Manuel Ríos San Martín: “El thriller es la excusa”

Manuel Ríos firmando ejemplares de su nueva novela en Cervantes y compañía

Manuel Ríos San Martín (1965) está leyendo Una historia natural de la humanidad y, antes de despedirse, me pregunta por La vida contada por un sapiens a un neandertal. Como lo tenemos, no duda en comprarlo. Durante el rato que pasamos juntos en la librería y que dedicamos principalmente a charlar sobre su título más reciente, Donde haya tinieblas (Planeta, 2021), una intriga que comienza con la extraña desaparición en Madrid de la jovencísima modelo rusa sin ombligo Karolina Mederev, Manuel me habla de su debilidad por el ensayo, de los tres enclaves religiosos que ha elegido para ambientar su nueva ficción criminal, en la que lo espiritual y lo mundano se funden en un perfecto equilibrio, y de un paisaje social, el actual, que ha obligado a los hombres de su generación a replantearse muchas cosas.

Con una brillante trayectoria profesional como guionista de televisión, en la que destacan títulos como Médico de familia o Compañeros, y una exitosa segunda novela, La huella del mal (Planeta, 2019), en la que rastreó el origen de la maldad humana por los sombríos escenarios de la prehistoria, Ríos San Martín nos presenta en Donde haya tinieblas a los investigadores Juan Martínez y Nuria Pieldelobo, y con ellos nos sumerge en un universo de extremos y choque generacional en el que la tensión no decae en ningún momento.

—¿Cómo surge la idea de Donde haya tinieblas? Meses antes del confinamiento me invitaron a dar una conferencia en Ávila y me quedé allí a dormir. Al día siguiente, dando un paseo por la catedral, descubrí que en el claustro tenían una exposición que mezclaba hechos políticos y hechos religiosos de la historia de la humanidad, y había una parte que trataba de la prehistoria…

—Una de sus etapas favoritas, como queda claro en su novela anterior, La huella del mal Exacto. En la exposición se mencionaba el pecado como el origen del mal e inevitablemente se citaba el Génesis, y se me ocurrió que, si en mi libro anterior había tratado yo mismo el concepto del mal pero desde un punto de vista biológico, podría resultar interesante abordarlo ahora desde esa perspectiva religiosa del pecado. Me pareció una buena manera de retomar uno de los temas fundamentales de la novela negra, pero desde un ángulo muy distinto al de La huella…

—Así que primero elige sobre qué reflexionar y luego inventa una trama. Eso es. Siempre escribo para contar algo más que el argumento evidente a simple vista, para mí el thriller es un poco la excusa, lo que engancha al lector, aunque en este caso la trama surgió muy rápido: del pecado original salté al Génesis, que es una relación de las numerosas oportunidades que Dios da a los hombres, de su perdón continuo, de su infinita misericordia. Revisé episodios como el del árbol de la fruta prohibida, el momento en el que Caín mató a Abel o las peripecias de Noe durante el diluvio… y comprendí que detrás de toda aquella carga simbólica se escondía una historia.

Martínez y Pieldelobo

—Y para protagonizarla eligió a la treintañera Nuria Pieldelobo y el cincuentón Juan Martínez, ambos miembros de la UDEV (Unidad de Delincuencia Especializada y Violencia). Seguro que ya se lo han dicho, pero no me resisto a decírselo yo también: él me recuerda mucho a usted. Efectivamente, me lo dicen mucho, pero él es mejor persona que yo. Compartimos la parte más familiar, pero yo soy más cañero.

—Hombre, Martínez es bastante cañero… sí, pero lo es a su pesar, porque quiere llevarse bien con todo el mundo.

—Con esos apellidos tan neutros, inspector Martínez Gutiérrez, he pensado más de una vez durante la lectura que su personaje es una metáfora con la que pretende retratar al hombre de su generación y el complicado lugar social en el que actualmente se encuentra. Gracias a mi trabajo y mi gusto por las redes sociales, creo que soy más moderno que los amigos que tengo de mi edad, porque muchos de ellos, aunque lo intentan, no logran entender este mundo, y eso me produce ternura. Así es Martínez, que trata de estar a la altura de las nuevas tecnologías y comprender a sus hijos, comprender a Nuria Pieldelobo; pero yo no soy así.

—¿Cree que en la actualidad tendemos a culpabilizar al hombre de más de 50 por su manera de pensar y comportarse? Esa es una cuestión muy polémica. Volviendo a Martínez, consciente de que no ha hecho grandes cosas por erradicar el patriarcado, se esfuerza por aprehender el discurso de Nuria Pieldelobo, que es completamente su opuesto. Sin ella la novela no funcionaría. Muchas de sus reflexiones están inspiradas en conversaciones con algunas de mis mejores amigas, que me han hecho ver con otros ojos la realidad de las mujeres. En cualquier caso, creo que nadie tiene la verdad absoluta: hay valores censurables en la esencia de mi generación, por supuesto que sí, pero también hay otros que merecen la pena; y lo mismo ocurre con los millennials. Lo importante es ser capaces de llegar a entenderse. Ese es uno de los mensajes de la novela.

—¿Cómo se le ocurrió esta pareja protagonista? Apareció. Siempre escribo el arranque de mis intrigas del tirón, así es como doy con el tono del relato, y esta vez me salieron 40 páginas casi sin pausa y un tono que me desconcertó. No sé por qué empecé escribiendo “Las redes sociales son una mierda”, pero el caso es que a la editorial le gustó aquel principio y continué. Cuando avancé un poco más en la narración de la desaparición de Karolina, revisé lo que llevaba escrito para poner a prueba la verosimilitud de la novela y yo me la creí.

—El personaje de Karolina introduce en el texto, como contrapunto a lo religioso, todo lo relativo al mundo de la moda y las redes sociales. ¿Cómo consiguió que dos realidades tan diferentes empastaran tan bien? Hubo un momento en que llegué a pensar que tenía entre las manos dos historias distintas, pero luego comprendí que se trataba de una novela de dicotomías, de contrastes, en la que no solo los temas de fondo chocaban, sino también las personalidades de Martínez y Pieldelobo, como comentábamos antes. Que Karolina Mederev fuera una modelo famosa, además de regalarme un fantástico arranque de la acción, me permitió enfrentar a lo espiritual la frivolidad del mundo de la moda y dar espacio a las redes sociales, que hoy en día, en cualquier investigación, son ineludibles. No podemos ignorar los móviles y las redes, aunque eso haga el relato del crimen aún más difícil.

—Y en la construcción de ese relato, ¿qué es lo que siempre incluye y qué lo que a toda costa intenta evitar? Procuro, sobre todo, no aburrir, y lo hago cuidando mucho la estructura y el avance de la historia, así como el perfil de los personajes, que debe guardar relación con los temas principales de la ficción que lleve entre manos. Y lo que siempre intento incorporar a mis tramas es la emoción, la emoción no puede faltar nunca.

Arantza Portabales: “Vivimos en una sociedad en la que nadie asume públicamente sus culpas”

La escritora Arantza Portabales (San Sebastián, 1973)

Se define como “una señora de provincias que viene de hacer lasaña en la Thermomix” y, mientras me resume brevemente su trayectoria, me alegra que ella inaugure este ciclo de entrevistas veraniegas en primera persona, porque a su sucinta descripción de sí misma, detrás de la palabra “Thermomix”, yo añadiría el adjetivo “extraordinaria”. Y es que Arantza Portabales no puede esconder su excepcionalidad durante demasiado tiempo. Basta con escucharla hablar sobre su nueva novela, La vida secreta de Úrsula Bas, tan solo unos minutos, para darse cuenta de que esta mujer de conversación inteligente y melena larguísima, que compagina su trabajo como interventora con el de escribir historias plagadas de misterio, es todo menos corriente y en su interior esconde uno de esos mundos complejísimos en los que conviven en perfecto equilibrio las luces y las sombras, y apetece perderse sin escatimar las horas.

Autora de los libros de narrativa breve A celeste la compré en un rastrillo (2015) e Historias De Mentes (2020), Portabales vio como su carrera, salpicada de premios y reconocimientos, se consolidaba cuando la editora María Fasce se la llevó a Lumen para publicar la traducción del gallego al castellano de Deje su mensaje después de la señal (2018), una novela coral, protagonizada por cuatro mujeres enganchadas a un contestador automático. Después llegó el noir y la puesta en órbita, con Belleza roja (2021), de dos personajes muy atractivos y nada maniqueos: el comisario Santi Abad y la joven policía Ana Barroso, ambos también eje central de La vida secreta…, donde tendrán que dar con el paradero de Úrsula Bas, una afamada escritora con amplia presencia en las redes y una vida perfecta, al menos en apariencia, que una tarde se desvanece sin dejar rastro, como un fantasma, en las calles de Santiago de Compostela.

“Vivimos en una sociedad de gente muy sola, que necesita que le hagan caso”, y eso no significa que no tengamos a nadie sentado a nuestro lado en el sofá, significa que a menudo la compañía física no viene de la mano de la compañía espiritual, lo que equivale a un buen puñado de almas solas y vulnerables, muy fáciles de atrapar por aquellos que solo pretenden hacer daño.

LA CRISIS, LA ADRENALINA Y EL MIEDO

—¿Cómo llegó a la novela policiaca? Llegué leyendo. Descubrí en mis primeras lecturas a Los Hollister y a Agatha Christie y, aparte de su carácter adictivo, me sentí fascinada por unos textos formalmente simples, pero psicológicamente muy complejos. Además, a mí el género negro me sosiega. Después de Deje su mensaje…, necesitaba escribir algo que no me exigiera tanto a nivel emocional, y eso el noir me lo permitía, aunque sólo hasta cierto punto, porque los lectores me han hecho ver que mi voz de autora se reconoce en cualquiera de mis obras, no importa lo que escriba, ya que me encanta y no puedo evitar meterme en la mente de mis personajes y explorarla al máximo. Me gusta más contar desde dentro que desde fuera.

—Al conocer a Úrsula Bas es imposible no pensar en usted, también escritora de éxito. ¿Se identifica con ella? Con ella y con cada uno de mis personajes, aunque a la vez todos tienen un punto universal, que permite que el lector se conmueva y se reconozca en sus perfiles. Úrsula Bas se encuentra en un momento existencial importante, en el que ha decidido que quiere vivir como si fuera a morir mañana; una sensación que hemos experimentado todos, desde la señora que empieza a patinar con 45 años, porque se encapricha de un patinador, al señor que, con esa misma edad, se compra un Porsche; es un momento en el que nos exigimos sentirnos vivos y que siempre llega al volver la vista atrás y comprobar que el principio del camino queda tan lejos que ya no se ve.

—Una situación emocional que comparten varios protagonistas de La vida secreta… Es que yo creo que vivimos en un constante punto de inflexión, con carácter general y afortunadamente, porque sería terrible que nuestra vida fuera una repetición eterna de cosas que no nos aportan nada. Hay que vivir de verdad, hay mucha gente que camina dormida, pero la pandemia nos ha dejado esto muy claro: nos ha hecho ver que no queremos estar quietos.

—Visto así, hasta le encuentro cierto atractivo a la crisis individual permanente. Sí, si tiene un punto de revulsión. Sin su depresión, Úrsula Bas no se hubiera convertido en escritora y, sin ciertas experiencias clave de mi vida, yo tampoco lo habría hecho. Cuando somos jóvenes, actuamos por impulsos, convencidos de que la sabiduría nos llegará sin esfuerzo en la edad adulta. Sin embargo, conforme vamos envejeciendo, nos damos cuenta que no somos sabios ni tampoco ya capaces de actuar de esa manera impulsiva que tan fácil nos resultaba en la juventud, y esto es terrible. La crisis, la adrenalina y el miedo están para hacernos correr, saltar y seguir vivos.

“EL MALO SOY YO”

—Cuénteme como nacen Abad y Barroso. Cuando escribí Belleza roja, la planifiqué al milímetro y tenía claro que contaría con un único investigador, Santi Abad, que iba a caerme muy mal y sobre el que no iba a descansar el peso de la investigación. Pero, de repente, un día, mientras estaba escribiendo, en el despacho de Abad entró Ana Barroso y descubrí que la necesitaba: era un personaje fresco, dinámico y con ganas, y, por supuesto, imprevisto. Lo que multiplicó mi sorpresa es que, además, iniciaran una relación personal, sobre todo porque Abad es un hombre muy gris, que a mí misma no me gusta y con muchísimos demonios.

—Sí, pero aún así logra que se empatice con él. Es verdad. He conseguido que los lectores conecten y empaticen con quien no se debe.

—Con un policía que, en su vida privada, es un maltratador. Exacto, y eso que, en esta segunda entrega de la serie, Abad ya ha tomado las riendas de su problema y hace algo bien: comprender que la culpa está en él y no en las situaciones que genera; asume la responsabilidad del problema, algo dificilísimo, ya no en el caso de los maltratadores, que también, sino en el del sistema. Vivimos en una sociedad en la que nadie asume públicamente sus culpas… y es en un contexto así donde Abad acepta la suya y dice: “el malo soy yo”. En este sentido, tenemos mucho que aprender de él.

—¿Por qué eligió el maltrato como el pecado de Abad? Primero, porque es un tema que me interesa y, tristemente y dada su actualidad, interesa en general, tanto el maltrato físico como el psicológico; y, segundo, porque buscaba un problema contra el que mi personaje pudiera luchar. La mente es una gran desconocida, para la que no hay normas. Eso sí, no creo en la redención ni por amor ni por bondad.

—Lo que más me sorprende es ese “por amor”. Aunque parezca mentira, siempre hay alguien dispuesto o dispuesta a querer a los malvados… Recuerde la fantástica Tenemos que hablar de Kevin. No se me ocurre mejor ejemplo. Hasta la persona más horrible del mundo tiene alguien que la quiere, por lo general su madre —aclara riendo—. Y luego está lo mucho que nos atrae el mal.

LA DESTRUCCIÓN DE LA TRAMA

—¿Cómo construye las tramas? Sería mejor decir que las destruyo —vuelve a reír—. Me viene la idea a la cabeza a partir de las cosas que me pasan. En el caso de Úrsula B., yo misma he creado algunos vínculos de amistad por Internet y me ha sorprendido la intensidad de las relaciones establecidas a través de las redes y el WhatsApp, algo posible porque la distancia que te permiten estos canales facilita la evolución y la rápida intimidad de las relaciones. Por otro lado, yo quería hablar en esta novela de la crisis existencial. En Belleza roja exploré mucho el tema de la culpa y aquí quería profundizar en el hecho de que alguien a veces se cree feliz y no lo es, y de como ese estado nos anima a imponernos sobre el miedo, como le pasa a Úrsula Bas, y a caminar por la vida sin red.

—Más allá de los temas, yo definiría su forma de narrar como muy honesta, no es de esa clase de novelistas de intriga que llegan a la conclusión de sus misterios como el mago que saca un conejo de la chistera y eso es muy de agradecer. Una premisa fundamental de mi literatura es no mentir al lector y mostrarle la verdad en cada línea, aunque él no sea capaz de verla.

—¿Y qué diferencia su estilo? ¿Qué aporta Arantza Portabales a la novela negra? Creo que las historias están todas contadas, pero cada uno las contamos de forma distinta. Yo las cuento desde dentro, con una voz del siglo XXI, con una voz de mujer y, muy importante, no cuento historias de mujeres, cuento historias de personas. No me muevo muy bien por las geografías físicas, pero lo hago fenomenal por las geografías humanas. Analizo bien los sentimientos, me gusta golpear en la barriga al lector y que, cuando cierre un libro mío, piense cuánto hay de él en esas páginas.

El futuro

La pandemia divide a la humanidad entre observadores y víctimas. Sobre los primeros, pende el miedo constante a cruzar al otro lado y caer enfermo o perder a alguien. Sobre los segundos, se impone el dolor, que siempre trae con él una dramática y prolongada ceguera. En estas circunstancias, pensar en el futuro, imaginar siquiera qué es lo que estamos haciendo mal y qué condicionará el escenario que, aunque ahora nos parezca mentira, tendrá que venir, invariablemente nos hace sentir culpables.

Se clava una punzada en el corazón.

Y yo me despierto de la siesta para recordarme que no he escrito hoy.

Odio este tiempo. Le pertenezco y, a la vez, lo analizo con aversión. Ha sacado lo mejor de las voces anónimas y lo peor del cien por cien de nuestros líderes. Aunque ¿quién sirve para liderar el hundimiento? ¿Quién para comprender que, quizás, la única posibilidad de supervivencia pasa por hundirse primero para salir a flote después? Como en el caso del coche que cae al mar en un accidente: para salvarse y poder nadar hasta la superficie es necesario aguantar en el interior hasta que el vehículo toca fondo y se llena de agua, de lo contrario la presión no dejará abrir ninguna puerta… y moriremos.

Pero yo no sé nada, solo que no he escrito hoy.

Así que tomo decisiones. Detecto a los culpables de este bloqueo que empieza a ser preocupante y solo se suaviza cuando leo; cuando leo, me concentro.

Devoro La noche de plata, de Elia Barceló, y entre sus páginas me olvido de una angustia que poco tiene que ver con el virus y mucho con las mil cosas que, afortunadamente, pueblan mi cotidianidad, tan llena incluso en este semiencierro, sellado con la lluvia y el zumbido de los helicópteros, que nos están trastornando a todos.

Soy afortunada, pero mi vida debe quedarse desnuda, hay que podarla de lo prescindible; vaciarla del ruido, como si se tratara de una pista de audio en el montaje de uno de esos podcast tan de moda. La situación exige ser implacable.

Mis lecturas favoritas de 2019

A falta de enfrentarme a un texto que resuma mi 2019 en lo personal, he aquí mi lista de mejores lecturas del año, de más a menos. No todas son novedades. No todas son novelas negras, pero todas comparten una cosa: me han dicho algo nuevo o me han hecho mirar lo que ya conocía de manera diferente.

Si os atrevéis con alguna o ya lo habéis hecho, espero que me contéis.

1. Compartido: La exposición, de Nathalie Léger (Acantilado) y Las madres no, de Katixa Agirre (Tránsito).

2. Y eso fue lo que pasó, de Natalia Ginzburg (Acantilado).

3. La edad del desconsuelo, de Jane Smiley (Sexto Piso).

4. Cuerpo feliz, de Dacia Maraini (Altamarea).

5. Los crimenes de Alicia, de Guillermo Martínez (Destino).

6. Sánchez, de Esther García Llovet (Anagrama).

7. La luz azul de Yokohama, de Nicolás Obregón (Salamandra).

8. Mi año de descanso y relajación, De Ottessa Moshfegh (Alfaguara).

9. El último barco, de Domingo Villar (Siruela).

10. Invierno, de Elvira Valgañón (Pepitas de Calabaza).

Y aparte de estos diez y sin atreverme mucho con mi propio criterio, porque la poesía no es mi terreno, un par de poemarios que me han erizado la piel…

… Y un libro de cuentos para peques sobre un montón de mujeres valientes.

Feliz Navidad.

Que ustedes lo lean bien.

La visita

La noche del viernes, al llegar a la buhardilla después de cenar un kebab con María que me supo a gloria, había una cucaracha negra esperándome en el centro de la salita. Durante unos segundos, la observé aterrada. No parecía tener intención de marcharse por las buenas y devolverme mi espacio de refugio. Cogí la escoba y la maté sin piedad y también con mucho miedo, porque siempre he sospechado que los insectos pueden volverse gigantes cuando quieran.

Una vez intenté leer completa una novela de Clarice Lispector (no lo conseguí, todavía es un reto pendiente). Se llamaba La pasión según G. H. y contaba la historia de una mujer que encontraba una cucaracha en el armario de su sirvienta y, paralizada por el asco, empezaba a divagar. Lo curioso es que, a pesar de haber abandonado la novela por desinterés, nunca he olvidado el acontecimiento que la protagoniza.

Y ¿no es lo bueno lo que se queda?

Ahora mi casa ya no es del todo mi casa. Se ha convertido en un espacio de conflicto, amenazado por un ejército invisible, que exige de mí la más absoluta concentración. Limpio a fondo y fumigo con insecticida por todos los rincones; y trato de convencerme de que no volverán a entrar… aún así, me cuesta conciliar el sueño. Abro los ojos de repente y examino el suelo frente a mí, con la secreta esperanza de que esta guerra fría derive de nuevo en batalla campal y, escoba en mano, sepa cómo y contra qué defenderme.

Pero la cucaracha ya no vuelve y su ausencia cincela el nacimiento de un fantasma que me susurra al oído cada vez que meto la llave en la cerradura para abrir la puerta y revivo la sensación de descubrirla esperándome en el centro de la habitación.

Días terribles.

Sin embargo, mientras tanto, algunas noches hablamos.

Tú y yo.

Y cuando nos despedimos, entonces sí, me duermo tranquila.

Qué difícil es definir lo que tenemos.

A veces pienso que está a punto de caer al vacío.

Pero siempre se salva.

En febrero, #EllasEscribenNegra

Estoy muy contenta de participar en las actividades que organiza el Foro One Monedero.

El próximo 22 de febrero a las 20hs charlaremos sobre lo que hay de atractivo en un crimen; sobre los fantasmas y las pulsiones habitualmente reprimidas, que despiertan las páginas de sucesos y la ficción criminal en quienes las escriben y en el lector.

A partir de mis lecturas y mi propia experiencia como autora, en el encuentro realizaremos un recorrido por la obra, las filias y las fobias de las grandes damas del crimen y sus personajes más emblemáticos. El Poirot de Agatha Christie o el Ripley de Patricia Highsmith se darán cita en este coloquio que tiene la intención de repasar la vida, la literatura y la atracción por la sangre fría de algunas de las mujeres más interesantes de los dos últimos siglos.

Así que allí os espero. Si os apetece, sólo tenéis que inscribiros.