La electricidad

Raquel y Astur me descubrieron hace un par de años a Mcenroe y ahora, sentada en los escalones de la librería mientras esta tarde interminable empieza a caer, escucho en bucle La electricidad.

Ha sido una semana dura, que empezó con la inocente ingesta de un Negroni en El Cafeína, donde María, Cristina y yo hablamos de hombres y nos comimos todos los frutos secos.

Y he estado triste, pero ya no.

Empiezo la lectura de El nervio óptico.

En la buhardilla saltan los plomos sin cesar. Hoy se me han olvidado las llaves en la cerradura y me he quedado ensimismada mirando el árbol con flores blancas que hay delante del escaparate, en la calle Pozas. Ale y yo ya hemos aceptado que jamás descubriremos exactamente qué árbol es, pero hemos decidido que nos gusta.

Hablo con mi madre, viene mi hermana, Anselmo resulta ser un tipo estupendo —algo que ya intuía— y, de camino a Mama Framboise, mientras recordamos el día en que Ana y yo nos compramos unos zapatos de tacón en la calle Montera, ella me dice: “¿Dónde estás? Aterriza, vuelve con nosotros”. Y, aunque me da rabia reconocerlo, tiene razón y me despierta.

Su llamada de atención me previene: ya es momento de recuperar el control.

Fotografío el árbol. La última vez que fotografié uno era invierno y me encontré con él en Platería, de camino a la casa que compartíamos mi hermana y yo.

Vivía un antiguo amor.

Aquella situación, aunque no mucho, se parecía un poco a esta, pero ahora yo sé más cosas.

Así que, en cuestión de segundos, elijo bajar a la tierra y no tomar en la bifurcación del camino la misma dirección que tomé entonces.

Ana me sonríe y el verano de Madrid, que se manifiesta en el sol del cruce de Gran Vía a medio gas, me recuerda lo felices que fuimos. Es una de las personas más buenas de este mundo.

Y yo le digo: “Ya estoy aquí”.

La indulgencia

Será mejor que aprendas a vivir
entre la línea divisoria que va del tedio a la pasión.
Joaquín Sabina. “Esta boca es mía”.
La Puerta del Sol al anochecer

Vuelvo a casa escuchando a Sabina y la ciudad es indulgente conmigo.

La ciudad siempre es lo que queda.

Es mi única certeza.

Cruzo el centro sin demasiada prisa. Es este el lugar al que pertenezco. Me gustan las luces que se encienden cada noche con la indiferencia de los dioses; el ruido del tráfico y los turistas. Creo que, incluso ahora, a menudo soy capaz de mirar como ellos, con su capacidad de asombro ante lo que yo veo todos los días. Supongo que eso es un poco lo que hay que hacer con todas las cosas. Ser capaz de sorprenderse una y otra vez; y rebelarse ante esa muerte lenta que implica cada final. ¿Cuantas veces se puede arañar la piel sin desangrarla?

Habrá más heridas.

Y hay mucha gente a mi alrededor.

Hoy no le he dado las gracias a alguien que se lo merecía, porque me ha hecho feliz y me ha devuelto un mundo entero. Es triste que las despedidas, inmediatamente después de producirse, siempre parezcan incompletas, como si lo que de verdad quisiéramos decirle a aquel de quien vamos a separarnos hubiera de permanecer en secreto.

La carta que no se envía.

La cita a la que se llega tarde.

El drama innecesario.

Los animales huelen antes el peligro.

Lo que queda del día

Ayer volví a ver Lo que queda del día.

Cerré con ella una semana que no olvidaré.

Releo mis posts anteriores y me siento un poco ridícula, demasiado intensa. Hay en ellos una incontinencia muy parecida a la del agua saliéndose de la bañera al dejarse el grifo abierto. De todas formas, no me arrepiento. No sé de qué otra manera pueden explicarse las emociones vividas por primera vez.

Es imprescindible que cada historia sea distinta.

Está es explícita y está cargada de verdad. Creo que por eso, durante las últimas semanas, la ficción se me resiste y este diario, que llevaba mucho tiempo dormido, tira con insistencia de mi mano.

Ninguna elección es casual. Ni siquiera la de la película de Ivory.

Basada en Los restos del día, la novela del Nobel Ishiguro, habla de una pasión que nunca se materializa, y de una vida vacía. El mayordomo Stevens tiene mucho en común con Benjamín Espósito, el protagonista de El secreto de sus ojos, otra de mis novelas/películas fetiche. Los dos, quien sabe si por miedo o por convicción, eligen el silencio.

Yo me estoy despidiendo de él.

Una de las últimas escenas de Lo que queda del día, la del diálogo entre Stevens y miss Kenton años después de no haber vivido su historia de amor, me hizo pensar en el encierro, en esa cárcel invisible que todos llevamos con nosotros y a la que resulta tan fácil acostumbrarse. La acción transcurre en un embarcadero a la hora del crepúsculo, cuando se encienden todas las luces y la gente aplaude el brillo casi pop de los neones verdes y blancos, ante la mirada atónita de un Anthony Hopkins que pocas veces he visto mejor y que solo entonces se da cuenta (creo) de todo lo que se ha perdido y, al mismo tiempo, de la ingenuidad con la que aceptamos la estrechez de nuestras celdas.

—Para muchos esta es su hora favorita —le dice miss Kenton.

Y Stevens calla. Porque ya es tarde para escapar.

¿O nunca es tarde?

El final de Espósito es distinto.

¿Cuál será mi final?

Ayer me acordé también de Los inconsolables y de Nunca me abandones, mis dos títulos imprescindibles de Ishiguro, en los que el autor vuelve a la idea de que lo que vivimos no es siempre lo que deberíamos vivir y, sin embargo, no por eso tiene menos importancia.

Entre el aire libre y las corrientes submarinas no hay rivalidad posible.

Notas sobre Oslo I. La naturaleza del deseo

Bar del restaurante Einer, en Oslo

Son las once de la noche y en Oslo todavía es de día. Es la última cena del grupo, que ha ido fortaleciendo sus lazos a lo largo de la semana, y hay buen vino. El restaurante, Einer, un local emblemático de la nueva corriente gastronómica de Noruega, situado en el centro de la ciudad, ha cerrado su planta baja para nuestra expedición y nos resulta muy fácil hablar de la naturaleza del deseo; un tema al que llegamos ya en los postres, después de debatir sobre la calidad de Juego de tronos y brindar una y mil veces por nosotros.

Todo el mundo parece feliz.

Y ante la cuestión sobre si el deseo es imitativo o no, sobre si deseamos, sin darnos cuenta, a partir de aquello que creemos conveniente y socialmente más valorado, yo hago un repaso de los hombres por los que me he sentido atraída y me pregunto qué hay en ellos de mi necesidad de aceptación.

Tal vez sean solo un espejo…

Pero entonces vuelvo a pensar en ti y en cómo me gustaría eliminarte de la ecuación como quien de un manotazo elimina la tiza, y asumo que no puedo. No puedo, ni siquiera en esta ciudad donde la noche tarda tanto en llegar y, a pesar del cansancio de estos días en los que no hemos parado ni un momento, cuando me acuesto me quedo un rato con los ojos abiertos, mirando al techo en la oscuridad.

No hay ni un ápice de razón en estas horas que nacen incompletas.

Nada es fácil y todo es ridículo. Debería estar prohibido escribir bajo los efectos de tu ocupación. Sin embargo soy incapaz de detenerme. Quizás por eso permito que infectes la belleza de este lugar, que está lleno de historias; todas bañadas de una extraña luz eternamente en agonía; y oscilo entre una discreta ausencia y una felicidad que nace en el cuerpo, con la fuerza de una mano que se cierra mecánica sobre mis órganos vitales y tira de ellos hacia dentro, para arrancarlos.

Así me siento yo hoy, en esta parte del mundo donde nos han tratado tan bien y en la que he construido, con cada uno de los nombres, una pequeña mitología que llevará tu marca para siempre; el códice anticipado de una religión perdida.

Ekerberg, Vigeland, Munchmuseet, el Grand Café, la Casa de la Ópera… constantemente escucho tu voz y adivino cuántas veces se habrán rendido los edificios y las plazas del mundo ante otras voces, porque no hay nada de especial ni definitivo en este dolor tan placentero, cuyo único signo de autenticidad es su naturaleza caníbal.

Porque es salvaje el deseo.

Salvaje y banal.

De otra manera, resulta inconcebible.

Escultura del parque Vigeland

Ha pasado un ángel

Siempre hay tiempo para que las cartas salten por los aires. Vivo días de fuego y, sin embargo, nada arde a mi alrededor. Nadie se da cuenta de que me estoy quemando viva. 

La luz de esta primavera que ya es verano se cuela por el escaparate de la librería, donde Ana ha dibujado cómo sería el mundo si el libro fuera la medida de todas las cosas, y yo paso de la euforia a la decepción, porque sé lo que quiero y lo que no van a poder darme. 

Es así como pequeños espejismos que se diluyen rápido salpican este tiempo de combustión. Son estrellas fugaces; un resplandor que se deshace como la arena y me deja vacío entre los dedos. 

He enterrado la verdad y la verdad grita.

Cristina y yo nos despedimos con un abrazo. Ella lleva un top rojo de tirantes, que compramos la tarde del Ginkgo y me hace pensar en la forma misteriosa que tienen algunos objetos de convertirse en símbolos. 

Michi me dice que seré feliz si sigo las reglas del juego.

Hablo con mi madre y le confieso esta sensación de estar haciéndome daño, de obligarme a adoptar ciertas medidas de destrucción. Me sugiere que vaya al médico y yo pienso que, si esto fuera un auténtico diario, escribiría todos los nombres. 

Pero nunca lo haré.

Ha sido una semana extraña.

La Anunciación, de Fra Angelico

Me veo a mí misma deambulando por las salas del Prado, intentando concentrarme en el vídeo sobre el proceso de restauración de La anunciación de Fra Angelico, pensando en el sexo y rodeada por todas partes de civilización occidental; y también me veo la tarde del cumpleaños.

Miramos al suelo: ha pasado un ángel.

Suena música de Bach.

Una vez leí a Schrodinger, que se hizo famoso por el dilema del gato, pero también, entre otras cosas, por escribir un librito muy breve que se llama ¿Qué es la vida?. Intuyo que no lo entendí. En el texto le daba mil vueltas al concepto de entropía, en el que se concentraba la idea fatídica de la muerte al final, como el resultado inexorable de la pérdida completa de energía.

Temo que mis reservas de energía se estén desangrando.

Hoy es domingo y he dormido hasta las ocho, porque me he sentido herida en mis escasos intervalos de lucidez. Será que no he tenido lo que esperaba… será que todavía es pronto para conformarse con una pasión tibia, donde el deseo carece de la fuerza suficiente para imponerse a la agenda.

Siempre pensé que haríamos locuras… y no fue así, pero ha sido bonito de otra manera, por eso creo que merece la pena salvarlo.

Mañana viajo a Oslo

Escribiré desde allí.

La llave

el-coleccionista

Al final fui valiente.

Y se abrió una puerta.

Llevaba mucho tiempo cerrada, tanto que llegué a imaginarme como una especie de Miranda, atrapada por El coleccionista de Fowles. Era un error, porque la llave la tenía yo.

Ahora delante de mí hay un paisaje nuevo en el que, ya sin miedo, debería adentrarme sola.

Dice Natalia Ginzburg en Mi vocación:

“Has de darte cuenta de que no puedes esperar consolarte de tu dolor escribiendo”.

Tiene razón.

La escritura es lo más parecido a una exploración médica. No cura, pero sí diagnostica. En ella nos reconocemos e incluso nos vemos por primera vez. En mi caso, creo que cada palabra escrita cartografía el deseo de un desvío, la tentación siempre sofocada de una pasión incorrecta o un conocimiento no satisfecho; la sed enfermiza, casi vampírica, de saber sobre el otro justo lo que el otro no quiere mostrar.

No hay enamoramiento sin incógnita.

Ni ansia física que no refleje cómo la literatura es al lenguaje el equivalente al final del camino, la amenaza de saltar para escapar del fuego.

Ahora tengo marcas en la piel y asisto a la pequeña muerte de una civilización fugaz.

Porque desaparecerán con los días.

El paso atrás

Raquel me manda un mensaje a las nueve de la mañana. Es una cita de Natalia Ginzburg, de Las palabras de la noche: “Para no oír gritar a mi alma, le he dado la espalda y me he alejado de ella”.

Al instante le respondo desde la cama: “Esa soy yo”.

Luego pienso que siempre hay alguien que se adelanta a nosotras en el tiempo y deja escrito lo que, en algún momento de nuestras vidas comunes, reflejará exactamente aquello que queremos decir. Vivian Gornick es otro ejemplo, porque en Apegos feroces describe la ciudad y su sensación al habitarla junto a sus amigas con las palabras que me hubiera gustado ser capaz de elegir a mí.

Me da un poco de rabia. Significa que no somos tan diferentes. Nadie lo es.

No debo de ser la única que, ahora mismo, se siente incapaz y experimenta con respecto al deseo un proceso parecido al de la intolerancia a la lactosa.

Al menos he dejado de morderme las uñas y hoy no he fumado por la mañana. Empecé a hacerlo con el principio de esta historia y haber interrumpido la rutina suena a síntoma del final. Ahora me siento a salvo, como si se hubieran terminado los días de exposición a la intemperie; como si las mariposas en el estómago hubieran muerto y barajara la idea de pincharlas en un bastidor.

Eso es lo que mejor sé hacer.

Pero toda virtud es una trampa.

Mi mente pierde con frecuencia el equilibrio y han invadido mi espacio de meditación (aunque he encontrado uno nuevo en los recuerdos de Banyalbufar).

Banyalbufar. Noviembre de 2018.

Cristina y yo nos tumbamos en el césped del Retiro una hora antes de la apertura de la feria. El pañuelo azul que extendemos para protegernos de la humedad de la tierra se moja muy pronto, pero no nos movemos. Miramos el trozo de cielo raso que recortan las nubes y los árboles sobre nuestras cabezas y entonces lo digo: “voy a dar un paso atrás”.

—Dar un paso atrás es de cobardes.

Lo pensaré.

Encuentro con Guillermo Martínez el viernes 7 de junio

“El pasado es un país extranjero, allí hacen las cosas de otro modo”. Cuando leí esta cita de Hartley en la novela de Guillermo Martínez Los crímenes de Alicia (Premio Nadal 2019) supe que no la olvidaría, de la misma manera en que la novela entera me pareció una de esas historias que vuelven a la mente tiempo después de haber sido escuchadas o leídas, para recordarnos el aroma de un universo propio, al que fuimos invitados y que nos gustó visitar.

Este viernes 7 de junio a las 19 horas, en el marco de Guadalajara en Negro, charlaré con Guillermo de crímenes y lógica, pero también de Alicia en el País de las maravillas y, por supuesto, de buena literatura.

Será a las 18:15 en el Teatro Moderno.

Os espero a todos.

La embajada

Embajada de Italia en Madrid

Llegamos pronto. Puntualidad británica para acceder a la Embajada de Italia en Madrid. Al ser las primeras, Maya y yo, siempre bajo la vigilante mirada de uno de los miembros del equipo de comunicación, tenemos oportunidad de vagar por los amplios salones de la planta baja, con ventanas enormes, que muestran un jardín donde la primavera lo ha infectado todo; y un par de lámparas de lágrimas de cristal, que me recuerdan a los bailes de las novelas de Jane Austen y las películas antiguas. Es lunes por la tarde, la iluminación es amarilla y, mientras esperamos a Dacia Maraini en ese espacio silencioso y mullido, decorado con kilométricas alfombras sobre las que nuestro acompañante nos llama la atención, como me pasa siempre en cuanto mi mente se despeja, pienso en nuestra historia y en que debería llamarla solo “mía”, porque precisamente es esta soledad aparente y convenida la que me está volviendo loca.

Algún día escribiré de verdad sobre estos días de luz —no se me ocurre llamarlos de otra manera— y me veré a mí misma sin reconocerme, despojándome sorprendida de todos mis miedos y explorando para ti mis zonas más oscuras. Sé que entonces me alegraré, sin importar lo que esté por venir.

Lo que sí me pregunto a menudo es por qué ahora y por qué de esta manera tan extraña.

No tengo respuesta.

Hace años leí a Annie Ernaux, La ocupación, y no la entendí. Pero ayer llegó otra novela suya a la librería, El uso de la foto, y al leer la contraportada pensé que debía estar escrita para mí. La última frase decía: “A lo mejor es porque solo podía hacerlo con aquel hombre en aquel periodo de mi vida”.