Y en septiembre volvemos con la tercera.
Para escuchar los episodios disponibles en Spotify, clicad sobre la imagen.
Espero que los disfrutéis mucho.
Os leo en comentarios.

No sabe por qué se le ocurre ordenar los lápices. Es temprano, poco después de las ocho, pero ya hace calor. El mismo calor de todas las mañanas de julio.
Los lápices de colores, que casi nunca utiliza, están mezclados en un par de tazas blancas de cerámica, con viñetas de Forges, que un inquilino anterior olvidó en el apartamento. Pero ella nunca se vio tomando café en esas tazas, por eso decidió darles otro uso y ahora las tiene detrás del portátil, en el escritorio de madera, repletas de lápices, bolígrafos y rotuladores a los que nunca les presta atención. Hasta esta mañana de julio en que se le ha ocurrido revisarlos y ha encontrado entre ellos, hecho un rollito minúsculo, sujeto por una goma, el folleto de la exposición de Giacometti que hace siete veranos visitó junto a él.
Acababan de conocerse. Aún no sabían quiénes eran y en ese momento fue cuando se quisieron más o, al menos, cuando ella más lo quiso.
Está segura.
Vuelve a olvidarse de los lápices y se sienta muy lentamente en el sofá, con el folleto de la exposición entre las manos y la sensación de haber recibido una carta del pasado que no necesita. Lee: «Hacia 1930, Giacometti se adhirió al movimiento surrealista, sustituyendo progresivamente en su obra lo real por lo imaginario».
Vaya, piensa, en su caso el camino fue el inverso. Busca el cuaderno que, como siempre, descansa sobre la mesa de café y escribe lo que se le acaba de ocurrir: «Ahí, en ese instante de desconocimiento, fue cuando yo más te quise; cuando todavía no eras tú y yo no era para ti la mujer que soy. Éramos dos extraños, cuya existencia se limitó a ese día y a el uno para el otro. Nadie más en el mundo nos conoció; y al salir del museo y despedirnos, después de habernos hecho felices, desaparecimos. No podíamos existir sin mirarnos. La realidad no es aquello de lo que nos alejamos, sino lo que llega después».
Ahora le vienen a la cabeza unos versos de Pizarnik:
Nos hemos arrodillado
y adorado frases extensas
como el suspiro de la estrella,
frases como olas,
frases con alas.
El poema completo, que le descubrió una amiga una tarde en que dejaron morir el tiempo visitando librerías, se llama Cenizas, y a ella le gustaron tanto aquellos versos que los anotó en el mismo cuaderno en el que ahora está escribiendo su reflexión a propósito del día en que visitaron la exposición de Giacometti… «¡Qué momento tan afilado y peligroso!», continúa, y anota y luego tacha: «Algunos recuerdos son como el sol y nunca deben abordarse de frente. Solo pueden mirarse desde lejos».
Terminada la Feria del Libro de Madrid y con la promoción de La doble desaparición de Abril del Pino tomándose un descanso, aprovecho para pasarme por aquí y hacer dos cosas que llevan demasiado tiempo en mi lista de pendientes: DAROS LAS GRACIAS por estos meses de encuentros y apoyo alrededor de mi literatura, y dejaros una lista de lecturas fabulosas para pasar el verano no solo desconectando, sino también descubriendo historias nuevas en esa dimensión paralela que es la ficción.
Allá vamos.









Los días pasan rápido entre la librería, las ciudades y los trenes.
En León, después de visitar Galatea y participar en el club de lectura de Adictos al Crimen, que coordina la gran Marta Marne, cenamos de tapeo y nos reímos una vez perdida la vergüenza de la primera impresión. Mientras nos calentamos con tacitas rojas de sopas de ajo y una cazuela de morcilla con piñones y puré de manzana, que no puede estar más buena, perdemos el respeto a los personajes de la novela y bromeamos sobre ellos y, aunque no lo digo, sin dejar de participar en la conversación y compartir las risas, noto como, al sentirlos tan vivos, la alegría me crece por dentro, dorada y suave, igual que la Mantequilla de Asako Yuzuki, que he elegido para acompañarme en los trayectos.

Los días pasan también al otro lado de las ventanas de los trenes; se consumen como papel muy fino, sujeto entre los dedos hasta que las yemas se queman y lo dejan caer. Esa es la consistencia del Barrio Húmedo, del paisaje que envuelve la catedral, tan grande e imponente, en el centro de un laberinto de estrechas y retorcidas callejuelas. Un paisaje que ha prendido. Apenas son las diez y llamo a Claudia para ponernos al día. Hace frío, paseo y buscó una bufanda que al final no compro. Me refugio en un café y la mañana avanza con una tranquilidad de otra época, sin prestarle atención al trabajo que voy sacando adelante por teléfono, entre una tostada y un zumo.
Veo un mundo de fuego y de palabras que lo llenan todo, desde la Librería Pastor, donde Maite, Javier y David me hicieron sentir como en casa, a El Libro Imposible, que conjura recuerdos; una luz amarilla al fondo de la plaza, recorrida despacio la calle del Reloj.

En Ponferrada siempre he sido feliz.
El tren regional, con el vagón prácticamente vacío, se acerca a la estación donde Petia me espera. Luego conoceré por fin a Álex. Ha salido el sol, pero el frío se resiste a marcharse y sella nuestro abrazo; y todo, aunque invisible, sigue allí, envuelto en una música antigua y nueva, la de la banda sonora de El secreto de la pirámide, que escucho a todas horas desde que se publicó la novela y siempre consigue emocionarme.
Los recuerdos son crueles, platos suculentos ante nuestros ojos que no podemos comer: María y yo, muertas de la risa en la buhardilla del Aroi Bierzo, incapaces de conciliar el sueño por culpa de la discomóvil de la fiesta de la Encina; Mario celebrando la apertura de la librería y animándome a decir algo con él; Ale, Raquel, Chris, Astur y yo regresando a Madrid al día siguiente de la inauguración y planeando la obra en un área de servicio… A y yo, un par de diciembres más tarde, en el coche aparcado junto al hotel, muertos de la risa, ya no recuerdo por qué… Las vistas desde mi habitación son una caja de tesoros, un puñado de memoria hechizada, un viaje en el tiempo.

La presentación sale bien y, durante las firmas, una de las chicas adolescentes que han asistido al encuentro me dice con timidez que ha empezado a leer gracias a la novela. Lo dice bajito, como pidiendo disculpas, y no se da cuenta de lo valiente que es y de lo mucho que me emociona.
***



El 22 de enero salió a la venta mi nueva novela, La doble desaparición de Abril del Pino.
Cómprala desde en Cervantes y compañía y recíbela o recógela en la librería firmada por la autora (que soy yo).
Haz clic AQUÍ.

La tradición se mantiene: aquí estoy para compartir con vosotros mis diez lecturas favoritas del año. Como siempre, en el número uno mi lectura «más favorita», si la expresión es correcta (que me temo que no). Pero antes de pasar a la lista, no quiero dejar de recomendaros los títulos que algunos amigos han publicado a lo largo de este 2025 y con los que he disfrutado un montón: Las lecturas de Muerte privada, de Juan Carlos Galindo, Los crímenes del Retiro, de Pedro Herrasti, Las fuerzas contrarias, de Lorenzo Silva, y El espía, de Jorge Díaz, me han regalado horas de evasión absoluta del mundo y goce de cuatro excepcionales misterios; y El paracaidista, de Ana Campoy, llena de poesía y supervivencia, me ha confirmado lo que ya intuía: que la trayectoria de Ana en la novela para adultos promete ser tan larga y enriquecedora como la ya recorrida por la autora en el terreno de la infantil y juvenil.
Escrito esto, vamos allá, del diez al uno.
10. Amiga mía, de Raquel Congosto, en Blackie Books, y El accidente, de Blanca Lacasa, en Libros del Asteroide. No me llaméis tramposa por empezar no con uno sino con dos títulos. El motivo de agruparlos es que me parecen una excelente muestra de la consolidación de un nuevo (nada es nuevo, ya lo sabemos) género: el del libro -y digo libro y no texto- pequeño. Las dimensiones reducidas en la edición están de moda y solo algunos contenidos y planteamientos muy definidos, tanto en el ensayo como en la novela, cuadran con el formato y, combinados con él, le regalan a la librería y al lector pequeños grandes éxitos. Lacasa escribe sobre una no relación que a todos nos ha ocurrido y Congosto abre el camino a un tema sobre el que ahora surgen títulos como champiñones, la amistad perdida.
9. Una mujer a quien amar, de Theodor Kallifatides, en Galaxia Gutenberg. Hay muchas cosas que no me han gustado en este libro. Entre ellas, que lo que se supone que es la historia de Olga, la amiga perdida a causa de la enfermedad, es, en realidad y sobre todo, la historia de Kallifatides. Superado este pequeño bache, Una mujer a quien amar encierra unos cuantos y muy valiosos momentos de lucidez narrativa, hallazgos sobre la vida de cualquiera de nosotros, a los que el autor llega en su ininterrumpida reflexión sobre la cercanía de la muerte, los afectos que cincelan nuestra memoria y la sostienen, y la misma literatura. Creo que «hay» que leer a Kallifatides más allá de nuestro interés por su biografía, que constituye el centro de su obra. Hay que leerlo porque es una voz ineludible y con derecho del panorama literario actual.
8. El misterio de la mujer tatuada, de Akimitsu Takagi, en Salamandra. Escrito poco después del fin de la Segunda Guerra Mundial, El misterio de la mujer tatuada nos traslada a la complejísima sociedad japonesa que quedó después del conflicto, prácticamente ocupada por los estadounidenses y sumida en una profunda crisis de identidad, para proponernos un enigma de estructura clásica y con descuartizamiento incluido que, al menos a mí, me sorprendió al final. Amantes de Matsumoto o Kirino, lectura infalible para vosotros.
7. El jardinero y la muerte, de Gueorgui Gospodínov, en Impedimenta. El libro más personal de Gospodínov relata el último mes de vida de su padre de una manera emocionante y sorprendentemente luminosa. Una muy buena amiga editora me dijo hace poco y con razón que el adjetivo «luminoso/a» se emplea últimamente para todo y está perdiendo fuerza. De acuerdo con ella, pero en este caso no me resisto a utilizarlo. Leed a Gospodínov y lo comprenderéis.
6. Fantástica historia de amor, de Sophie Divry, en Nórdica. Amor, suspense, ciencia y un poco de fantasía. Sé que a muchos el delirio de Sophie Divry no os ha convencido, pero yo no pude soltarlo hasta el final. Me interesa la idea de cómo, de un día para otro, dos vidas grises pueden convertirse en apasionadas e intensas, protagonistas de la aventura; la idea de que la soledad, si no es elegida, no tiene por que ser una cadena perpetua… el hecho de que poco o nada sabemos de la materia del universo y su influencia sobre nuestras vidas. En definitiva, me interesa esta historia en la que una misteriosa muerte en una compactadora une a un hombre y una mujer que, casi sin saberlo, ya se conocían.
5. A cuatro patas, de Miranda July, en Literatura Random House. Sin duda, mi lectura del verano. Detecto, mientras hago repaso de mis favoritos, que mi tendencia es al exceso, al -repito la palabra- «delirio» absoluto, que es exactamente lo que es A cuatro patas. Una mujer en los cuarenta se propone cruzar en coche, de Los Ángeles a Nueva York, los Estados Unidos, pero algo le sucede y se sorprende agotando sus vacaciones a escasos veinte kilómetros del punto de partida. El qué no os lo voy a descubrir, porque es un placer averiguarlo pasando las páginas de esta excepcional novela.
4. Audición, de Katie Kitamura, en Sexto Piso. Todo parece normal en esta novela cortísima, donde nos colamos en la vida privada de una famosa actriz de teatro, hasta que pasamos la página y leemos «Segunda parte». A partir de ese momento, la trama salta por los aires y el lector cae al vacío sin red. Siempre me ha gustado Kitamura, creo que ya la incluí en una lista anterior, hace un par de años, con Intimidades. Audición es su novela más experimental. Que nadie espere un desenlace claro, una moraleja o uno de esos cierres que confirman nuestra idea de la historia. El texto es, afortunadamente, demasiado arriesgado para eso.
3. Vida mía, de Dacia Maraini, en Altamarea. Cuando era una niña, Dacia Maraini estuvo encerrada con sus padres y sus hermanas en un campo de concentración japonés, una vivencia que habría de marcar para siempre su obra. Han hecho falta más de ochenta años para que la escritora italiana, uno de las voces más importantes y emblemáticas de la literatura del siglo XX, adelantada a su tiempo, se haya decidido a recuperar explícitamente sus recuerdos de aquella época en la que chocaron la tristeza y la desesperación del encierro contra el amor por un país y una cultura, la japonesa, que sigue manteniendo con vida. Imprescindible.
2. Cuentos, de Ray Bradbury, en Páginas de Espuma. Desde que hace ya un par de décadas leí El zen en el arte de escribir, Bradbury es uno de mis escritores de referencia y reencontrarme con él en esta magnífica edición de Paul Viejo para Páginas de Espuma ha sido de lo mejor que me ha ocurrido en los últimos doce meses. 316 relatos escogidos de manera impecable, entre los que se encuentran los clásicos de Crónicas marcianas y otros menos populares, incluso inéditos hasta la fecha. Bradbury se viajó a Marte con la imaginación para hablarnos como nadie de nuestra esencia. Disfrazó de extraterrestre lo humano y recuperó la infancia para situarla en el centro de su narrativa, como el periodo vital más importante, aquel en el que nos formamos como individuo y nos enfrentamos por primera vez a la magia, los afectos y el miedo. Pocos regalos mejores se me ocurren para los lectoras y los lectores más exigentes. Es un acierto seguro.
1. Posesión, de A. S. Byatt, en Anagrama. Premio Booker en los años noventa, por fin podemos disfruar de nuevo de la extraordinaria Posesión. Mi mejor lectura del año, con la que más me he sorprendido. El inquietante embrujo que el poeta muerto Randolph Henry Ash ejerce sobre los estudiosos universitarios de su obra y la intrigante trama, a caballo entre el presente de los protagonistas de la obra y el pasado del poeta, que se destapa cuando, casi por casualidad, aparecen unas notas que revelan una sombra y también una pasión en la templada trayectoria de Ash.
Pericia narrativa aparte, el salto mortal de Byatt multiplica su dificultad cuando descubrimos que Ash también es producto de su imaginación, que su obra poética es también de la escritora y que, espejo tras espejo tras espejo, la complejidad literaria de la novela la convierte en compañera de lo mejor de McEwan o Hollinghurst, porque entrar en Posesión es, literalmente, sumergirse en un universo paralelo, complejísimo y perturbador.