La sumisión

Virginia Oldoini, condesa de Castiglione, protagonista del ensayo La exposición.

Este verano he leído un montón de buenos libros relacionados de una u otra forma con el feminismo: Cosas que no quiero saber, de Deborah Levy, La exposición, La otra verdad y la novela de Antonella Lattanzi Una historia negra, en la que muere asesinado un maltratador. Además, he visto la segunda temporada de Big Little Lies, donde Nicole Kidman echa de menos a su marido y lucha contra ese sentimiento de nostalgia por alguien que le ha hecho daño.

Todos los libros mencionados están escritos por mujeres.

Todos son excelentes y, junto con la serie, miran a través de ventanas distintas a dos temas que, desde siempre, me han interesado mucho: la identidad y la sumisión en mayor o menor medida, y en diferentes ámbitos –no necesariamente física–, de la mujer con respecto al hombre. La sumisión me atrae porque está instalada en una frontera invisible de la que resulta imposible renegar y en la que yo me encuentro cruzando de un lado a otro constantemente, como si se tratara de una cuerda y yo estuviera saltando en el patio del colegio.

Imagen de la segunda temporada de Big Little Lies

Me interesa la contradicción: ¿Cómo es posible que en determinadas situaciones algunas mujeres nos sintamos atraídas por aquello que nos obliga a doblegarnos?

Cuando entrevisté a Dacia Maraini con motivo de la publicación en España de Un cuerpo feliz, ella atribuyó esta tendencia, muchas veces inconsciente, tremendamente sutil –no hablamos de los grilletes de Cincuenta sombras de Grey– , a la inoculación en la mente femenina de una cultura de siglos en la que esa idea, la de que la mujer debe acatar en todos los terrenos la voluntad del hombre, forma parte de la base.

Su reflexión me pareció interesante; su ensayo, publicado por Altamarea, imprescindible; sin embargo, y desde mi humilde posición de menos años, menos lecturas y menos experiencia que Dacia, discrepo un poco de su visión, porque, al menos en el sexo y en el juego, me parece que a veces (por supuesto no siempre, y ahí radica el peligro) someterse es una elección y, paradójicamente, no una orden.

Como escoger marearse dando vueltas al borde del abismo.

Es adictivo.

Y no sé si el peligro de caer debería justificar la prohibición.

Me estudio a mí misma y me da miedo el avance imparable de una parte de mí que, hace apenas unos meses, no sabía que existía. Alguien la ha despertado sin querer y, a priori, nada tiene que ver conmigo.

Pero esa también soy yo y no voy a rechazarme.

La identidad es caprichosa. Siempre permanece incompleta

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