La visita

La noche del viernes, al llegar a la buhardilla después de cenar un kebab con María que me supo a gloria, había una cucaracha negra esperándome en el centro de la salita. Durante unos segundos, la observé aterrada. No parecía tener intención de marcharse por las buenas y devolverme mi espacio de refugio. Cogí la escoba y la maté sin piedad y también con mucho miedo, porque siempre he sospechado que los insectos pueden volverse gigantes cuando quieran.

Una vez intenté leer completa una novela de Clarice Lispector (no lo conseguí, todavía es un reto pendiente). Se llamaba La pasión según G. H. y contaba la historia de una mujer que encontraba una cucaracha en el armario de su sirvienta y, paralizada por el asco, empezaba a divagar. Lo curioso es que, a pesar de haber abandonado la novela por desinterés, nunca he olvidado el acontecimiento que la protagoniza.

Y ¿no es lo bueno lo que se queda?

Ahora mi casa ya no es del todo mi casa. Se ha convertido en un espacio de conflicto, amenazado por un ejército invisible, que exige de mí la más absoluta concentración. Limpio a fondo y fumigo con insecticida por todos los rincones; y trato de convencerme de que no volverán a entrar… aún así, me cuesta conciliar el sueño. Abro los ojos de repente y examino el suelo frente a mí, con la secreta esperanza de que esta guerra fría derive de nuevo en batalla campal y, escoba en mano, sepa cómo y contra qué defenderme.

Pero la cucaracha ya no vuelve y su ausencia cincela el nacimiento de un fantasma que me susurra al oído cada vez que meto la llave en la cerradura para abrir la puerta y revivo la sensación de descubrirla esperándome en el centro de la habitación.

Días terribles.

Sin embargo, mientras tanto, algunas noches hablamos.

Tú y yo.

Y cuando nos despedimos, entonces sí, me duermo tranquila.

Qué difícil es definir lo que tenemos.

A veces pienso que está a punto de caer al vacío.

Pero siempre se salva.

Un ejercicio de fe

 

Alguien me tiene sujeta con una cadena invisible y cada vez que me habla tira de mí, e importa bien poco lo que sucede en los intervalos de silencio.

Yo lo elijo y, asumidas las reglas del juego, su absoluta inocuidad, los días del verano transcurren lentamente y llenos de sol, abriéndose cada mañana sobre mi cabeza como el paisaje de un planeta desconocido.

Nunca antes había llegado hasta aquí.

Hacía mucho tiempo que no me reía tanto.

Escucho la banda sonora de La edad de la inocencia y también una pieza de Alberto Iglesias para La piel que habito“Los vestidos desgarrados”. Con ella de fondo leo las últimas páginas de Mi año de descanso y relajación. La novela de Ottessa Moshfegh, brillante, no lo es gracias a la trama, sino a los detalles con los que la autora la construye, pinceladas diminutas de una realidad cotidiana a la que todos tenemos acceso y que, sin embargo, muy pocas voces saben narrar; porque contar bien es como encontrar pepitas de oro en una mina ya explotada y para la mayoría de los buscadores dada por muerta.

Supongo que la literatura es eso: un ejercicio de fe en la riqueza de una tierra que parece desahuciada.

Ceno con Imma en Platería y mi amiga me recuerda una cita de Auster de la que deriva la reflexión anterior: “Las historias solo suceden a quienes son capaces de contarlas”.

Nuestras vidas no son más que bastos bloques de marfil. Yo hurgo en la mía, la recorro una y otra vez como si se tratara de un camino por el que hubiera perdido algo; un camino que cambia dependiendo también de quién se interesa por nosotros, porque quién nos mira condiciona nuestro tono y marca los puntos de luz y los de sombra.

Siempre se escribe para alguien.

Cada novela es una carta perdida.

 

 

Los nombres de las cosas

Pájaro posando en El Retiro a las nueve de la mañana

Vuelvo de Palma con la alegría de haber conocido a un buen puñado de mujeres interesantes y, en el avión a Madrid, a pesar de las turbulencias que aproximadamente cada dos o tres minutos me recuerdan la inminencia de la muerte —por mucho que dure, la vida siempre es corta—, me siento afortunada. Menos dinero, tengo de todo: vivo en la ciudad que quiero; mi familia consume los días volcada en Rafeta y en la cada vez más cercana llegada de Pablo; y me dedico a lo que más me gusta.

Escribo sin cesar.

Aparte de consumir gran parte de mi tiempo escuchando Dinamita.

A las ocho y media de la mañana, gracias al incentivo de Michi, que promete invitarme a desayunar cuando terminemos, nos encontramos en el Retiro para correr y, como me canso antes que ella —siempre me canso antes que ella y luego desayuno mucho más—, mientras mi amiga termina su carrera, yo mato el tiempo paseando cerca del estanque y haciendo fotografías. Fotografío un pájaro que sobrevuela el embarcadero y pienso en el encuentro del día anterior, en la plaza de Platería y en cómo algunos acontecimientos de apariencia insignificante adquieren inmediatamente el estatus de recuerdo y, al producirse, amplían el plano de la existencia entera para que la apreciemos en su justa dimensión.

¿Cuántos caminos se trazan y cruzan en toda una vida?

¿Cuántos se diluyen?

¿Qué nos empuja una y otra vez a ser valientes a pesar de lo sufrido y evita que nos retiremos a lamernos las heridas?

Sons de Nit. Palma de Mallorca, 2019. Charla sobre mujeres y cultura con Lucía Lijtmaer e Imma Turbau

En la charla con Lucía e Imma en Can Balaguer, hablamos de las cosas más peligrosas, que son aquellas que no tienen nombre; las que, al ser inmencionables, no se pueden ver.

Las cosas invisibles, que crecen salvajes como algas y nos acarician los pies.

De repente, cambio de opinión sobre la conveniencia del peligro.

Y decido abrazarlo con la confianza que suelo concederle a la oportunidad.

Decido no temer a las cosas sin nombre, al menos hoy.

Si sale mal, “mañana será otro día”.

Está anocheciendo en Madrid y empieza a chispear, pero yo estoy en muchos sitios a la vez. Las gotas golpean la claraboya de mi habitación, sobre la cama desde la que escribo; y entiendo al cielo, cargado del calor de este verano repleto de emociones desconocidas, de las que no quiero ni puedo desprenderme, y a las que intento comprender para que no me arrastren, para que no se rompa mi presa imaginaria, de contención.

Y entonces lo envidio.

Envidio al cielo.

Yo también tendría que llover.

Una historia invisible y una pérdida

Me levanto a las seis de la mañana para volar a Palma y descubro que, ahora que tengo uñas, mientras duermo, sin darme cuenta me araño la piel.

Leo a Deborah Levi. Escribe que la duda “es el intento de derrotar al deseo” y escribe también que, “con una voz fría como el hielo”, la emoción se transmite mejor.

Yo no dudo.

Y me temo que incumplo todas sus normas, pero me gusta su autobiografía, porque no emite juicio alguno, sólo se esfuerza por comprender. Revisa la experiencia, un concepto tan amplio que ha sido manoseado y exprimido por los gurús del marketing y también por los poetas. Todo el mundo me ha hablado de la experiencia alguna vez y, con el tiempo, he aprendido que únicamente nuestro instinto es capaz de hacer útil lo que ya hemos vivido antes.

Somos animales que avanzan a tientas en la oscuridad y en mi noche, de repente, se ha instalado la calma.

Mis últimos años han crecido arropados por una historia invisible y una pérdida. Las dos me han hecho sufrir, pero son diferentes: la pérdida ha ido suavizando su ataque con el tiempo y, cuando vuelvo la mirada hacia ella, lo que veo es el escenario de una doma concluida: no se marchará, pero obedecerá mis órdenes. La he encerrado en una jaula.

Sin embargo la historia invisible no terminará nunca, porque nunca ha tenido un principio y ha medrado, salvaje, en el terreno más peligroso de todos: el de la posibilidad; un espacio donde se levantan y derriban mil torres de Babel en un segundo, y en el que sólo se escucha el estruendo de los edificios al caer.

Por un momento creí que escaparía del paraje de derribo.

Aunque el sonido de la catástrofe a lo lejos, incluso en los días más felices, nunca cesó.

Era como la voz de quien nos conoce mejor y nos dice que ha llegado la hora de volver a casa.

A veces he llorado estos días y he escrito mucho. Esa también soy yo. O debería decir simplemente: esa soy yo; una escritora con tendencia al desequilibrio y una certeza enganchada en el estómago, como un parásito.

Hay encantamientos en todas las vidas.

Por un instante, pensé que me había liberado del mío.

Estaba equivocada.

El 1 en la Escala de Richter

Triángulo: La Lonja, Los Santos Juanes y el Mercado Central
Triángulo: La Lonja, Los Santos Juanes y el Mercado Central

De un día para otro las cosas cambian por completo.

Hago listas de canciones y, a falta de mi propia habitación, ocupada por mi padre y sus libros y carpetas desde el minuto uno después de mi marcha, me instalo en la habitación de mi hermana, donde hay una pared llena de fotos de cuando éramos unas crías, y un montón de sobres de azúcar que resumen la sabiduría universal, clavados con chinchetas de colores. Ana solía coleccionarlos.

Hubo una época en que los sábados Más, de Alejandro Sanz, y la banda sonora de El guardaespaldas se escuchaban por el pasillo de la casa. Nos sabíamos las canciones de memoria, mi madre, mi hermana y yo.

Me acuerdo de entonces y pienso que éste de hoy, con todo lo que nos ha pasado, parece otro planeta.

Confundo las dimensiones, cuento en kilómetros y también en años luz.

Veo a Rafeta. Al principio no me reconoce, pero a los dos minutos se viene conmigo para ayudarme a encontrar la edición de Quinteto de Claus y Lucas. Intuyo que será un gran lector… o a lo mejor, no. El caso es que se divierte mientras le leo los títulos en los lomos de los libros que no son el que busco. Cuando nos rendimos, cedo a sus preferencias y me paso dos horas deslizando por el suelo coches diminutos, que se empeñan en meterse por debajo de los muebles y me agotan tanto que a las diez y media caigo rendida. Hacía años que no me dormía tan pronto.

Todo esto ocurre y, a la vez, en un territorio invisible, otra parte de mí se entrega a una historia completamente distinta, que no tiene nombre ni definición y es sólo una voz.

Porque nadie me toca.

Y sin embargo esa ausencia, esa excepción constante tan impropia de los amantes y tan característica de los médicos, lo llena todo y me acostumbro a ella; me adapto a la intervención quirúrgica con la docilidad de los perros que participaron en el experimento de Pávlov.

La ciudad parece tranquila y me acoge con el silencio de los que únicamente aceptan el escándalo mientras permanece oculto bajo la alfombra.

Paseo por el casco antiguo y me sorprendo ante la cantidad moderada de turistas y la brisa. Podría ser el escenario de un crimen y también un lugar en el que quedarse. Pienso en la posibilidad de un seísmo y, al investigar un poco, descubro que no existe el 1 en la Escala de Richter.

No hay grado para los pequeños terremotos aunque, uno tras otro, se sucedan como controladas descargas eléctricas y sean ya imparables.

Qué gran error.

La electricidad

Raquel y Astur me descubrieron hace un par de años a Mcenroe y ahora, sentada en los escalones de la librería mientras esta tarde interminable empieza a caer, escucho en bucle La electricidad.

Ha sido una semana dura, que empezó con la inocente ingesta de un Negroni en El Cafeína, donde María, Cristina y yo hablamos de hombres y nos comimos todos los frutos secos.

Y he estado triste, pero ya no.

Empiezo la lectura de El nervio óptico.

En la buhardilla saltan los plomos sin cesar. Hoy se me han olvidado las llaves en la cerradura y me he quedado ensimismada mirando el árbol con flores blancas que hay delante del escaparate, en la calle Pozas. Ale y yo ya hemos aceptado que jamás descubriremos exactamente qué árbol es, pero hemos decidido que nos gusta.

Hablo con mi madre, viene mi hermana, Anselmo resulta ser un tipo estupendo —algo que ya intuía— y, de camino a Mama Framboise, mientras recordamos el día en que Ana y yo nos compramos unos zapatos de tacón en la calle Montera, ella me dice: “¿Dónde estás? Aterriza, vuelve con nosotros”. Y, aunque me da rabia reconocerlo, tiene razón y me despierta.

Su llamada de atención me previene: ya es momento de recuperar el control.

Fotografío el árbol. La última vez que fotografié uno era invierno y me encontré con él en Platería, de camino a la casa que compartíamos mi hermana y yo.

Vivía un antiguo amor.

Aquella situación, aunque no mucho, se parecía un poco a esta, pero ahora yo sé más cosas.

Así que, en cuestión de segundos, elijo bajar a la tierra y no tomar en la bifurcación del camino la misma dirección que tomé entonces.

Ana me sonríe y el verano de Madrid, que se manifiesta en el sol del cruce de Gran Vía a medio gas, me recuerda lo felices que fuimos. Es una de las personas más buenas de este mundo.

Y yo le digo: “Ya estoy aquí”.

La indulgencia

Será mejor que aprendas a vivir
entre la línea divisoria que va del tedio a la pasión.
Joaquín Sabina. “Esta boca es mía”.
La Puerta del Sol al anochecer

Vuelvo a casa escuchando a Sabina y la ciudad es indulgente conmigo.

La ciudad siempre es lo que queda.

Es mi única certeza.

Cruzo el centro sin demasiada prisa. Es este el lugar al que pertenezco. Me gustan las luces que se encienden cada noche con la indiferencia de los dioses; el ruido del tráfico y los turistas. Creo que, incluso ahora, a menudo soy capaz de mirar como ellos, con su capacidad de asombro ante lo que yo veo todos los días. Supongo que eso es un poco lo que hay que hacer con todas las cosas. Ser capaz de sorprenderse una y otra vez; y rebelarse ante esa muerte lenta que implica cada final. ¿Cuantas veces se puede arañar la piel sin desangrarla?

Habrá más heridas.

Y hay mucha gente a mi alrededor.

Hoy no le he dado las gracias a alguien que se lo merecía, porque me ha hecho feliz y me ha devuelto un mundo entero. Es triste que las despedidas, inmediatamente después de producirse, siempre parezcan incompletas, como si lo que de verdad quisiéramos decirle a aquel de quien vamos a separarnos hubiera de permanecer en secreto.

La carta que no se envía.

La cita a la que se llega tarde.

El drama innecesario.

Los animales huelen antes el peligro.

Lo que queda del día

Ayer volví a ver Lo que queda del día.

Cerré con ella una semana que no olvidaré.

Releo mis posts anteriores y me siento un poco ridícula, demasiado intensa. Hay en ellos una incontinencia muy parecida a la del agua saliéndose de la bañera al dejarse el grifo abierto. De todas formas, no me arrepiento. No sé de qué otra manera pueden explicarse las emociones vividas por primera vez.

Es imprescindible que cada historia sea distinta.

Está es explícita y está cargada de verdad. Creo que por eso, durante las últimas semanas, la ficción se me resiste y este diario, que llevaba mucho tiempo dormido, tira con insistencia de mi mano.

Ninguna elección es casual. Ni siquiera la de la película de Ivory.

Basada en Los restos del día, la novela del Nobel Ishiguro, habla de una pasión que nunca se materializa, y de una vida vacía. El mayordomo Stevens tiene mucho en común con Benjamín Espósito, el protagonista de El secreto de sus ojos, otra de mis novelas/películas fetiche. Los dos, quien sabe si por miedo o por convicción, eligen el silencio.

Yo me estoy despidiendo de él.

Una de las últimas escenas de Lo que queda del día, la del diálogo entre Stevens y miss Kenton años después de no haber vivido su historia de amor, me hizo pensar en el encierro, en esa cárcel invisible que todos llevamos con nosotros y a la que resulta tan fácil acostumbrarse. La acción transcurre en un embarcadero a la hora del crepúsculo, cuando se encienden todas las luces y la gente aplaude el brillo casi pop de los neones verdes y blancos, ante la mirada atónita de un Anthony Hopkins que pocas veces he visto mejor y que solo entonces se da cuenta (creo) de todo lo que se ha perdido y, al mismo tiempo, de la ingenuidad con la que aceptamos la estrechez de nuestras celdas.

—Para muchos esta es su hora favorita —le dice miss Kenton.

Y Stevens calla. Porque ya es tarde para escapar.

¿O nunca es tarde?

El final de Espósito es distinto.

¿Cuál será mi final?

Ayer me acordé también de Los inconsolables y de Nunca me abandones, mis dos títulos imprescindibles de Ishiguro, en los que el autor vuelve a la idea de que lo que vivimos no es siempre lo que deberíamos vivir y, sin embargo, no por eso tiene menos importancia.

Entre el aire libre y las corrientes submarinas no hay rivalidad posible.

Notas sobre Oslo I. La naturaleza del deseo

Bar del restaurante Einer, en Oslo

Son las once de la noche y en Oslo todavía es de día. Es la última cena del grupo, que ha ido fortaleciendo sus lazos a lo largo de la semana, y hay buen vino. El restaurante, Einer, un local emblemático de la nueva corriente gastronómica de Noruega, situado en el centro de la ciudad, ha cerrado su planta baja para nuestra expedición y nos resulta muy fácil hablar de la naturaleza del deseo; un tema al que llegamos ya en los postres, después de debatir sobre la calidad de Juego de tronos y brindar una y mil veces por nosotros.

Todo el mundo parece feliz.

Y ante la cuestión sobre si el deseo es imitativo o no, sobre si deseamos, sin darnos cuenta, a partir de aquello que creemos conveniente y socialmente más valorado, yo hago un repaso de los hombres por los que me he sentido atraída y me pregunto qué hay en ellos de mi necesidad de aceptación.

Tal vez sean solo un espejo…

Pero entonces vuelvo a pensar en ti y en cómo me gustaría eliminarte de la ecuación como quien de un manotazo elimina la tiza, y asumo que no puedo. No puedo, ni siquiera en esta ciudad donde la noche tarda tanto en llegar y, a pesar del cansancio de estos días en los que no hemos parado ni un momento, cuando me acuesto me quedo un rato con los ojos abiertos, mirando al techo en la oscuridad.

No hay ni un ápice de razón en estas horas que nacen incompletas.

Nada es fácil y todo es ridículo. Debería estar prohibido escribir bajo los efectos de tu ocupación. Sin embargo soy incapaz de detenerme. Quizás por eso permito que infectes la belleza de este lugar, que está lleno de historias; todas bañadas de una extraña luz eternamente en agonía; y oscilo entre una discreta ausencia y una felicidad que nace en el cuerpo, con la fuerza de una mano que se cierra mecánica sobre mis órganos vitales y tira de ellos hacia dentro, para arrancarlos.

Así me siento yo hoy, en esta parte del mundo donde nos han tratado tan bien y en la que he construido, con cada uno de los nombres, una pequeña mitología que llevará tu marca para siempre; el códice anticipado de una religión perdida.

Ekerberg, Vigeland, Munchmuseet, el Grand Café, la Casa de la Ópera… constantemente escucho tu voz y adivino cuántas veces se habrán rendido los edificios y las plazas del mundo ante otras voces, porque no hay nada de especial ni definitivo en este dolor tan placentero, cuyo único signo de autenticidad es su naturaleza caníbal.

Porque es salvaje el deseo.

Salvaje y banal.

De otra manera, resulta inconcebible.

Escultura del parque Vigeland