28 de abril _ Nuevo club de lectura virtual

Os cuento uno de los proyectos que más ilusión me hace poner en marcha en esta etapa: el 28 de abril a las 19hs inauguramos #ClubDeLectura virtual con una de las #novelas que más he disfutado este año, #CualquierOtroDía. Para participar, escribidme a marina@cervantesycia.com.

Y para adquirir el libro, os dejo el enlace a su ficha en la web, donde podréis elegir librería, plataforma y soporte que prefiráis. Leerlo es el único requisito para sumarse.

Pandemia

Estas son mis armas

Regreso a Madrid cuando ya se ha declarado la pandemia y, al llegar a casa después de hacer la compra sin problema alguno, lista ya para el encierro, me pregunto a qué lugares me conducirá durante estas semanas mi deriva mental. Sentada en la cama, con la claraboya sobre mi cabeza, asisto al atardecer de un día precioso, casi de primavera y me reconozco incapaz de asimilar hasta qué punto la situación a la que nos enfrentamos, más allá de las terribles consecuencias del coronavirus, cambiará nuestras vidas, nuestros escenarios personales; cuántas decisiones que en otro contexto no se habrían tomado sí se tomarán, y cuántas ya adoptadas acabarán por revocarse; cuántas acciones preventivas, tanto individuales como colectivas, se convertirán en definitivas, aunque inicialmente fueran aprobadas de forma temporal.

El viaje acaba de empezar y, aunque seamos capaces de volver, el lugar del que partimos, como siempre ocurre, ya no será el mismo.

Por mi parte, creo que soy una mujer fuerte, pero la idea de la excepción, un veneno de efecto a corto plazo y no mortal, actúa como la sal en las heridas, que me reclaman, aunque por ahora me resisto a mirarlas, convencida de que, tal vez, si finjo que no existen desaparecerán.

Hace unas semanas charlé con Yasmina Khadra. El resultado de nuestro encuentro, al hilo de su novela más reciente, La deshonra de Sarah Ikker, se publicó ayer en ABC Cultural. Khadra me cayó bien, porque me rompió los esquemas, resultó ser un hombre mucho más afable de lo que había previsto, y más sabio también.

Me dijo que hace ya mucho que el alma del mundo está corrupta, y que, sin darle al Arte el valor protagonista que merece, la sociedad está perdida.

No me preocupan las necesidades evidentes, porque lo flagrante de su ausencia hará (hace ya) que luchemos por ellas.

Me preocupa todo aquello que es vital para nosotros y que, sin embargo, nos han enseñado sutilmente a despreciar.

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*Ánimo a todos en está reclusión forzosa. Os dejo mis lecturas inminentes, por si os apetece compartirlas y comentar:

Cualquier otro día, de Dennis Lehane. Salamandra, 2020.

Un amor cualquiera, de Jane Smiley. Sexto Piso, 2020.

Boulder, de Eva Baltasar. Literatura Ramdom House, 2020.

La pared, de Marlen Haushofer. Volcano Libros, 2020.

“Los tres días del cóndor”

Los tres días del cóndor (Sidney Pollack, 1975)

Cuando era pequeña, veía una y otra vez Los tres días del cóndor, una película de espías y asesinos a sueldo, en la que Robert Redford trabajaba para un extraño y ninguneado departamento de la CIA, que se dedicaba a leer ficción, por si alguna novela escondía un plan que algún malvado país enemigo pudiera convertir en realidad para atentar contra los Estados Unidos de América.

En el fondo (y en la superficie) la peli de Redford era una historia de amor y el departamento de la CIA, una excusa para situar al protagonista en la peor de las circunstancias posibles: 72 horas de huida, con un sicario pisándole los talones y la imposibilidad de recurrir a ningún vínculo conocido ni lugar habitual.

Obra maestra.

Yo soñaba con ser Faye, secuestrada por Robert. Aquí paro de hacer spoilers ya.

Ayer un buen amigo me hizo llegar la noticia sobre las páginas de Los ojos de la oscuridad (1981), el thriller de Dean R. koontz en el que se describe con una perturbadora antelación la aparición y expansión terrible de algo muy parecido al coronavirus, y eso me hizo pensar en la manera que tenemos de interpretar la ficción.

Todo relato es susceptible de convertirse en oráculo.

Por fin estoy escribiendo sin parar.

Club de novela negra con Claudia Casanova, editora de Ático de los Libros y Principal de los Libros.

El jueves 27 de febrero a las 19:30, tomando como punto de partida la lectura de Las siete muertes de Evelyn Hardcastle, conversaremos con Claudia Casanova, editora de Ático de los Libros y Principal de los Libros, que incluye entre sus colecciones Principal Noir, uno de los sellos de novela negra con más prestigio y mejor catálogo.

Si queréis participar, sólo tenéis que escribir un correo electrónico con vuestro nombre, apellidos e intención de reserva de plaza a info@cervantesycia.com y leeros la novela, disponible en Cervantes y compañía con un 5% de descuento.

Las plazas son limitadas.

Nos vemos el 27.

El mordisco de ‘Drácula’ en Malasaña

Claes Bang, el ‘Drácula’ de Netflix

Dejo temporalmente el Barrio de las Letras porque por fin empieza la obra de la buhardilla. Con ella, la posibilidad de que muera mientras me ducho, al romperse el suelo y abrirse un boquete en mi baño que me transporte en segundos al piso del vecino del tercero, queda descartada.

Me da pena irme de Lope de Vega, pero pienso que en pocas semanas volveré y, por otra parte, me apetece la convivencia con Cris, responsable de que escuche en bucle a cantantes extradramáticas mexicanas.

Cris vive en Malasaña, al lado de La Tapería.

El primer día, mi amiga me compra pasta, gulas, queso blanco y aceitunas, y así logra que me sienta como en casa. Además, María cena con nosotras y arreglamos el mundo entre tortilla y tortilla de patata. El segundo día, al quedarme sola, fundo los plomos y, desvalida, veo anochecer desde el sofá del salón, sin ninguna luz. Me entristezco un poco y llamo a Cris unas noventa veces, también llamo al Pepe Botella, donde ella suele ir a corregir, y un camarero muy amable grita su nombre por todo el local, pero no la encuentra y me cuelga dejándome en la negrura. Me acuerdo de Edison y de Tesla. De nuevo el drama. Menos mal que afortunadamente todo acaba solucionándose. El tercer día, me hago pollo con arroz para cenar y ya no me acuerdo lo más mínimo de Huertas.

Las novedades de novela policíaca -muchas- ya están instaladas en la mesa azul de la salita, porque no hay que pasar por alto que esta existencia apacible transcurre sobre un fondo sangriento de crímenes ficticios y, antes de irme a dormir, leo Progenie. Feliz con mi sensación de comodidad, me digo a mí misma que soy una mujer muy fría.

Lo supero todo enseguida.

Bueno, todo no.

Con algunas cosas me he rendido a la hora de intentar dejarlas en el olvido, porque las necesito como el agua y aceptarlo, por fin, me tranquiliza.

Ahora duermo en una habitación sin claraboya, pero sí con balcón. La luz entra temprano (yo nunca corro las cortinas), oblicua, desde la calle estrecha con fachadas antiguas, de colores, lamiendo el suelo de parqué, y yo siempre tardó un poco en levantarme. Me gusta ese ratito vacío entre el sueño y la acción que, como un torrente, barre toda posibilidad de pensamiento reflexivo. Desde la cama escucho el barrio, que se despierta: las persianas de los bares y las tiendas de alimentación; las herramientas de alguna obra inevitable y muchas voces apagadas y simultáneamente alegres, infectadas por la primera hora del día; el sonido de un lugar pequeño inserto en el corazón de la ciudad.

Otro planeta.

El fin de semana vemos Drácula. Al principio nos gusta, luego no. Dos de sus tres episodios imitan la estética fascinante de la Hammer, y eso es lo mejor. El tercero lo estropea todo, pero aún así nos divertimos. La novela es una de mis favoritas.

Y la idea del mordisco, una tentación.