El futuro

La pandemia divide a la humanidad entre observadores y víctimas. Sobre los primeros, pende el miedo constante a cruzar al otro lado y caer enfermo o perder a alguien. Sobre los segundos, se impone el dolor, que siempre trae con él una dramática y prolongada ceguera. En estas circunstancias, pensar en el futuro, imaginar siquiera qué es lo que estamos haciendo mal y qué condicionará el escenario que, aunque ahora nos parezca mentira, tendrá que venir, invariablemente nos hace sentir culpables.

Se clava una punzada en el corazón.

Y yo me despierto de la siesta para recordarme que no he escrito hoy.

Odio este tiempo. Le pertenezco y, a la vez, lo analizo con aversión. Ha sacado lo mejor de las voces anónimas y lo peor del cien por cien de nuestros líderes. Aunque ¿quién sirve para liderar el hundimiento? ¿Quién para comprender que, quizás, la única posibilidad de supervivencia pasa por hundirse primero para salir a flote después? Como en el caso del coche que cae al mar en un accidente: para salvarse y poder nadar hasta la superficie es necesario aguantar en el interior hasta que el vehículo toca fondo y se llena de agua, de lo contrario la presión no dejará abrir ninguna puerta… y moriremos.

Pero yo no sé nada, solo que no he escrito hoy.

Así que tomo decisiones. Detecto a los culpables de este bloqueo que empieza a ser preocupante y solo se suaviza cuando leo; cuando leo, me concentro.

Devoro La noche de plata, de Elia Barceló, y entre sus páginas me olvido de una angustia que poco tiene que ver con el virus y mucho con las mil cosas que, afortunadamente, pueblan mi cotidianidad, tan llena incluso en este semiencierro, sellado con la lluvia y el zumbido de los helicópteros, que nos están trastornando a todos.

Soy afortunada, pero mi vida debe quedarse desnuda, hay que podarla de lo prescindible; vaciarla del ruido, como si se tratara de una pista de audio en el montaje de uno de esos podcast tan de moda. La situación exige ser implacable.

El mordisco de ‘Drácula’ en Malasaña

Claes Bang, el ‘Drácula’ de Netflix

Dejo temporalmente el Barrio de las Letras porque por fin empieza la obra de la buhardilla. Con ella, la posibilidad de que muera mientras me ducho, al romperse el suelo y abrirse un boquete en mi baño que me transporte en segundos al piso del vecino del tercero, queda descartada.

Me da pena irme de Lope de Vega, pero pienso que en pocas semanas volveré y, por otra parte, me apetece la convivencia con Cris, responsable de que escuche en bucle a cantantes extradramáticas mexicanas.

Cris vive en Malasaña, al lado de La Tapería.

El primer día, mi amiga me compra pasta, gulas, queso blanco y aceitunas, y así logra que me sienta como en casa. Además, María cena con nosotras y arreglamos el mundo entre tortilla y tortilla de patata. El segundo día, al quedarme sola, fundo los plomos y, desvalida, veo anochecer desde el sofá del salón, sin ninguna luz. Me entristezco un poco y llamo a Cris unas noventa veces, también llamo al Pepe Botella, donde ella suele ir a corregir, y un camarero muy amable grita su nombre por todo el local, pero no la encuentra y me cuelga dejándome en la negrura. Me acuerdo de Edison y de Tesla. De nuevo el drama. Menos mal que afortunadamente todo acaba solucionándose. El tercer día, me hago pollo con arroz para cenar y ya no me acuerdo lo más mínimo de Huertas.

Las novedades de novela policíaca -muchas- ya están instaladas en la mesa azul de la salita, porque no hay que pasar por alto que esta existencia apacible transcurre sobre un fondo sangriento de crímenes ficticios y, antes de irme a dormir, leo Progenie. Feliz con mi sensación de comodidad, me digo a mí misma que soy una mujer muy fría.

Lo supero todo enseguida.

Bueno, todo no.

Con algunas cosas me he rendido a la hora de intentar dejarlas en el olvido, porque las necesito como el agua y aceptarlo, por fin, me tranquiliza.

Ahora duermo en una habitación sin claraboya, pero sí con balcón. La luz entra temprano (yo nunca corro las cortinas), oblicua, desde la calle estrecha con fachadas antiguas, de colores, lamiendo el suelo de parqué, y yo siempre tardó un poco en levantarme. Me gusta ese ratito vacío entre el sueño y la acción que, como un torrente, barre toda posibilidad de pensamiento reflexivo. Desde la cama escucho el barrio, que se despierta: las persianas de los bares y las tiendas de alimentación; las herramientas de alguna obra inevitable y muchas voces apagadas y simultáneamente alegres, infectadas por la primera hora del día; el sonido de un lugar pequeño inserto en el corazón de la ciudad.

Otro planeta.

El fin de semana vemos Drácula. Al principio nos gusta, luego no. Dos de sus tres episodios imitan la estética fascinante de la Hammer, y eso es lo mejor. El tercero lo estropea todo, pero aún así nos divertimos. La novela es una de mis favoritas.

Y la idea del mordisco, una tentación.

Animales salvajes

Calle Lope de Vega, Madrid
Pienso en la efervescencia de los días.

Y en los vestidos de lentejuelas que se cruzan como estrellas fugaces entre la multitud.
Son rosas, amarillos y azules.
Son vulgares
y brillan,
al mismo tiempo mágicos y terribles,
como el amor no correspondido.
Sólo eso cuenta mientras regreso a casa.
Pienso que en ellos reside la valentía
y me digo a mí misma: ¿Quién te has creído que eres?
¿Por qué dudas de que tu valor es idéntico al de todos aquellos que sí han tenido hijos?
Por suerte o por desgracia, al segundo siguiente mi atención se concentra en la calle luminosa,
Es ella la que importa en absoluto,
testigo de cada una de mis debacles,
desafío continuo al algoritmo…
La calle, que en la noche recibe la visita de animales salvajes
y se conforma como yo.
¿Cuál es el consuelo de este dolor sin nombre?, me pregunto.
¿Cuál es el valor?
Al menos para mí
hoy no hay ninguna música.