La palabra maestra

Nosotros somos el idioma.

Por eso resultará imposible definir esta noche el brillo de las estrellas sobre el mar (un paisaje tan fácil)

o aceptar sin dolor la forma en que me dices que ya no volverás a verme.

Será difícil afrontar este día en el que ha salido el sol, carente de toda lógica.

Porque no existe la palabra maestra.

Se trata de eso y nada más.

Aunque no nos rindamos y busquemos algo que salvar entre los escombros del incendio,

aunque me acuerde de las caricias y de la sangre,

nada se podrá hacer.

Incluso durante esa búsqueda compartida cada uno hablará su propio lenguaje.

Y no tardará en volver el fuego.

Bastará con que una tarde permanezcas en silencio

o decida yo, una mañana de este otoño inminente,

reclamar lo que tú no quieres darme.

Aún así seguiremos: únicos habitantes de nuestras complejas geografías,

dos civilizaciones asoladas por calamidades y plagas durante siglos,

supervivientes de una historia sencilla hasta el extremo,

basada en la simple combinación de construir y derribar.

Me gustaría decir: “yo te querré siempre”

o: “no tengas ningún miedo”,

pero, aunque te lo dijera,

aunque lograra formular mi deseo en voz alta,

tú no lo entenderías.

Porque la palabra maestra no existe

y ninguna obra se da por terminada si no se convierte en ruinas.

El vínculo ciego

El Ebro a su paso por Logroño

Llego a Logroño el domingo por la mañana para encontrarme con Ale, Chris y Raquel, y celebrar juntos en La Chispa Adecuada que ya hemos cumplido un verano. Mientras ellos han estado de vacaciones y yo en Madrid, a cargo de la librería, los he echado de menos, así que me alegro de verlos y disfruto del tiempo que compartimos en esta ciudad desde la que escribo y en la que no había estado nunca.

Aquí rodó Bardem Calle Mayor, aquí vive Raquel, aquí escribe Astur y aquí me quedo, ocupando el escritorio de Manuel para avanzar en la novela y apoderándome en su ausencia de sus chanclas, que me están grandes pero me gustan, porque contribuyen a reforzar mi sensación de tránsito, como si durante unos días pudiera habitar una vida que no fuera la mía y dejar todos mis quebraderos de cabeza en suspenso, de la misma manera en que Moisés separó las aguas del Mar Rojo e impidió el derrumbe de las dos paredes líquidas que flanqueaban el pasillito seco hasta que hubo pasado todo su pueblo.

Maravilla.

Ojalá mis dudas, que son como la carcoma, dejaran de roer por un momento y me dieran una tregua.

A nuestros amores (1983)

Raquel y yo vemos A nuestros amores durante la siesta y algunas escenas de la película, que en su mayor parte me parece un despropósito, me hacen pensar en como hay momentos, muy pocos, de nuestras vidas en los que la identidad se diluye en un todo mayor y, por unos segundos, podemos olvidarnos de nosotros mismos, como cuando algunas veces miramos el mar o, en el fragor de la ciudad, no nos importa empaparnos bajo la lluvia.

Echo de menos ese dejar de ser.

Aquí las campanas de la catedral marcan las horas.

Y me acuerdo de una tarde de sábado, hace ya algunos años, en la buhardilla de Espoz y Mina. Seguramente merendamos helado de vainilla de Palazzo y también vimos alguna peli francesa que nos hizo llorar, pero después nos dedicamos a probarnos toda la ropa del armario. Nos estábamos haciendo amigas, creando un vínculo ciego e intuitivo, que habría de perdurar para traernos hasta hoy, hasta esta otra tarde nublada, que no parece de agosto, en la que hemos visitado librerías y, al menos yo, me he liberado de cierta presión.

Me sorprendo a mí misma.

Son pocas las cosas que me importan, pero hacía mucho que no me sentía tan descolocada.

Todo está pendiente y espero que salga bien.

Afortunadamente, Raquel me interrumpe y me muestra sus lecturas de verano. Está anocheciendo y enciende la lámpara y el flexo. Hablamos de El río, de El final del romance y también de Solovki, el excelente libro de fotografía de Rafael Trapiello y Juan Manuel Castro Prieto.

Me sorprende la luz en las increíbles imágenes de Rafa.

A mí, que no me había dado cuenta de que me estaba quedando a oscuras.

La visita

La noche del viernes, al llegar a la buhardilla después de cenar un kebab con María que me supo a gloria, había una cucaracha negra esperándome en el centro de la salita. Durante unos segundos, la observé aterrada. No parecía tener intención de marcharse por las buenas y devolverme mi espacio de refugio. Cogí la escoba y la maté sin piedad y también con mucho miedo, porque siempre he sospechado que los insectos pueden volverse gigantes cuando quieran.

Una vez intenté leer completa una novela de Clarice Lispector (no lo conseguí, todavía es un reto pendiente). Se llamaba La pasión según G. H. y contaba la historia de una mujer que encontraba una cucaracha en el armario de su sirvienta y, paralizada por el asco, empezaba a divagar. Lo curioso es que, a pesar de haber abandonado la novela por desinterés, nunca he olvidado el acontecimiento que la protagoniza.

Y ¿no es lo bueno lo que se queda?

Ahora mi casa ya no es del todo mi casa. Se ha convertido en un espacio de conflicto, amenazado por un ejército invisible, que exige de mí la más absoluta concentración. Limpio a fondo y fumigo con insecticida por todos los rincones; y trato de convencerme de que no volverán a entrar… aún así, me cuesta conciliar el sueño. Abro los ojos de repente y examino el suelo frente a mí, con la secreta esperanza de que esta guerra fría derive de nuevo en batalla campal y, escoba en mano, sepa cómo y contra qué defenderme.

Pero la cucaracha ya no vuelve y su ausencia cincela el nacimiento de un fantasma que me susurra al oído cada vez que meto la llave en la cerradura para abrir la puerta y revivo la sensación de descubrirla esperándome en el centro de la habitación.

Días terribles.

Sin embargo, mientras tanto, algunas noches hablamos.

Tú y yo.

Y cuando nos despedimos, entonces sí, me duermo tranquila.

Qué difícil es definir lo que tenemos.

A veces pienso que está a punto de caer al vacío.

Pero siempre se salva.

Un ejercicio de fe

 

Alguien me tiene sujeta con una cadena invisible y cada vez que me habla tira de mí, e importa bien poco lo que sucede en los intervalos de silencio.

Yo lo elijo y, asumidas las reglas del juego, su absoluta inocuidad, los días del verano transcurren lentamente y llenos de sol, abriéndose cada mañana sobre mi cabeza como el paisaje de un planeta desconocido.

Nunca antes había llegado hasta aquí.

Hacía mucho tiempo que no me reía tanto.

Escucho la banda sonora de La edad de la inocencia y también una pieza de Alberto Iglesias para La piel que habito“Los vestidos desgarrados”. Con ella de fondo leo las últimas páginas de Mi año de descanso y relajación. La novela de Ottessa Moshfegh, brillante, no lo es gracias a la trama, sino a los detalles con los que la autora la construye, pinceladas diminutas de una realidad cotidiana a la que todos tenemos acceso y que, sin embargo, muy pocas voces saben narrar; porque contar bien es como encontrar pepitas de oro en una mina ya explotada y para la mayoría de los buscadores dada por muerta.

Supongo que la literatura es eso: un ejercicio de fe en la riqueza de una tierra que parece desahuciada.

Ceno con Imma en Platería y mi amiga me recuerda una cita de Auster de la que deriva la reflexión anterior: “Las historias solo suceden a quienes son capaces de contarlas”.

Nuestras vidas no son más que bastos bloques de marfil. Yo hurgo en la mía, la recorro una y otra vez como si se tratara de un camino por el que hubiera perdido algo; un camino que cambia dependiendo también de quién se interesa por nosotros, porque quién nos mira condiciona nuestro tono y marca los puntos de luz y los de sombra.

Siempre se escribe para alguien.

Cada novela es una carta perdida.

 

 

Los nombres de las cosas

Pájaro posando en El Retiro a las nueve de la mañana

Vuelvo de Palma con la alegría de haber conocido a un buen puñado de mujeres interesantes y, en el avión a Madrid, a pesar de las turbulencias que aproximadamente cada dos o tres minutos me recuerdan la inminencia de la muerte —por mucho que dure, la vida siempre es corta—, me siento afortunada. Menos dinero, tengo de todo: vivo en la ciudad que quiero; mi familia consume los días volcada en Rafeta y en la cada vez más cercana llegada de Pablo; y me dedico a lo que más me gusta.

Escribo sin cesar.

Aparte de consumir gran parte de mi tiempo escuchando Dinamita.

A las ocho y media de la mañana, gracias al incentivo de Michi, que promete invitarme a desayunar cuando terminemos, nos encontramos en el Retiro para correr y, como me canso antes que ella —siempre me canso antes que ella y luego desayuno mucho más—, mientras mi amiga termina su carrera, yo mato el tiempo paseando cerca del estanque y haciendo fotografías. Fotografío un pájaro que sobrevuela el embarcadero y pienso en el encuentro del día anterior, en la plaza de Platería y en cómo algunos acontecimientos de apariencia insignificante adquieren inmediatamente el estatus de recuerdo y, al producirse, amplían el plano de la existencia entera para que la apreciemos en su justa dimensión.

¿Cuántos caminos se trazan y cruzan en toda una vida?

¿Cuántos se diluyen?

¿Qué nos empuja una y otra vez a ser valientes a pesar de lo sufrido y evita que nos retiremos a lamernos las heridas?

Sons de Nit. Palma de Mallorca, 2019. Charla sobre mujeres y cultura con Lucía Lijtmaer e Imma Turbau

En la charla con Lucía e Imma en Can Balaguer, hablamos de las cosas más peligrosas, que son aquellas que no tienen nombre; las que, al ser inmencionables, no se pueden ver.

Las cosas invisibles, que crecen salvajes como algas y nos acarician los pies.

De repente, cambio de opinión sobre la conveniencia del peligro.

Y decido abrazarlo con la confianza que suelo concederle a la oportunidad.

Decido no temer a las cosas sin nombre, al menos hoy.

Si sale mal, “mañana será otro día”.

Está anocheciendo en Madrid y empieza a chispear, pero yo estoy en muchos sitios a la vez. Las gotas golpean la claraboya de mi habitación, sobre la cama desde la que escribo; y entiendo al cielo, cargado del calor de este verano repleto de emociones desconocidas, de las que no quiero ni puedo desprenderme, y a las que intento comprender para que no me arrastren, para que no se rompa mi presa imaginaria, de contención.

Y entonces lo envidio.

Envidio al cielo.

Yo también tendría que llover.

Una historia invisible y una pérdida

Me levanto a las seis de la mañana para volar a Palma y descubro que, ahora que tengo uñas, mientras duermo, sin darme cuenta me araño la piel.

Leo a Deborah Levi. Escribe que la duda “es el intento de derrotar al deseo” y escribe también que, “con una voz fría como el hielo”, la emoción se transmite mejor.

Yo no dudo.

Y me temo que incumplo todas sus normas, pero me gusta su autobiografía, porque no emite juicio alguno, sólo se esfuerza por comprender. Revisa la experiencia, un concepto tan amplio que ha sido manoseado y exprimido por los gurús del marketing y también por los poetas. Todo el mundo me ha hablado de la experiencia alguna vez y, con el tiempo, he aprendido que únicamente nuestro instinto es capaz de hacer útil lo que ya hemos vivido antes.

Somos animales que avanzan a tientas en la oscuridad y en mi noche, de repente, se ha instalado la calma.

Mis últimos años han crecido arropados por una historia invisible y una pérdida. Las dos me han hecho sufrir, pero son diferentes: la pérdida ha ido suavizando su ataque con el tiempo y, cuando vuelvo la mirada hacia ella, lo que veo es el escenario de una doma concluida: no se marchará, pero obedecerá mis órdenes. La he encerrado en una jaula.

Sin embargo la historia invisible no terminará nunca, porque nunca ha tenido un principio y ha medrado, salvaje, en el terreno más peligroso de todos: el de la posibilidad; un espacio donde se levantan y derriban mil torres de Babel en un segundo, y en el que sólo se escucha el estruendo de los edificios al caer.

Por un momento creí que escaparía del paraje de derribo.

Aunque el sonido de la catástrofe a lo lejos, incluso en los días más felices, nunca cesó.

Era como la voz de quien nos conoce mejor y nos dice que ha llegado la hora de volver a casa.

A veces he llorado estos días y he escrito mucho. Esa también soy yo. O debería decir simplemente: esa soy yo; una escritora con tendencia al desequilibrio y una certeza enganchada en el estómago, como un parásito.

Hay encantamientos en todas las vidas.

Por un instante, pensé que me había liberado del mío.

Estaba equivocada.

El 1 en la Escala de Richter

Triángulo: La Lonja, Los Santos Juanes y el Mercado Central
Triángulo: La Lonja, Los Santos Juanes y el Mercado Central

De un día para otro las cosas cambian por completo.

Hago listas de canciones y, a falta de mi propia habitación, ocupada por mi padre y sus libros y carpetas desde el minuto uno después de mi marcha, me instalo en la habitación de mi hermana, donde hay una pared llena de fotos de cuando éramos unas crías, y un montón de sobres de azúcar que resumen la sabiduría universal, clavados con chinchetas de colores. Ana solía coleccionarlos.

Hubo una época en que los sábados Más, de Alejandro Sanz, y la banda sonora de El guardaespaldas se escuchaban por el pasillo de la casa. Nos sabíamos las canciones de memoria, mi madre, mi hermana y yo.

Me acuerdo de entonces y pienso que éste de hoy, con todo lo que nos ha pasado, parece otro planeta.

Confundo las dimensiones, cuento en kilómetros y también en años luz.

Veo a Rafeta. Al principio no me reconoce, pero a los dos minutos se viene conmigo para ayudarme a encontrar la edición de Quinteto de Claus y Lucas. Intuyo que será un gran lector… o a lo mejor, no. El caso es que se divierte mientras le leo los títulos en los lomos de los libros que no son el que busco. Cuando nos rendimos, cedo a sus preferencias y me paso dos horas deslizando por el suelo coches diminutos, que se empeñan en meterse por debajo de los muebles y me agotan tanto que a las diez y media caigo rendida. Hacía años que no me dormía tan pronto.

Todo esto ocurre y, a la vez, en un territorio invisible, otra parte de mí se entrega a una historia completamente distinta, que no tiene nombre ni definición y es sólo una voz.

Porque nadie me toca.

Y sin embargo esa ausencia, esa excepción constante tan impropia de los amantes y tan característica de los médicos, lo llena todo y me acostumbro a ella; me adapto a la intervención quirúrgica con la docilidad de los perros que participaron en el experimento de Pávlov.

La ciudad parece tranquila y me acoge con el silencio de los que únicamente aceptan el escándalo mientras permanece oculto bajo la alfombra.

Paseo por el casco antiguo y me sorprendo ante la cantidad moderada de turistas y la brisa. Podría ser el escenario de un crimen y también un lugar en el que quedarse. Pienso en la posibilidad de un seísmo y, al investigar un poco, descubro que no existe el 1 en la Escala de Richter.

No hay grado para los pequeños terremotos aunque, uno tras otro, se sucedan como controladas descargas eléctricas y sean ya imparables.

Qué gran error.

La electricidad

Raquel y Astur me descubrieron hace un par de años a Mcenroe y ahora, sentada en los escalones de la librería mientras esta tarde interminable empieza a caer, escucho en bucle La electricidad.

Ha sido una semana dura, que empezó con la inocente ingesta de un Negroni en El Cafeína, donde María, Cristina y yo hablamos de hombres y nos comimos todos los frutos secos.

Y he estado triste, pero ya no.

Empiezo la lectura de El nervio óptico.

En la buhardilla saltan los plomos sin cesar. Hoy se me han olvidado las llaves en la cerradura y me he quedado ensimismada mirando el árbol con flores blancas que hay delante del escaparate, en la calle Pozas. Ale y yo ya hemos aceptado que jamás descubriremos exactamente qué árbol es, pero hemos decidido que nos gusta.

Hablo con mi madre, viene mi hermana, Anselmo resulta ser un tipo estupendo —algo que ya intuía— y, de camino a Mama Framboise, mientras recordamos el día en que Ana y yo nos compramos unos zapatos de tacón en la calle Montera, ella me dice: “¿Dónde estás? Aterriza, vuelve con nosotros”. Y, aunque me da rabia reconocerlo, tiene razón y me despierta.

Su llamada de atención me previene: ya es momento de recuperar el control.

Fotografío el árbol. La última vez que fotografié uno era invierno y me encontré con él en Platería, de camino a la casa que compartíamos mi hermana y yo.

Vivía un antiguo amor.

Aquella situación, aunque no mucho, se parecía un poco a esta, pero ahora yo sé más cosas.

Así que, en cuestión de segundos, elijo bajar a la tierra y no tomar en la bifurcación del camino la misma dirección que tomé entonces.

Ana me sonríe y el verano de Madrid, que se manifiesta en el sol del cruce de Gran Vía a medio gas, me recuerda lo felices que fuimos. Es una de las personas más buenas de este mundo.

Y yo le digo: “Ya estoy aquí”.

La indulgencia

Será mejor que aprendas a vivir
entre la línea divisoria que va del tedio a la pasión.
Joaquín Sabina. “Esta boca es mía”.
La Puerta del Sol al anochecer

Vuelvo a casa escuchando a Sabina y la ciudad es indulgente conmigo.

La ciudad siempre es lo que queda.

Es mi única certeza.

Cruzo el centro sin demasiada prisa. Es este el lugar al que pertenezco. Me gustan las luces que se encienden cada noche con la indiferencia de los dioses; el ruido del tráfico y los turistas. Creo que, incluso ahora, a menudo soy capaz de mirar como ellos, con su capacidad de asombro ante lo que yo veo todos los días. Supongo que eso es un poco lo que hay que hacer con todas las cosas. Ser capaz de sorprenderse una y otra vez; y rebelarse ante esa muerte lenta que implica cada final. ¿Cuantas veces se puede arañar la piel sin desangrarla?

Habrá más heridas.

Y hay mucha gente a mi alrededor.

Hoy no le he dado las gracias a alguien que se lo merecía, porque me ha hecho feliz y me ha devuelto un mundo entero. Es triste que las despedidas, inmediatamente después de producirse, siempre parezcan incompletas, como si lo que de verdad quisiéramos decirle a aquel de quien vamos a separarnos hubiera de permanecer en secreto.

La carta que no se envía.

La cita a la que se llega tarde.

El drama innecesario.

Los animales huelen antes el peligro.