El vínculo ciego

El Ebro a su paso por Logroño

Llego a Logroño el domingo por la mañana para encontrarme con Ale, Chris y Raquel, y celebrar juntos en La Chispa Adecuada que ya hemos cumplido un verano. Mientras ellos han estado de vacaciones y yo en Madrid, a cargo de la librería, los he echado de menos, así que me alegro de verlos y disfruto del tiempo que compartimos en esta ciudad desde la que escribo y en la que no había estado nunca.

Aquí rodó Bardem Calle Mayor, aquí vive Raquel, aquí escribe Astur y aquí me quedo, ocupando el escritorio de Manuel para avanzar en la novela y apoderándome en su ausencia de sus chanclas, que me están grandes pero me gustan, porque contribuyen a reforzar mi sensación de tránsito, como si durante unos días pudiera habitar una vida que no fuera la mía y dejar todos mis quebraderos de cabeza en suspenso, de la misma manera en que Moisés separó las aguas del Mar Rojo e impidió el derrumbe de las dos paredes líquidas que flanqueaban el pasillito seco hasta que hubo pasado todo su pueblo.

Maravilla.

Ojalá mis dudas, que son como la carcoma, dejaran de roer por un momento y me dieran una tregua.

A nuestros amores (1983)

Raquel y yo vemos A nuestros amores durante la siesta y algunas escenas de la película, que en su mayor parte me parece un despropósito, me hacen pensar en como hay momentos, muy pocos, de nuestras vidas en los que la identidad se diluye en un todo mayor y, por unos segundos, podemos olvidarnos de nosotros mismos, como cuando algunas veces miramos el mar o, en el fragor de la ciudad, no nos importa empaparnos bajo la lluvia.

Echo de menos ese dejar de ser.

Aquí las campanas de la catedral marcan las horas.

Y me acuerdo de una tarde de sábado, hace ya algunos años, en la buhardilla de Espoz y Mina. Seguramente merendamos helado de vainilla de Palazzo y también vimos alguna peli francesa que nos hizo llorar, pero después nos dedicamos a probarnos toda la ropa del armario. Nos estábamos haciendo amigas, creando un vínculo ciego e intuitivo, que habría de perdurar para traernos hasta hoy, hasta esta otra tarde nublada, que no parece de agosto, en la que hemos visitado librerías y, al menos yo, me he liberado de cierta presión.

Me sorprendo a mí misma.

Son pocas las cosas que me importan, pero hacía mucho que no me sentía tan descolocada.

Todo está pendiente y espero que salga bien.

Afortunadamente, Raquel me interrumpe y me muestra sus lecturas de verano. Está anocheciendo y enciende la lámpara y el flexo. Hablamos de El río, de El final del romance y también de Solovki, el excelente libro de fotografía de Rafael Trapiello y Juan Manuel Castro Prieto.

Me sorprende la luz en las increíbles imágenes de Rafa.

A mí, que no me había dado cuenta de que me estaba quedando a oscuras.

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