Dacia Maraini: “Muchas mujeres piensan que su mayor libertad reside en elegir a su verdugo”

El 20 de mayo de 2019, gracias a los editores de Altamarea, Alfonso Zuriaga y Giuseppe Grosso, tuve la oportunidad de entrevistar a Dacia Maraini y charlar con ella, a partir de la lectura de su ensayo Cuerpo feliz (Altamarea 2019), de algunos temas que hoy siguen resultando sorprendentemente actuales. La entrevista nunca se publicó, pero, ahora más que nunca, me sigue pareciendo tremendamente oportuna. Aquí la tenéis completa.

Con Dacia Maraini en la embajada de Italia en Madrid. 20 de mayo de 2019.

Amó a Alberto Moravia y fue amiga de Maria Callas y Pier Paolo Pasolini, con quien colaboró como guionista en Las mil y una noches. Dacia Maraini (Fiesole, 1936) tiene 82 años y subraya el azul de sus ojos inteligentes con una raya también azul. En una época en que las mujeres no lo tenían nada fácil, ella vivió libre y perdió un hijo; una tragedia que proyecta su sombra sobre Cuerpo feliz, su homenaje a una larga e inconclusa batalla por la igualdad de derechos entre los hombres y las mujeres.

Autora de obras de teatro y novelas cuya lectura resulta imprescindible para comprender la literatura italiana del siglo XX, como Los años rotos o La larga vida de Marianna Ucrìa, cuando era una niña se trasladó con su familia a Japón, huyendo del fascismo, y permaneció recluida en un campo de concentración en Nagoya. Allí regresó en los años 80 en busca de su pasado, pero nadie supo decirle dónde había estado ubicado aquel infierno. Quizás esa es una de las razones por las que, a lo largo de nuestro encuentro y de su texto, Maraini hace una y otra vez hincapié en la importancia de la memoria y mira con nostalgia hacia aquel tiempo en el que fue una más y se relacionó con algunos de los nombres más importantes de la cultura contemporánea; “un tiempo en el que los intelectuales se reunían sólo por el placer de estar juntos, sin otro fin, y compartían un sentimiento de comunidad artística que lamentablemente ahora ha desaparecido”.

—Quien se acerque a Un cuerpo feliz esperando un ensayo al uso se va a llevar una sorpresa. 

Sí, porque es un texto mixto, un ensayo híbrido.

—En él escribe: “Te decía que sin imaginación estamos muertos. Es la imaginación la que nos hace entender el dolor de los demás”. Más allá de la reflexión sobre el feminismo, el libro llama la atención por su tono, extremadamente poético, y por la presencia constante de un interlocutor que jamás llegó a existir, el hijo que perdió durante el embarazo. Utiliza una ficción para reflexionar sobre la realidad. ¿Hasta qué punto necesitamos las mentiras?

No es exactamente una mentira, es imaginación. Para mí, imaginar a Perdi, mi niño perdido, era necesario. Al inventar una vida para él en el libro, construyo una realidad literaria que va más allá de lo que ocurrió y me permite desarrollar en la ficción el crecimiento de mi hijo, que no viví.

—Tal y como lo explica, parece que la escritura, al menos en este caso, tuviera para usted un fin terapéutico.

No es más que la forma de crear una relación dialéctica con el dolor de la perdida. La relación con los muertos es muy importante para la memoria, ellos son nuestra memoria, sin embargo nuestra cultura no mira hacia la muerte, no la incluye, y creo que ese es un grave error.

—Esa cultura nuestra es la misma que ha ido cincelando a lo largo de los siglos el rol de la mujer en la sociedad y despojándonos poco a poco de ese “cuerpo feliz”, que no concibe la reproducción sin el deseo.

Sí, y ahí seguimos, en la lucha por recuperarlo, aunque afortunadamente hemos avanzado un poco. Hemos tardado miles de años en lograr unas cuantas conquistas. Con respecto al siglo XIX, hemos alcanzado algunas libertades antes consideradas imposibles. Pensemos, por ejemplo, en Casa de muñecas, de Henrik Ibsen, el cuento de una mujer inteligente y autónoma a quien se consideraba una niña. Todas las mujeres eran consideradas unas niñas, incluso en la mitología griega. 

Esquilo narra el proceso de los dioses a Orestes, un punto de inflexión en el viraje del matriarcado al patriarcado. Orestes mató a su madre cuando matar a una mujer estaba prohibido porque éramos consideradas el principio de la vida, pero Apolo lo perdonó, porque decidió que el cuerpo femenino, lejos de crear por sí mismo, sólo se limitaba a acoger el semen, único portador de la esencia humana. Así se da la vuelta por completo y se desacraliza el concepto de maternidad. 

Al principio, las grandes religiones prehistóricas se basaban todas en una deidad femenina, pero por desgracia eso cambió.

—Cambió tanto que, como subraya con frecuencia en su ensayo, construimos la realidad con un lenguaje hecho por los hombres; un lenguaje de mirada masculina con el que aprendemos a ver y definir el mundo. 

Sí, un lenguaje misógino.

—¿Y cómo lo cambiamos?

No podemos crear de la noche a la mañana un lenguaje nuevo, pero sí matizarlo, modificarlo. Actualmente existe la polémica sobre la creación de un vocablo en femenino para ciertas palabras que sólo tienen versión masculina: ingeniera, arquitecta, directora…

—¿Le parece necesario aplicar este cambio?

¡Por supuesto que sí! Fíjese: si digo “el hombre es mortal”, pensamos que hombres y mujeres somos mortales; pero si digo “la mujer es mortal”, solo pensamos en las mujeres. En el lenguaje, el masculino es la norma y el femenino es la excepción.

—Lo curioso es que, en esa precisa revisión que Cuerpo feliz hace de las ideas y conceptos fundamentales del feminismo, el tema de la maternidad se aborda desde una perspectiva nada maniquea. Usted escribe en el libro acerca de la pérdida de su bebé: “Había deseado tanto aquel hijo que su pérdida fue una mutilación”. ¿Hasta qué punto una mujer no se siente completa si no es madre?

El contexto cultural fija el valor que se da a la maternidad. La antropóloga Margaret Mead, con sus investigaciones etnográficas de la primera mitad del XX, descubrió que en determinadas poblaciones son los hombres quienes se ocupan del cuidado de los hijos mientras las mujeres trabajan. Así que lo importante no es preguntarse si una mujer sin descendencia se siente completa o no, sino buscar el porqué de esa sensación de vacío: el hecho cultural. Si la cultura establece que ser madre es el único valor profundo de la mujer, las mujeres acabarán por hacer suyo ese sentimiento y se identificarán con la idea de que la mujer que no es madre no existe. 

Esa es la visión de los países monoteístas. Escogimos este camino porque nuestra religión es vertical y se basa en un dios que no tiene a su lado a una mujer; en una teología en la que existe la palabra “madre”, pero no existe la palabra “diosa”. 

—Habla de religión, de mitología y también de 50 sombras de Grey, una novela que para usted no tiene nada de progresista.

Exacto, porque evidencia algo terrible, que muchas mujeres identifican hasta tal punto pasión con dolor, que piensan que su mayor libertad reside en elegir a su verdugo. Muchísimos libros eróticos escritos por mujeres describen solo el placer del dolor.

—¿Hemos aprendido a disfrutar sintiéndonos sometidas?

Sí, lo hemos incorporado a nuestra conciencia y, al mismo tiempo, hemos llegado a sentirnos cómplices de los delitos perpetrados contra nosotras mismas. Esto les ocurre también a los niños. Al fin y al cabo la violencia física es lo de menos. Importa más la estrategia por la que las víctimas llegan a sentirse cómplices. Un niño violado o una mujer maltratada normalmente se sienten culpables y se convierten en los peores enemigos de sí mismos.

—También la opinión pública los culpabiliza.

Desde luego. En algunos países una mujer violada ya no puede encontrar marido y, en nuestra sociedad, aunque no es así, subyace el rechazo. En los juicios por violación, el argumento fundamental de la defensa es que la mujer consintió la relación y la buscó, bien porque llevaba una falda corta, bien porque iba maquillada… y esta es una senda peligrosa.

—Pero no hay que rendirse en la lucha. Usted lo dice en Cuerpo feliz:Es un error pensar que cuando se pierde se deja de tener razón”. 

Mire a Jesucristo, que acabó en la cruz y, sin embargo, logro el triunfo universal de su palabra y se volvió un principio ético. Las mujeres que luchan por el feminismo han sufrido muchas derrotas pero también han logrado la consolidación de un buen puñado de valores. Más tarde o más temprano, siempre llega el momento de la victoria.

Marina Tsvietáieva

#LosMiércolesDeAcantilado desde el Instagram de Cervantes y compañía: cervantesycia_librería.

El Miércoles 16 de junio a las 19:30 horas, charlo en directo con Selma Ancira sobre Marina Tsvietáieva y su obra.

Lecturas recomendadas: Mi madre y la música y Mi padre y su museo

Dos pequeñas joyas

Tomo notas sobre Marina Tsvietáieva en los trayectos de tren, mientras leo Mi madre y la música y Mi padre y su museo. Escribo:

—¿Es mayor la complejidad de la música o la de las palabras?

—Buscar si Tsvietáieva pudo influir en Nabókov y su Ada o el ardor.

—Recordar para siempre esta cita de Mi madre… sobre el talento: “Lo tuyo es el empeño porque todo don divino puede ser arruinado”.

Anoto muchas preguntas para la traductora Selma Ancira, aunque sé que no tendré tiempo de formularlas todas, pero no me detengo porque me calma la lectura y la deriva mental que propicia en mí, alejándome de todos los pensamientos oscuros.

Sumergirme en las historias ajenas siempre me ha servido de ayuda.

Quizás por eso combino los textos biográficos de Tsvietáieva con las páginas de La casa eterna, donde Yuri Slezkine narra la historia del siglo XX soviético a partir de lo acontecido en la Casa del Gobierno, un colosal edificio que se construyó frente al Kremlin, al otro lado del río Moscova, para alojar a los principales dirigentes e intelectuales del régimen y sus familias, y por el que transitaron la euforia y el terror, la ilusión y el desencanto, en un complejo equilibrio.

Me gusta lo que el autor advierte al comienzo de las más de 1500 páginas del libro: “Esta es una obra histórica. Cualquier parecido con personajes ficticios, vivos o muertos, es pura coincidencia”.

Y también me gusta (aunque “gustar” es un verbo demasiado ingenuo) la candidez del entusiasmo que Slezkine atribuye en los primeros capítulos a los jóvenes de la intelliguentsia que aspiraban a la revolución. Me pregunto cómo pudieron hacer después cosas tan terribles.

En 1941, aplastada por el sistema —ese monstruo invisible y con biografía propia que tan bien describe Slezkine—, Marina Tsvietáieva se suicidó en Yélabuga, lejos de Moscú. Pocas semanas antes de quitarse la vida, había solicitado un puesto de lavaplatos a la Unión de escritores local y no había recibido respuesta.