Lo que queda del día

Ayer volví a ver Lo que queda del día.

Cerré con ella una semana que no olvidaré.

Releo mis posts anteriores y me siento un poco ridícula, demasiado intensa. Hay en ellos una incontinencia muy parecida a la del agua saliéndose de la bañera al dejarse el grifo abierto. De todas formas, no me arrepiento. No sé de qué otra manera pueden explicarse las emociones vividas por primera vez.

Es imprescindible que cada historia sea distinta.

Está es explícita y está cargada de verdad. Creo que por eso, durante las últimas semanas, la ficción se me resiste y este diario, que llevaba mucho tiempo dormido, tira con insistencia de mi mano.

Ninguna elección es casual. Ni siquiera la de la película de Ivory.

Basada en Los restos del día, la novela del Nobel Ishiguro, habla de una pasión que nunca se materializa, y de una vida vacía. El mayordomo Stevens tiene mucho en común con Benjamín Espósito, el protagonista de El secreto de sus ojos, otra de mis novelas/películas fetiche. Los dos, quien sabe si por miedo o por convicción, eligen el silencio.

Yo me estoy despidiendo de él.

Una de las últimas escenas de Lo que queda del día, la del diálogo entre Stevens y miss Kenton años después de no haber vivido su historia de amor, me hizo pensar en el encierro, en esa cárcel invisible que todos llevamos con nosotros y a la que resulta tan fácil acostumbrarse. La acción transcurre en un embarcadero a la hora del crepúsculo, cuando se encienden todas las luces y la gente aplaude el brillo casi pop de los neones verdes y blancos, ante la mirada atónita de un Anthony Hopkins que pocas veces he visto mejor y que solo entonces se da cuenta (creo) de todo lo que se ha perdido y, al mismo tiempo, de la ingenuidad con la que aceptamos la estrechez de nuestras celdas.

—Para muchos esta es su hora favorita —le dice miss Kenton.

Y Stevens calla. Porque ya es tarde para escapar.

¿O nunca es tarde?

El final de Espósito es distinto.

¿Cuál será mi final?

Ayer me acordé también de Los inconsolables y de Nunca me abandones, mis dos títulos imprescindibles de Ishiguro, en los que el autor vuelve a la idea de que lo que vivimos no es siempre lo que deberíamos vivir y, sin embargo, no por eso tiene menos importancia.

Entre el aire libre y las corrientes submarinas no hay rivalidad posible.

Notas sobre Oslo I. La naturaleza del deseo

Bar del restaurante Einer, en Oslo

Son las once de la noche y en Oslo todavía es de día. Es la última cena del grupo, que ha ido fortaleciendo sus lazos a lo largo de la semana, y hay buen vino. El restaurante, Einer, un local emblemático de la nueva corriente gastronómica de Noruega, situado en el centro de la ciudad, ha cerrado su planta baja para nuestra expedición y nos resulta muy fácil hablar de la naturaleza del deseo; un tema al que llegamos ya en los postres, después de debatir sobre la calidad de Juego de tronos y brindar una y mil veces por nosotros.

Todo el mundo parece feliz.

Y ante la cuestión sobre si el deseo es imitativo o no, sobre si deseamos, sin darnos cuenta, a partir de aquello que creemos conveniente y socialmente más valorado, yo hago un repaso de los hombres por los que me he sentido atraída y me pregunto qué hay en ellos de mi necesidad de aceptación.

Tal vez sean solo un espejo…

Pero entonces vuelvo a pensar en ti y en cómo me gustaría eliminarte de la ecuación como quien de un manotazo elimina la tiza, y asumo que no puedo. No puedo, ni siquiera en esta ciudad donde la noche tarda tanto en llegar y, a pesar del cansancio de estos días en los que no hemos parado ni un momento, cuando me acuesto me quedo un rato con los ojos abiertos, mirando al techo en la oscuridad.

No hay ni un ápice de razón en estas horas que nacen incompletas.

Nada es fácil y todo es ridículo. Debería estar prohibido escribir bajo los efectos de tu ocupación. Sin embargo soy incapaz de detenerme. Quizás por eso permito que infectes la belleza de este lugar, que está lleno de historias; todas bañadas de una extraña luz eternamente en agonía; y oscilo entre una discreta ausencia y una felicidad que nace en el cuerpo, con la fuerza de una mano que se cierra mecánica sobre mis órganos vitales y tira de ellos hacia dentro, para arrancarlos.

Así me siento yo hoy, en esta parte del mundo donde nos han tratado tan bien y en la que he construido, con cada uno de los nombres, una pequeña mitología que llevará tu marca para siempre; el códice anticipado de una religión perdida.

Ekerberg, Vigeland, Munchmuseet, el Grand Café, la Casa de la Ópera… constantemente escucho tu voz y adivino cuántas veces se habrán rendido los edificios y las plazas del mundo ante otras voces, porque no hay nada de especial ni definitivo en este dolor tan placentero, cuyo único signo de autenticidad es su naturaleza caníbal.

Porque es salvaje el deseo.

Salvaje y banal.

De otra manera, resulta inconcebible.

Escultura del parque Vigeland

Ha pasado un ángel

Siempre hay tiempo para que las cartas salten por los aires. Vivo días de fuego y, sin embargo, nada arde a mi alrededor. Nadie se da cuenta de que me estoy quemando viva. 

La luz de esta primavera que ya es verano se cuela por el escaparate de la librería, donde Ana ha dibujado cómo sería el mundo si el libro fuera la medida de todas las cosas, y yo paso de la euforia a la decepción, porque sé lo que quiero y lo que no van a poder darme. 

Es así como pequeños espejismos que se diluyen rápido salpican este tiempo de combustión. Son estrellas fugaces; un resplandor que se deshace como la arena y me deja vacío entre los dedos. 

He enterrado la verdad y la verdad grita.

Cristina y yo nos despedimos con un abrazo. Ella lleva un top rojo de tirantes, que compramos la tarde del Ginkgo y me hace pensar en la forma misteriosa que tienen algunos objetos de convertirse en símbolos. 

Michi me dice que seré feliz si sigo las reglas del juego.

Hablo con mi madre y le confieso esta sensación de estar haciéndome daño, de obligarme a adoptar ciertas medidas de destrucción. Me sugiere que vaya al médico y yo pienso que, si esto fuera un auténtico diario, escribiría todos los nombres. 

Pero nunca lo haré.

Ha sido una semana extraña.

La Anunciación, de Fra Angelico

Me veo a mí misma deambulando por las salas del Prado, intentando concentrarme en el vídeo sobre el proceso de restauración de La anunciación de Fra Angelico, pensando en el sexo y rodeada por todas partes de civilización occidental; y también me veo la tarde del cumpleaños.

Miramos al suelo: ha pasado un ángel.

Suena música de Bach.

Una vez leí a Schrodinger, que se hizo famoso por el dilema del gato, pero también, entre otras cosas, por escribir un librito muy breve que se llama ¿Qué es la vida?. Intuyo que no lo entendí. En el texto le daba mil vueltas al concepto de entropía, en el que se concentraba la idea fatídica de la muerte al final, como el resultado inexorable de la pérdida completa de energía.

Temo que mis reservas de energía se estén desangrando.

Hoy es domingo y he dormido hasta las ocho, porque me he sentido herida en mis escasos intervalos de lucidez. Será que no he tenido lo que esperaba… será que todavía es pronto para conformarse con una pasión tibia, donde el deseo carece de la fuerza suficiente para imponerse a la agenda.

Siempre pensé que haríamos locuras… y no fue así, pero ha sido bonito de otra manera, por eso creo que merece la pena salvarlo.

Mañana viajo a Oslo

Escribiré desde allí.

La llave

el-coleccionista

Al final fui valiente.

Y se abrió una puerta.

Llevaba mucho tiempo cerrada, tanto que llegué a imaginarme como una especie de Miranda, atrapada por El coleccionista de Fowles. Era un error, porque la llave la tenía yo.

Ahora delante de mí hay un paisaje nuevo en el que, ya sin miedo, debería adentrarme sola.

Dice Natalia Ginzburg en Mi vocación:

“Has de darte cuenta de que no puedes esperar consolarte de tu dolor escribiendo”.

Tiene razón.

La escritura es lo más parecido a una exploración médica. No cura, pero sí diagnostica. En ella nos reconocemos e incluso nos vemos por primera vez. En mi caso, creo que cada palabra escrita cartografía el deseo de un desvío, la tentación siempre sofocada de una pasión incorrecta o un conocimiento no satisfecho; la sed enfermiza, casi vampírica, de saber sobre el otro justo lo que el otro no quiere mostrar.

No hay enamoramiento sin incógnita.

Ni ansia física que no refleje cómo la literatura es al lenguaje el equivalente al final del camino, la amenaza de saltar para escapar del fuego.

Ahora tengo marcas en la piel y asisto a la pequeña muerte de una civilización fugaz.

Porque desaparecerán con los días.

El paso atrás

Raquel me manda un mensaje a las nueve de la mañana. Es una cita de Natalia Ginzburg, de Las palabras de la noche: “Para no oír gritar a mi alma, le he dado la espalda y me he alejado de ella”.

Al instante le respondo desde la cama: “Esa soy yo”.

Luego pienso que siempre hay alguien que se adelanta a nosotras en el tiempo y deja escrito lo que, en algún momento de nuestras vidas comunes, reflejará exactamente aquello que queremos decir. Vivian Gornick es otro ejemplo, porque en Apegos feroces describe la ciudad y su sensación al habitarla junto a sus amigas con las palabras que me hubiera gustado ser capaz de elegir a mí.

Me da un poco de rabia. Significa que no somos tan diferentes. Nadie lo es.

No debo de ser la única que, ahora mismo, se siente incapaz y experimenta con respecto al deseo un proceso parecido al de la intolerancia a la lactosa.

Al menos he dejado de morderme las uñas y hoy no he fumado por la mañana. Empecé a hacerlo con el principio de esta historia y haber interrumpido la rutina suena a síntoma del final. Ahora me siento a salvo, como si se hubieran terminado los días de exposición a la intemperie; como si las mariposas en el estómago hubieran muerto y barajara la idea de pincharlas en un bastidor.

Eso es lo que mejor sé hacer.

Pero toda virtud es una trampa.

Mi mente pierde con frecuencia el equilibrio y han invadido mi espacio de meditación (aunque he encontrado uno nuevo en los recuerdos de Banyalbufar).

Banyalbufar. Noviembre de 2018.

Cristina y yo nos tumbamos en el césped del Retiro una hora antes de la apertura de la feria. El pañuelo azul que extendemos para protegernos de la humedad de la tierra se moja muy pronto, pero no nos movemos. Miramos el trozo de cielo raso que recortan las nubes y los árboles sobre nuestras cabezas y entonces lo digo: “voy a dar un paso atrás”.

—Dar un paso atrás es de cobardes.

Lo pensaré.

Encuentro con Guillermo Martínez el viernes 7 de junio

“El pasado es un país extranjero, allí hacen las cosas de otro modo”. Cuando leí esta cita de Hartley en la novela de Guillermo Martínez Los crímenes de Alicia (Premio Nadal 2019) supe que no la olvidaría, de la misma manera en que la novela entera me pareció una de esas historias que vuelven a la mente tiempo después de haber sido escuchadas o leídas, para recordarnos el aroma de un universo propio, al que fuimos invitados y que nos gustó visitar.

Este viernes 7 de junio a las 19 horas, en el marco de Guadalajara en Negro, charlaré con Guillermo de crímenes y lógica, pero también de Alicia en el País de las maravillas y, por supuesto, de buena literatura.

Será a las 18:15 en el Teatro Moderno.

Os espero a todos.

La embajada

Embajada de Italia en Madrid

Llegamos pronto. Puntualidad británica para acceder a la Embajada de Italia en Madrid. Al ser las primeras, Maya y yo, siempre bajo la vigilante mirada de uno de los miembros del equipo de comunicación, tenemos oportunidad de vagar por los amplios salones de la planta baja, con ventanas enormes, que muestran un jardín donde la primavera lo ha infectado todo; y un par de lámparas de lágrimas de cristal, que me recuerdan a los bailes de las novelas de Jane Austen y las películas antiguas. Es lunes por la tarde, la iluminación es amarilla y, mientras esperamos a Dacia Maraini en ese espacio silencioso y mullido, decorado con kilométricas alfombras sobre las que nuestro acompañante nos llama la atención, como me pasa siempre en cuanto mi mente se despeja, pienso en nuestra historia y en que debería llamarla solo “mía”, porque precisamente es esta soledad aparente y convenida la que me está volviendo loca.

Algún día escribiré de verdad sobre estos días de luz —no se me ocurre llamarlos de otra manera— y me veré a mí misma sin reconocerme, despojándome sorprendida de todos mis miedos y explorando para ti mis zonas más oscuras. Sé que entonces me alegraré, sin importar lo que esté por venir.

Lo que sí me pregunto a menudo es por qué ahora y por qué de esta manera tan extraña.

No tengo respuesta.

Hace años leí a Annie Ernaux, La ocupación, y no la entendí. Pero ayer llegó otra novela suya a la librería, El uso de la foto, y al leer la contraportada pensé que debía estar escrita para mí. La última frase decía: “A lo mejor es porque solo podía hacerlo con aquel hombre en aquel periodo de mi vida”.

La sangre y el poeta. Notas sobre “La gran renuncia”

Limpio la casa. Es una de las pocas cosas que me tranquiliza. La mañana del domingo es luminosa y mis escasos muebles tienen el aspecto brillante del papel antes del incendio. Todo debería arder de repente por combustión espontánea, me digo, así se cerrarían mis múltiples frentes abiertos. Sería un curiosísimo final.

Pero todavía es muy pronto para rendirse.

Pienso en el uso excesivo de los adverbios y en cómo a veces las historias que parecían sólidas se diluyen sin dejar rastro, en cómo lo que parece piedra termina siendo humo y, precisamente por eso, la herida que produce es leve, apenas un soplo de ceniza en esta primavera de viento y ácaros sin piedad.

También pienso en la piel intacta, que el miedo aleja de las cicatrices, y en que había algo de cierto en esa fe medieval en la sangría como vía de escape necesaria para un veneno que, de otra forma, infecto y atrapado en la sangre, ocasionaría la muerte.

El poeta Esteban González Guitart fotografiado por Luis Gaspar

Y entre lavadora y lavadora, con las primeras sábanas tendidas en las puertas de la buhardilla minúscula, las dos claraboyas abiertas y un café con leche enfriándose en la mesita, leo La gran renuncia, de Esteban González Guitart:

“Lo cierto es que uno no se libra nunca de aquello que abandona, ni vuelve a ser quien fue antes de la elección. Dice Chantal Maillard que vamos siendo aquello a lo que hemos renunciado”.

Esteban escribe estas líneas en el prólogo a su poemario y, con la maleabilidad mágica que ajusta cada poema y cada canción a nuestra propia realidad, recorro mis últimos días, mis últimos años y me duelo de mis rendiciones, de todos los caminos que, la mayoría de veces por cobardía pero también por instinto, no seguí… me duelo de mi última renuncia, cuya luz, desde hace mucho tiempo crepuscular, se resiste a desaparecer.

Siempre me voy, pero últimamente –debe ser que me estoy haciendo adulta por fin– hago cosas nuevas: digo que echo de menos si echo de menos y desprotejo mínimamente el corazón. Para mí, estos gestos pequeños son como saltos al abismo, hacer caso omiso a la advertencia de “a partir de aquí, monstruos” que los marineros recibían cuando se adentraban en aguas sin cartografíar.

He aprendido que el corazón puede romperse mil veces y mil veces se recupera.

Leo en el poemario:

Nunca dejamos de transitar

un caudal imprescindible

de nosotros.

A golpe de rueda, se renuncia.

A golpe de rueda, vamos siendo

el origen de todas las imágenes,

y todo el lujo y su furor

cuando se apagan,

¿verdad, Paloma?

Y leo también, hoy mismo, detrás del mostrador de la librería con la primera hora de la tarde al otro lado del cristal y la sensación de que un extraño equilibrio de mar en calma se encargará por mí de resolver las cosas.

Alessandra me manda una foto de Nueva York al amanecer y Rumi me trae cordero guisado al estilo búlgaro que ceno chupándome los dedos. Hay una red sin fronteras que me sostiene y me permitirá caer.

Ya estoy cayendo.

Intimidad

Hay una novela que se llama así. La escribió Kureishi. Cayó en mis manos a mis veinte años y no la entendí. Ahora pienso en ella sin saber muy bien de qué iba, y me digo a mí misma que, si volviera a leerla, me ayudaría a resolver este misterio.

“Escribe lo que quieras, escribe sin piedad”, las palabras de Raquel, que es sabia, se repiten de nuevo en mi cabeza. Las menciono siempre. Para mí, hay un antes y un después de aquella conversación que mantuvimos cuando aún no sabíamos todo lo que nos iba a pasar y comíamos helado de vainilla los domingos, revisando clásicos del cine que, en su mayoría, adaptaban novelas de Edith Warton y Henry James. En aquel tiempo –Curro tenía meses– fuimos muy felices; en este, de otra manera, yo creo que también. Sin embargo, esta mañana, al salir del banco de camino a la librería, por la calle del Carmen en dirección a Callao, con los cascos puestos y Los Piratas en el Spotify, me han entrado ganas de llorar. Si dijera que no sé por qué, estaría mintiendo.

Escribe lo que quieras, escribe sin piedad.

Ayer por la tarde escuchamos una canción.

Y fue después, ya sola en casa, terminada la clase de inglés con Omar, el arpista persa, en el hotel Suiza, y antes de hablar con mi madre sobre la nueva afición de Rafeta a pescar peces de cartón, cuando me quedé mirando el techo y me interrogué sobre el concepto de intimidad. ¿Qué escribiría Kureishi?

Le dije a Omar (en inglés, por supuesto) que se me habían ido las ganas de escribir. También se lo dije a Luis, a él en español. Luis no le dio importancia y lo achacó a la efervescencia de mis últimas semanas; Omar me dijo que “abandonara la burbuja”. Me dijo: “sal, vete de ahí”.

Pero yo no puedo, no quiero irme.

Necesito estos días físicos y sin ninguna pretensión. Intuyo que están bien y que valen por sí solos, sin pensar en nada más, porque la idea del futuro, su capacidad de transformación de la realidad, resulta terrible a veces y merece ser desterrada. Actúa como un freno, a pesar de que no existe.

Llegué a una conclusión con Omar, que más que un profesor de inglés parece un psicólogo salido de una película de Woody Allen: y es que siempre he vivido dos vidas (¿quién no?), producto la segunda de las frustraciones generadas en la primera; una vida de verdad y otra escrita, creada para ser el trastero del ansia no cumplida, un patio de atrás en el que maquinar simulacros de lo que nunca va a pasar. Pero de repente esto se ha terminado.

Comparto el deseo tal y como yo lo concibo, exactamente como lo imagino.

Alguien ha entrado en el cuarto oscuro y se ha instalado allí sin alterar nada.

Respeta mi juego.

Y no hay mayor intimidad posible.

¿O sí?

Regreso a la canción.

Y entonces escribo.

Donna Leon: “Buscamos en la ficción criminal una forma de justicia que en la vida real ya no existe”

En el nombre del hijo (Seix Barral, 2019. 312 páginas. 18, 50 euros) utiliza su trama no para que nos interpelemos acerca de la justicia administrativa, sino para que reflexionemos sobre nuestra propia capacidad a la hora de emitir veredictos morales, algo que a menudo, como nos cuenta Donna Leon en su novela, hacemos con una sorprendente ligereza.

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