El futuro

La pandemia divide a la humanidad entre observadores y víctimas. Sobre los primeros, pende el miedo constante a cruzar al otro lado y caer enfermo o perder a alguien. Sobre los segundos, se impone el dolor, que siempre trae con él una dramática y prolongada ceguera. En estas circunstancias, pensar en el futuro, imaginar siquiera qué es lo que estamos haciendo mal y qué condicionará el escenario que, aunque ahora nos parezca mentira, tendrá que venir, invariablemente nos hace sentir culpables.

Se clava una punzada en el corazón.

Y yo me despierto de la siesta para recordarme que no he escrito hoy.

Odio este tiempo. Le pertenezco y, a la vez, lo analizo con aversión. Ha sacado lo mejor de las voces anónimas y lo peor del cien por cien de nuestros líderes. Aunque ¿quién sirve para liderar el hundimiento? ¿Quién para comprender que, quizás, la única posibilidad de supervivencia pasa por hundirse primero para salir a flote después? Como en el caso del coche que cae al mar en un accidente: para salvarse y poder nadar hasta la superficie es necesario aguantar en el interior hasta que el vehículo toca fondo y se llena de agua, de lo contrario la presión no dejará abrir ninguna puerta… y moriremos.

Pero yo no sé nada, solo que no he escrito hoy.

Así que tomo decisiones. Detecto a los culpables de este bloqueo que empieza a ser preocupante y solo se suaviza cuando leo; cuando leo, me concentro.

Devoro La noche de plata, de Elia Barceló, y entre sus páginas me olvido de una angustia que poco tiene que ver con el virus y mucho con las mil cosas que, afortunadamente, pueblan mi cotidianidad, tan llena incluso en este semiencierro, sellado con la lluvia y el zumbido de los helicópteros, que nos están trastornando a todos.

Soy afortunada, pero mi vida debe quedarse desnuda, hay que podarla de lo prescindible; vaciarla del ruido, como si se tratara de una pista de audio en el montaje de uno de esos podcast tan de moda. La situación exige ser implacable.

Un fragmento de mi novela inédita en Creadores españoles y Japón

Cuando empezó todo esto, la Embajada de España en Japón puso en marcha la campaña “Creadores españoles y Japón”, para acortar unas distancias que, de repente, parecen insalvables. Gracias a su consejero cultural, Jose Antonio de Ory, por invitarme a participar en la iniciativa leyendo un fragmento de mi novela aún inédita, que cuenta un crimen y transcurre entre Tokio y Madrid. Espero que os guste.

28 de abril _ Nuevo club de lectura virtual

Os cuento uno de los proyectos que más ilusión me hace poner en marcha en esta etapa: el 28 de abril a las 19hs inauguramos #ClubDeLectura virtual con una de las #novelas que más he disfutado este año, #CualquierOtroDía. Para participar, escribidme a marina@cervantesycia.com.

Y para adquirir el libro, os dejo el enlace a su ficha en la web, donde podréis elegir librería, plataforma y soporte que prefiráis. Leerlo es el único requisito para sumarse.

Pandemia

Estas son mis armas

Regreso a Madrid cuando ya se ha declarado la pandemia y, al llegar a casa después de hacer la compra sin problema alguno, lista ya para el encierro, me pregunto a qué lugares me conducirá durante estas semanas mi deriva mental. Sentada en la cama, con la claraboya sobre mi cabeza, asisto al atardecer de un día precioso, casi de primavera y me reconozco incapaz de asimilar hasta qué punto la situación a la que nos enfrentamos, más allá de las terribles consecuencias del coronavirus, cambiará nuestras vidas, nuestros escenarios personales; cuántas decisiones que en otro contexto no se habrían tomado sí se tomarán, y cuántas ya adoptadas acabarán por revocarse; cuántas acciones preventivas, tanto individuales como colectivas, se convertirán en definitivas, aunque inicialmente fueran aprobadas de forma temporal.

El viaje acaba de empezar y, aunque seamos capaces de volver, el lugar del que partimos, como siempre ocurre, ya no será el mismo.

Por mi parte, creo que soy una mujer fuerte, pero la idea de la excepción, un veneno de efecto a corto plazo y no mortal, actúa como la sal en las heridas, que me reclaman, aunque por ahora me resisto a mirarlas, convencida de que, tal vez, si finjo que no existen desaparecerán.

Hace unas semanas charlé con Yasmina Khadra. El resultado de nuestro encuentro, al hilo de su novela más reciente, La deshonra de Sarah Ikker, se publicó ayer en ABC Cultural. Khadra me cayó bien, porque me rompió los esquemas, resultó ser un hombre mucho más afable de lo que había previsto, y más sabio también.

Me dijo que hace ya mucho que el alma del mundo está corrupta, y que, sin darle al Arte el valor protagonista que merece, la sociedad está perdida.

No me preocupan las necesidades evidentes, porque lo flagrante de su ausencia hará (hace ya) que luchemos por ellas.

Me preocupa todo aquello que es vital para nosotros y que, sin embargo, nos han enseñado sutilmente a despreciar.

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*Ánimo a todos en está reclusión forzosa. Os dejo mis lecturas inminentes, por si os apetece compartirlas y comentar:

Cualquier otro día, de Dennis Lehane. Salamandra, 2020.

Un amor cualquiera, de Jane Smiley. Sexto Piso, 2020.

Boulder, de Eva Baltasar. Literatura Ramdom House, 2020.

La pared, de Marlen Haushofer. Volcano Libros, 2020.

“Los tres días del cóndor”

Los tres días del cóndor (Sidney Pollack, 1975)

Cuando era pequeña, veía una y otra vez Los tres días del cóndor, una película de espías y asesinos a sueldo, en la que Robert Redford trabajaba para un extraño y ninguneado departamento de la CIA, que se dedicaba a leer ficción, por si alguna novela escondía un plan que algún malvado país enemigo pudiera convertir en realidad para atentar contra los Estados Unidos de América.

En el fondo (y en la superficie) la peli de Redford era una historia de amor y el departamento de la CIA, una excusa para situar al protagonista en la peor de las circunstancias posibles: 72 horas de huida, con un sicario pisándole los talones y la imposibilidad de recurrir a ningún vínculo conocido ni lugar habitual.

Obra maestra.

Yo soñaba con ser Faye, secuestrada por Robert. Aquí paro de hacer spoilers ya.

Ayer un buen amigo me hizo llegar la noticia sobre las páginas de Los ojos de la oscuridad (1981), el thriller de Dean R. koontz en el que se describe con una perturbadora antelación la aparición y expansión terrible de algo muy parecido al coronavirus, y eso me hizo pensar en la manera que tenemos de interpretar la ficción.

Todo relato es susceptible de convertirse en oráculo.

Por fin estoy escribiendo sin parar.

Club de novela negra con Claudia Casanova, editora de Ático de los Libros y Principal de los Libros.

El jueves 27 de febrero a las 19:30, tomando como punto de partida la lectura de Las siete muertes de Evelyn Hardcastle, conversaremos con Claudia Casanova, editora de Ático de los Libros y Principal de los Libros, que incluye entre sus colecciones Principal Noir, uno de los sellos de novela negra con más prestigio y mejor catálogo.

Si queréis participar, sólo tenéis que escribir un correo electrónico con vuestro nombre, apellidos e intención de reserva de plaza a info@cervantesycia.com y leeros la novela, disponible en Cervantes y compañía con un 5% de descuento.

Las plazas son limitadas.

Nos vemos el 27.