buenas y sumirlas en un estado transitorio de locura? ¿Podría cualquiera de nosotros ser el responsable de una atrocidad semejante a la perpetrada por Foffo y Prato?
  • No hay deriva individual ajena a la deriva del espacio que la acoge. Para Lagioia, la decadencia de Roma, presente en cada una de las mil ratas que infestan la ciudad, no se produce en paralelo a la de los asesinos, sino que alimenta su temeridad y, a la vez, se nutre también de ella. ¿Hay un crimen para cada escenario urbano e histórico? ¿Un tipo de criminal y un tipo de víctima? Si abordamos La ciudad de los vivos desde esta perspectiva, podría justificarse el hecho de que un librero algo irónico la clasificara como literatura de viajes, y la verdad es que la crónica incluye numerosos pasajes descriptivos, a la altura del más exigente flâneur.
  • La identidad como crimen. ¿Ser de una u otra forma nos sitúa a ojos de la opinión pública a la altura de quién nos hace daño y, en cierto modo, lo justifica? ¿Era Luca Varani un chapero? ¿Tenía tendencias homosexuales que había decidido ocultar? A lo largo de la narración, descubrimos cómo la sociedad se apoya en los rasgos que definen la personalidad de los protagonistas de la tragedia -orientación sexual, nivel económico, entorno familiar- para prejuzgarlos y endurecer o suavizar la mirada sobre el hecho delictivo, sobre la muerte violenta, que debería analizarse de forma independiente a la condición de quienes, víctima o verdugos, la protagonizan.
  • «Nosotros no lo sabemos todo, pero Facebook a lo mejor sí». Esto le dice el abogado de Marta Gaia, novia de Luca Varani, a Lagioia. Ni siquiera por nuestros seres queridos deberíamos atrevernos a poner la mano en el fuego. Ellos por nosotros, tampoco. Sin embargo, es curiosa la facilidad con que, sucedido el desastre, nuestras vidas se pueden reconstruir a partir de la red, de nuestro rastro impostado o sincero en los buscadores y las plataformas. ¿Quiénes somos? o, mejor: ¿quiénes somos «realmente»? Vivimos en una época en la que resulta difícil separar la ficción de la realidad.
  • Por último, qué importante es la voz y la forma que elegimos a la hora de (en este caso) reconstruir una historia. Nos encontramos, además de ante un suceso hipnótico por lo que tiene de demoledor, ante un narrador inmejorable; y quizás sea él, el autor, el que consigue que La ciudad de los vivos de el salto de «crónica interesante y adictiva» a «lectura imprescindible».

Ya podéis adelantar la compra de mi nueva novela, ‘Las manos tan pequeñas’

A la venta el 23 de marzo

Presentaciones:

Cervantes y compañía – Madrid – jueves 24 de marzo – 19:30h

Ramon Llull – Valencia – jueves 31 de marzo – 19:00h

Queda muy poco para que Las manos tan pequeñas, mi nueva novela, salga a la venta. Será el próximo 23 de marzo, pero, tanto si vivís en Madrid como si no, ya podéis adelantar la compra en la web de la librería Cervantes y compañía. Todo el que adquiera su ejemplar por este canal se lo llevará con dedicatoria incluida y los 50 primeros recibirán además un pequeño obsequio.

COMPRA TU EJEMPLAR PINCHANDO AQUÍ

Han pasado ya algo más de tres años desde que, al volver de Japón, empecé a trabajar en esta historia sobre el asesinato de Noriko Aya, la bailarina más famosa del mundo; un crimen que lleva a la popular escritora de novela negra Olivia Galván y al diplomático Gonzalo Marcos a recorrer Tokio en busca no solo de la identidad del asesino, sino también en busca de su propia verdad y de todas las sombras que acompañan a Olivia.

No podemos huir de nosotros mismos.

De eso trata también este libro que, sin abandonar el género, es sin duda mi texto más íntimo; una reflexión sobre el deseo y su capacidad para dirigir nuestra voluntad más allá de toda precaución.

Y por ahora paro ya, que no quiero desvelar todas las cartas tan deprisa.

Comparto aquí (¡por fin!) la preciosísima portada.

Seguiremos informando.

23 de marzo, Las manos tan pequeñas. En HarperCollins Noir.