Vínculos emocionales amputados

El despertador suena una hora antes de lo habitual porque tengo que ir a hacerme un análisis de rutina y ya es otoño. No me apetece escribir y sin embargo escribo, pero sobre todo me intereso por las citas ajenas, como Amanda Gris.

Cuando salgo de casa las obras de la calle, que lleva toda la semana cortada, han desaparecido y la mañana, todavía desierta, lame el Barrio de las Letras con una suavidad impropia de las horas centrales del día. Nadie me ve y en ese momento mi estado de ánimo todavía es normal, atrincherado en la idea de recompensarse con un desayuno completo una vez el análisis haya concluido.

Qué difícil prever la catástrofe.

El centro de salud, donde son amables conmigo, es uno de esos espacios recubierto por un tipo de suciedad que prevalece más allá de la limpieza cotidiana: manchas endémicas y cierto halo pegajoso sobre los azulejos blancos, contra el que no tengo duda de que se lucha, pero invariablemente se pierde.

No me hacen esperar. Hay dos personas, una chica muy joven y un hombre algo más maduro, sin bata blanca ni ningún detalle que los identifique, sacando sangre a destajo. Por lo que escucho de su animada conversación, ajena por completo a los que entramos y salimos de la minúscula consulta, deduzco que compiten por ver quién de los dos logra más extracciones. Respiro hondo, trato de convencerme a mí misma de que será rápido y, apenas dos minutos después de llegar, ya estoy sentada delante de la chica, con el brazo derecho apoyado sobre una almohadilla azul y una goma prieta casi a la altura de la axila.

No quiero mirar, nunca quiero mirar, pero siempre miro.

La primera vez parece que saldrá bien y la chica adapta el tubo de plástico transparente a la boca del conducto finísimo en el que termina la aguja ya clavada. No me duele, pero la sangre no sale y la chica, despacito, mueve un poco la aguja con la esperanza de que la sangre se ponga las pilas. Aún así no tiene éxito, desecha todo el material y volvemos a empezar: un nuevo pinchazo fallido.

Algo sorprendida por su repentina falta de pericia, la chica intenta encontrarme las venas en el brazo izquierdo y, al no conseguir nada, le pide a al hombre más maduro que sea él quien lo intente.

—Tienes las venas muy finitas —me dice mientras espero a que su compañero quede libre—. O eso o que la sangre no te fluye bien.

No sé qué responderle y unos segundos después estoy sentada delante del hombre que, me da la sensación, quiere hacer alarde de su amplia experiencia para deslumbrar a la chica… pero tampoco él, después de varios pinchazos, consigue ni una gota.

Y entonces pasa.

Me entran unas ganas de llorar incontenibles.

Ellos todavía no se han rendido. El hombre me sugiere que me tumbe un rato en la camilla y beba un poco de agua antes de enfrentar un nuevo asalto, pero a mí me tiembla la voz cuando le digo que lo único que quiero es irme a mi casa. Él se queda perplejo.

—Vale, como quiera —dice.

—Vale —es lo único que alcanzo a responderle yo también.

Me levanto y salgo a la calle atravesando muy rápido el vestíbulo rectangular donde las dos mujeres de la recepción, atrincheradas detrás de un larguísimo mostrador de formica gris, se percatan de mi llanto sin ninguna discreción. Me han protegido los múltiples pinchazos con sendas tiritas blancas. Recorro el breve tramo de Alameda que me separa de Platería y, ya en la plaza, aunque más aliviada, continuo llorando. El sol está más alto y hay camareros montando las terrazas, pero no se fijan en mí y les agradezco ese margen de intimidad que, sin saberlo, me conceden. Me siento en el muro de piedra de la fuente, de cara al Paseo del Prado. Suspiro, no controlo las lágrimas. Las dejo escapar y hay algo que se marcha con ellas.

Algo que aún no sé si me ha hecho mejor, pero que se está despidiendo para siempre.

Y que tal y como está ya no me sirve.

La muda de un insecto.

Llamo a mi madre desde casa, y también a Raquel y a Cris. A las tres les cuento la verdad. Las tres me dicen que vuelva al centro, que me vaya a Urgencias, y yo me niego. Lo único que quiero es irme a la librería.

Y al llegar a la calle del Pez, Cris me está esperando. Que esté allí, delante de la persiana bajada del local, me alegra.

Abrimos y trabajamos. Ella corrige, yo coloco los libros que llegan. Pasamos en silencio gran parte del tiempo hasta que, con un tono que no delata preocupación alguna, sin levantar la mirada de la pantalla del ordenador, ella comenta:

—Me estoy leyendo por fin Noches azules. ¿Lo tienes aquí?

—Claro que lo tengo aquí. Me gusta más que El año del pensamiento mágico. De Joan Didion, es mi favorito.

Le acerco a Cris el ejemplar y ella lo ojea hasta dar con lo que busca. Entonces lee en voz alta:

“En El hombre contra sí mismo, Karl Menninger describe la tendencia a reaccionar exageradamente ante algo que pueden ser unas circunstancias ordinarias y hasta predecibles (…). Cita a la joven que se deprime y se mata después de cortarse el pelo. Menciona al hombre que se quita la vida porque le han aconsejado que deje de jugar al golf (…) y a la mujer que se mata después de perder dos trenes.

(…)

En estos ejemplos —nos cuenta el doctor Menninger— el pelo, el golf y los trenes tenían un valor exagerado, de manera que cuando se perdieron o cuando existió aunque sólo fuera la amenaza de perderlos, el culatazo de los vínculos emocionales amputados resultó letal”.

Cris detiene la lectura y me pregunta:

—¿Qué te parece?

—Me parece que he llorado porque me han pinchado aproximadamente unas ocho veces para nada. Puede que más.

Las dos nos reímos y cambiamos de tema mientras la mañana transcurre plácida al otro lado del escaparate, en Malasaña.

Una vez Adolfo Domínguez pasó por la librería para presentarnos su novela Juan Griego y me dijo que tenía la misma estructura ósea que Nicole Kidman. No sé por qué me viene eso a la cabeza inmediatamente después de la lectura de Cris, como si el recuerdo fuera la pieza inconexa de un puzle que no hubiera encajado hasta ahora.

Un despropósito más entre mil despropósitos.

Luego pienso en esta vida extraña en la que no para de entrar y salir gente, y en la que sólo algunos se quedan.

—Cris.

—¿Qué?

—¿Crees que me parezco a Nicole Kidman?

—Eres idéntica —me responde fiel a su costumbre de no levantar la vista del ordenador.

—¿Escuchamos Tristán e Isolda?

—Adelante, seguro que nos alegrará.

—Wagner es todo luz.

 

 

Animales salvajes

Calle Lope de Vega, Madrid
Pienso en la efervescencia de los días.

Y en los vestidos de lentejuelas que se cruzan como estrellas fugaces entre la multitud.
Son rosas, amarillos y azules.
Son vulgares
y brillan,
al mismo tiempo mágicos y terribles,
como el amor no correspondido.
Sólo eso cuenta mientras regreso a casa.
Pienso que en ellos reside la valentía
y me digo a mí misma: ¿Quién te has creído que eres?
¿Por qué dudas de que tu valor es idéntico al de todos aquellos que sí han tenido hijos?
Por suerte o por desgracia, al segundo siguiente mi atención se concentra en la calle luminosa,
Es ella la que importa en absoluto,
testigo de cada una de mis debacles,
desafío continuo al algoritmo…
La calle, que en la noche recibe la visita de animales salvajes
y se conforma como yo.
¿Cuál es el consuelo de este dolor sin nombre?, me pregunto.
¿Cuál es el valor?
Al menos para mí
hoy no hay ninguna música.

Por si tenemos que marcharnos

Recreación del planeta K2-18b, su estrella anfitriona y un planeta acompañante. / ESA / Hubble / M. Kornmesser

Científicos del Reino Unido han detectado por primera vez en la historia vapor de agua en la atmósfera de un exoplaneta, el K2-18b, a 110 años luz. Eso significa que quizás, algún día, el ser humano podrá trasladarse allí en caso de emergencia.

Esta muy bien saberlo por si tenemos que marcharnos.

Al mismo tiempo, políticos e investigadores del mundo entero intentan ponerse de acuerdo sobre el lugar adecuado para construir el TMT, el telescopio más avanzado y potente que se ha proyectado hasta el momento. No me imagino qué podrá ver quién mire a través de su lente maravillosa; lo que sí me llama la atención es cómo tendemos a creer que es en la distancia infinita, allí donde no alcanzamos a asomarnos, donde se encuentra siempre la solución.

Pienso en Bradbury y en el último relato de Crónicas marcianas, cuando los humanos se ven reflejados en la charca y se llaman marcianos a sí mismos, y de nuevo regreso a la importancia de los nombres, a como llamar a las cosas que nos definen de una forma u otra condiciona nuestro comportamiento y convierte la opción del silencio en válida y preferible.

Por eso algunas plantas crecen salvajes, sin ningún control.

Se me ha estropeado la cocina eléctrica y no puedo hervir el agua para la pasta.

Mi cuenta corriente atraviesa un periodo de anorexia severa.

Y aunque todavía controlo un poquito mi mente, mi cuerpo, por su cuenta, atraviesa una revolución.

Leo La luz azul de Yokohama y me acuerdo de los pocos días que pasé en Tokio.

Pronto se cumplirá un año de mi viaje más largo; una vida entera.

A veces pienso que no ha terminado aún.

La sumisión

Virginia Oldoini, condesa de Castiglione, protagonista del ensayo La exposición.

Este verano he leído un montón de buenos libros relacionados de una u otra forma con el feminismo: Cosas que no quiero saber, de Deborah Levy, La exposición, La otra verdad y la novela de Antonella Lattanzi Una historia negra, en la que muere asesinado un maltratador. Además, he visto la segunda temporada de Big Little Lies, donde Nicole Kidman echa de menos a su marido y lucha contra ese sentimiento de nostalgia por alguien que le ha hecho daño.

Todos los libros mencionados están escritos por mujeres.

Todos son excelentes y, junto con la serie, miran a través de ventanas distintas a dos temas que, desde siempre, me han interesado mucho: la identidad y la sumisión en mayor o menor medida, y en diferentes ámbitos –no necesariamente física–, de la mujer con respecto al hombre. La sumisión me atrae porque está instalada en una frontera invisible de la que resulta imposible renegar y en la que yo me encuentro cruzando de un lado a otro constantemente, como si se tratara de una cuerda y yo estuviera saltando en el patio del colegio.

Imagen de la segunda temporada de Big Little Lies

Me interesa la contradicción: ¿Cómo es posible que en determinadas situaciones algunas mujeres nos sintamos atraídas por aquello que nos obliga a doblegarnos?

Cuando entrevisté a Dacia Maraini con motivo de la publicación en España de Un cuerpo feliz, ella atribuyó esta tendencia, muchas veces inconsciente, tremendamente sutil –no hablamos de los grilletes de Cincuenta sombras de Grey– , a la inoculación en la mente femenina de una cultura de siglos en la que esa idea, la de que la mujer debe acatar en todos los terrenos la voluntad del hombre, forma parte de la base.

Su reflexión me pareció interesante; su ensayo, publicado por Altamarea, imprescindible; sin embargo, y desde mi humilde posición de menos años, menos lecturas y menos experiencia que Dacia, discrepo un poco de su visión, porque, al menos en el sexo y en el juego, me parece que a veces (por supuesto no siempre, y ahí radica el peligro) someterse es una elección y, paradójicamente, no una orden.

Como escoger marearse dando vueltas al borde del abismo.

Es adictivo.

Y no sé si el peligro de caer debería justificar la prohibición.

Me estudio a mí misma y me da miedo el avance imparable de una parte de mí que, hace apenas unos meses, no sabía que existía. Alguien la ha despertado sin querer y, a priori, nada tiene que ver conmigo.

Pero esa también soy yo y no voy a rechazarme.

La identidad es caprichosa. Siempre permanece incompleta

La palabra maestra

Nosotros somos el idioma.

Por eso resultará imposible definir esta noche el brillo de las estrellas sobre el mar (un paisaje tan fácil)

o aceptar sin dolor la forma en que me dices que ya no volverás a verme.

Será difícil afrontar este día en el que ha salido el sol, carente de toda lógica.

Porque no existe la palabra maestra.

Se trata de eso y nada más.

Aunque no nos rindamos y busquemos algo que salvar entre los escombros del incendio,

aunque me acuerde de las caricias y de la sangre,

nada se podrá hacer.

Incluso durante esa búsqueda compartida cada uno hablará su propio lenguaje.

Y no tardará en volver el fuego.

Bastará con que una tarde permanezcas en silencio

o decida yo, una mañana de este otoño inminente,

reclamar lo que tú no quieres darme.

Aún así seguiremos: únicos habitantes de nuestras complejas geografías,

dos civilizaciones asoladas por calamidades y plagas durante siglos,

supervivientes de una historia sencilla hasta el extremo,

basada en la simple combinación de construir y derribar.

Me gustaría decir: “yo te querré siempre”

o: “no tengas ningún miedo”,

pero, aunque te lo dijera,

aunque lograra formular mi deseo en voz alta,

tú no lo entenderías.

Porque la palabra maestra no existe

y ninguna obra se da por terminada si no se convierte en ruinas.

El vínculo ciego

El Ebro a su paso por Logroño

Llego a Logroño el domingo por la mañana para encontrarme con Ale, Chris y Raquel, y celebrar juntos en La Chispa Adecuada que ya hemos cumplido un verano. Mientras ellos han estado de vacaciones y yo en Madrid, a cargo de la librería, los he echado de menos, así que me alegro de verlos y disfruto del tiempo que compartimos en esta ciudad desde la que escribo y en la que no había estado nunca.

Aquí rodó Bardem Calle Mayor, aquí vive Raquel, aquí escribe Astur y aquí me quedo, ocupando el escritorio de Manuel para avanzar en la novela y apoderándome en su ausencia de sus chanclas, que me están grandes pero me gustan, porque contribuyen a reforzar mi sensación de tránsito, como si durante unos días pudiera habitar una vida que no fuera la mía y dejar todos mis quebraderos de cabeza en suspenso, de la misma manera en que Moisés separó las aguas del Mar Rojo e impidió el derrumbe de las dos paredes líquidas que flanqueaban el pasillito seco hasta que hubo pasado todo su pueblo.

Maravilla.

Ojalá mis dudas, que son como la carcoma, dejaran de roer por un momento y me dieran una tregua.

A nuestros amores (1983)

Raquel y yo vemos A nuestros amores durante la siesta y algunas escenas de la película, que en su mayor parte me parece un despropósito, me hacen pensar en como hay momentos, muy pocos, de nuestras vidas en los que la identidad se diluye en un todo mayor y, por unos segundos, podemos olvidarnos de nosotros mismos, como cuando algunas veces miramos el mar o, en el fragor de la ciudad, no nos importa empaparnos bajo la lluvia.

Echo de menos ese dejar de ser.

Aquí las campanas de la catedral marcan las horas.

Y me acuerdo de una tarde de sábado, hace ya algunos años, en la buhardilla de Espoz y Mina. Seguramente merendamos helado de vainilla de Palazzo y también vimos alguna peli francesa que nos hizo llorar, pero después nos dedicamos a probarnos toda la ropa del armario. Nos estábamos haciendo amigas, creando un vínculo ciego e intuitivo, que habría de perdurar para traernos hasta hoy, hasta esta otra tarde nublada, que no parece de agosto, en la que hemos visitado librerías y, al menos yo, me he liberado de cierta presión.

Me sorprendo a mí misma.

Son pocas las cosas que me importan, pero hacía mucho que no me sentía tan descolocada.

Todo está pendiente y espero que salga bien.

Afortunadamente, Raquel me interrumpe y me muestra sus lecturas de verano. Está anocheciendo y enciende la lámpara y el flexo. Hablamos de El río, de El final del romance y también de Solovki, el excelente libro de fotografía de Rafael Trapiello y Juan Manuel Castro Prieto.

Me sorprende la luz en las increíbles imágenes de Rafa.

A mí, que no me había dado cuenta de que me estaba quedando a oscuras.

La visita

La noche del viernes, al llegar a la buhardilla después de cenar un kebab con María que me supo a gloria, había una cucaracha negra esperándome en el centro de la salita. Durante unos segundos, la observé aterrada. No parecía tener intención de marcharse por las buenas y devolverme mi espacio de refugio. Cogí la escoba y la maté sin piedad y también con mucho miedo, porque siempre he sospechado que los insectos pueden volverse gigantes cuando quieran.

Una vez intenté leer completa una novela de Clarice Lispector (no lo conseguí, todavía es un reto pendiente). Se llamaba La pasión según G. H. y contaba la historia de una mujer que encontraba una cucaracha en el armario de su sirvienta y, paralizada por el asco, empezaba a divagar. Lo curioso es que, a pesar de haber abandonado la novela por desinterés, nunca he olvidado el acontecimiento que la protagoniza.

Y ¿no es lo bueno lo que se queda?

Ahora mi casa ya no es del todo mi casa. Se ha convertido en un espacio de conflicto, amenazado por un ejército invisible, que exige de mí la más absoluta concentración. Limpio a fondo y fumigo con insecticida por todos los rincones; y trato de convencerme de que no volverán a entrar… aún así, me cuesta conciliar el sueño. Abro los ojos de repente y examino el suelo frente a mí, con la secreta esperanza de que esta guerra fría derive de nuevo en batalla campal y, escoba en mano, sepa cómo y contra qué defenderme.

Pero la cucaracha ya no vuelve y su ausencia cincela el nacimiento de un fantasma que me susurra al oído cada vez que meto la llave en la cerradura para abrir la puerta y revivo la sensación de descubrirla esperándome en el centro de la habitación.

Días terribles.

Sin embargo, mientras tanto, algunas noches hablamos.

Tú y yo.

Y cuando nos despedimos, entonces sí, me duermo tranquila.

Qué difícil es definir lo que tenemos.

A veces pienso que está a punto de caer al vacío.

Pero siempre se salva.

Un ejercicio de fe

 

Alguien me tiene sujeta con una cadena invisible y cada vez que me habla tira de mí, e importa bien poco lo que sucede en los intervalos de silencio.

Yo lo elijo y, asumidas las reglas del juego, su absoluta inocuidad, los días del verano transcurren lentamente y llenos de sol, abriéndose cada mañana sobre mi cabeza como el paisaje de un planeta desconocido.

Nunca antes había llegado hasta aquí.

Hacía mucho tiempo que no me reía tanto.

Escucho la banda sonora de La edad de la inocencia y también una pieza de Alberto Iglesias para La piel que habito“Los vestidos desgarrados”. Con ella de fondo leo las últimas páginas de Mi año de descanso y relajación. La novela de Ottessa Moshfegh, brillante, no lo es gracias a la trama, sino a los detalles con los que la autora la construye, pinceladas diminutas de una realidad cotidiana a la que todos tenemos acceso y que, sin embargo, muy pocas voces saben narrar; porque contar bien es como encontrar pepitas de oro en una mina ya explotada y para la mayoría de los buscadores dada por muerta.

Supongo que la literatura es eso: un ejercicio de fe en la riqueza de una tierra que parece desahuciada.

Ceno con Imma en Platería y mi amiga me recuerda una cita de Auster de la que deriva la reflexión anterior: “Las historias solo suceden a quienes son capaces de contarlas”.

Nuestras vidas no son más que bastos bloques de marfil. Yo hurgo en la mía, la recorro una y otra vez como si se tratara de un camino por el que hubiera perdido algo; un camino que cambia dependiendo también de quién se interesa por nosotros, porque quién nos mira condiciona nuestro tono y marca los puntos de luz y los de sombra.

Siempre se escribe para alguien.

Cada novela es una carta perdida.

 

 

Los nombres de las cosas

Pájaro posando en El Retiro a las nueve de la mañana

Vuelvo de Palma con la alegría de haber conocido a un buen puñado de mujeres interesantes y, en el avión a Madrid, a pesar de las turbulencias que aproximadamente cada dos o tres minutos me recuerdan la inminencia de la muerte —por mucho que dure, la vida siempre es corta—, me siento afortunada. Menos dinero, tengo de todo: vivo en la ciudad que quiero; mi familia consume los días volcada en Rafeta y en la cada vez más cercana llegada de Pablo; y me dedico a lo que más me gusta.

Escribo sin cesar.

Aparte de consumir gran parte de mi tiempo escuchando Dinamita.

A las ocho y media de la mañana, gracias al incentivo de Michi, que promete invitarme a desayunar cuando terminemos, nos encontramos en el Retiro para correr y, como me canso antes que ella —siempre me canso antes que ella y luego desayuno mucho más—, mientras mi amiga termina su carrera, yo mato el tiempo paseando cerca del estanque y haciendo fotografías. Fotografío un pájaro que sobrevuela el embarcadero y pienso en el encuentro del día anterior, en la plaza de Platería y en cómo algunos acontecimientos de apariencia insignificante adquieren inmediatamente el estatus de recuerdo y, al producirse, amplían el plano de la existencia entera para que la apreciemos en su justa dimensión.

¿Cuántos caminos se trazan y cruzan en toda una vida?

¿Cuántos se diluyen?

¿Qué nos empuja una y otra vez a ser valientes a pesar de lo sufrido y evita que nos retiremos a lamernos las heridas?

Sons de Nit. Palma de Mallorca, 2019. Charla sobre mujeres y cultura con Lucía Lijtmaer e Imma Turbau

En la charla con Lucía e Imma en Can Balaguer, hablamos de las cosas más peligrosas, que son aquellas que no tienen nombre; las que, al ser inmencionables, no se pueden ver.

Las cosas invisibles, que crecen salvajes como algas y nos acarician los pies.

De repente, cambio de opinión sobre la conveniencia del peligro.

Y decido abrazarlo con la confianza que suelo concederle a la oportunidad.

Decido no temer a las cosas sin nombre, al menos hoy.

Si sale mal, “mañana será otro día”.

Está anocheciendo en Madrid y empieza a chispear, pero yo estoy en muchos sitios a la vez. Las gotas golpean la claraboya de mi habitación, sobre la cama desde la que escribo; y entiendo al cielo, cargado del calor de este verano repleto de emociones desconocidas, de las que no quiero ni puedo desprenderme, y a las que intento comprender para que no me arrastren, para que no se rompa mi presa imaginaria, de contención.

Y entonces lo envidio.

Envidio al cielo.

Yo también tendría que llover.