El cuerpo

F. llega a mi vida. Lo hace de la forma más inesperada y en el momento más oportuno. Y, salvo la atracción mutua, no tenemos nada en común, algo que sorprendentemente mejora nuestros primeros encuentros, donde la literatura no aparece por ninguna parte si pasamos por alto una excepción: que los encuentros mismos están destinados a convertirse en literatura, porque casi me resulta más interesante recrearlos después, volver a imaginarlos, interrogarme sobre ellos y sobre cómo he podido cambiar tanto y desprenderme durante estos últimos años de tantas cosas. Creo que a través de lo que he escrito y de lo que he vivido me he perdido el miedo y F. me ha encontrado al final de un largo aprendizaje.

No sé cuánto tiempo compartiremos.

A veces tengo dudas, mi mente se rebela, pero he decidido seguir las órdenes del cuerpo. Solo lo visible puede ayudarme a avanzar: lo que puedo tocar, lo que puedo oler, las palabras que F. pronuncia para mí en el presente y a las que yo respondo dejándome llevar, obligándome a caer, sumergiéndome en su deseo nada trascendente pero sí físico, empapado en una cotidianidad que rechaza toda posibilidad de reflexión.

Eso sí, mientras tanto leo sin parar. Devoro Los abandonos, vuelvo a Montalbano y a El nombre De la Rosa. Empiezo Los cerros de la muerte y me entretengo con las Bibliotecas imaginarias de Satz y ¿Para qué sirve la literatura?, de Compagnon.

Y, mientras escribo esto, en Nueva York apuñalan a Rushdie.

¿Para qué sirve la literatura? La pregunta resulta más oportuna que nunca, porque el ataque al escritor confirma con sangre que no es inocua, más bien al revés: la literatura es volátil y es peligrosa, y como la energía puede hacer de lo invisible algo que podemos tocar; los gestos del odio o el amor; la literatura puede prender el fuego… pobre del que se atreva a subestimarla…

F. compra cerveza fría y chocolate negro. Apenas nos conocemos y nos conocemos profundamente. O no. Por primera vez tengo la sensación de que escribir las cosas, capturar el recuerdo, resulta banal y lo embrutece. Por eso esta historia, que me muestra la frontera entre lo que me rodea y lo que habita solo dentro de mi cabeza, y la transformación que se produce cuando intento trasladar algo de uno a otro lugar, me merece la pena y quiero vivirla.

Es el cuerpo el que habla, sin referencias, sin fragmentos subrayados en los libros que hemos compartido, porque no los hay… es un destierro o un exilio, la imposibilidad de levantar un mundo paralelo, que se convierte en un reto…

A ver qué pasa.

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