‘La doble desaparición de Abril del Pino’

Ilustración de cubierta de Laura Pérez

¡Por fin! Poco más de dos meses es lo que falta para que llegue a las librerías mi nueva novela, La doble desaparición de Abril del Pino y hoy me doy la alegría de compartir con vosotros sinopsis y portada. ¡Qué ganas de compartir también lectura!

Madrid, diciembre de 2024. En vísperas de la Navidad, la ciudad late entre luces, escaparates y prisas. Pero el brillo se apaga cuando Abril del Pino, la autora de novela negra más leída del país, desaparece sin dejar rastro. En su ático frente al Retiro todo parece en orden, aunque pronto la hipótesis del secuestro se impone como la más probable. Mientras miles de lectores siguen el caso con el alma en vilo, el inspector José Manuel Castillo rastrea las huellas de la escritora hasta Las Palabras Mágicas, una librería con encanto en la plaza de la Marina Española, regentada por Ágata Caballé. Allí, la misteriosa sociedad literaria Rame-Tep había celebrado su cena anual, con Abril como invitada de honor. Nadie imaginó que aquella sería su última aparición pública. A partir de ese momento, Castillo se adentra en un juego de medias verdades, pasados ocultos y silencios cómplices, que lo obligarán a mirar más allá de lo evidente. En ese laberinto de sospechas, Ágata Caballé se convierte en una presencia tan esquiva como necesaria, mientras entre Madrid y Valencia cada pista abre un nuevo interrogante… y cada personaje parece tener un motivo para mentir.

‘El mundo deslumbrante’

El día es gris; un jueves por la mañana que coquetea con la lluvia. Quito el agua, apago las luces indirectas que, hasta hace unos minutos, han enfocado el puzle —una misión titánica, reconstruir el Perro semihundido—, cierro la mochila y compruebo por enésima vez que no queda nada enchufado y las claraboyas están cerradas. El fregadero está vacío, la cama hecha, he colgado la ropa limpia en el armario y estirado la tela que protege el sofá. He vaciado la nevera, tirado la basura, quitado el polvo sin demasiada energía. He escogido un par de novelas y guardado los diarios, que se vendrán conmigo. He cambiado las sábanas para tener un aliciente cuando vuelva.

Pakistan ha tomado represalias y bombardeado una localidad iraní en la frontera.

En cuanto al resto de conflictos, queda lejos el fin.

Pienso que nos podría pasar a nosotros.

Todo lo ajeno se transforma cuando se torna propio; más si se trata del dolor. Por eso no hay otra forma de entender el sufrimiento que «probárnoslo» ajustando la medida a nuestra cotidianidad, a los niños que queremos, a los lugares que amamos y en los que hemos sido amados. Es así como se hace insoportable. La única manera de compadecernos.

Y ahora yo me voy.

Mientras intento subirme la cremallera del abrigo, que siempre se me resiste, siento que la luz que me despide sea tan pálida, tan latente. La luz de un día de lluvia fina. Echo de menos el sol de invierno, el amarillo gélido sobre los árboles de las calles de Madrid que recorro deprisa, con la mochila al hombro y el peso del portátil entre las manos, en dirección al cercanías destino Chamartín. Madrid codifica mis recuerdos en un lenguaje secreto, los protege… y es importante la luz.

Ayer por la tarde, antes de dejar la librería, salió de la enésima caja de novedades la nueva edición de El mundo deslumbrante, mi novela favorita de Siri Hustvedt junto con Todo cuanto amé. La leí hace muchos años, cuando todavía estaba en Anagrama y encontré un ejemplar en Enclave de Libros. Era color crema, y todavía lo conservo entre los títulos que rodean mi cama en la buhardilla, mil veces subrayado, mil veces herido por la mirada ajena que, al posarse sobre la historia, mágicamente la modifica.

«Mi» mundo deslumbrante es este que habito rodeada de afectos indefinibles y palabras con tendencia a llegar en el último momento, como salvavidas.

Al escribir me hablo a mí misma y, a la vez, lanzo un mensaje en una botella al mar embravecido.

Empieza el viaje.

Hacia dentro y hacia fuera.

El relato está en las entrañas de la tierra, al otro lado de la ventanilla del tren, en mi lengua y en mi cabeza. Es un reptil que debe amaestrarse.

“Decision to Leave”

“Decision to Leave”, Park Chan-wook. 2022.

Fui a ver Decision to Leave.

Eran las cuatro de la tarde y la sala de los Princesa estaba vacía.

Fuera, la luz se debatía contra el peso de plomo del invierno sobre la plaza de los Cubos.

Estaba la película y también podía sentir al otro lado de las paredes del cine las vidas de la gente anónima y silenciosa, cruzando la plaza, esperando a alguien, corriendo para no perder el autobús, la sangre de la ciudad y su corazón bajo aquella luz suave y esperanzadora, y también gélida.

El universo entero e infinito del que aún formamos parte.

Y me pregunté, mientras todo esto pasaba, cuánto tiempo más:

¿Cuánto tiempo más

permanecerá oculto nuestro mundo

bajo la nieve?

El futuro

La pandemia divide a la humanidad entre observadores y víctimas. Sobre los primeros, pende el miedo constante a cruzar al otro lado y caer enfermo o perder a alguien. Sobre los segundos, se impone el dolor, que siempre trae con él una dramática y prolongada ceguera. En estas circunstancias, pensar en el futuro, imaginar siquiera qué es lo que estamos haciendo mal y qué condicionará el escenario que, aunque ahora nos parezca mentira, tendrá que venir, invariablemente nos hace sentir culpables.

Se clava una punzada en el corazón.

Y yo me despierto de la siesta para recordarme que no he escrito hoy.

Odio este tiempo. Le pertenezco y, a la vez, lo analizo con aversión. Ha sacado lo mejor de las voces anónimas y lo peor del cien por cien de nuestros líderes. Aunque ¿quién sirve para liderar el hundimiento? ¿Quién para comprender que, quizás, la única posibilidad de supervivencia pasa por hundirse primero para salir a flote después? Como en el caso del coche que cae al mar en un accidente: para salvarse y poder nadar hasta la superficie es necesario aguantar en el interior hasta que el vehículo toca fondo y se llena de agua, de lo contrario la presión no dejará abrir ninguna puerta… y moriremos.

Pero yo no sé nada, solo que no he escrito hoy.

Así que tomo decisiones. Detecto a los culpables de este bloqueo que empieza a ser preocupante y solo se suaviza cuando leo; cuando leo, me concentro.

Devoro La noche de plata, de Elia Barceló, y entre sus páginas me olvido de una angustia que poco tiene que ver con el virus y mucho con las mil cosas que, afortunadamente, pueblan mi cotidianidad, tan llena incluso en este semiencierro, sellado con la lluvia y el zumbido de los helicópteros, que nos están trastornando a todos.

Soy afortunada, pero mi vida debe quedarse desnuda, hay que podarla de lo prescindible; vaciarla del ruido, como si se tratara de una pista de audio en el montaje de uno de esos podcast tan de moda. La situación exige ser implacable.

El mordisco de ‘Drácula’ en Malasaña

Claes Bang, el ‘Drácula’ de Netflix

Dejo temporalmente el Barrio de las Letras porque por fin empieza la obra de la buhardilla. Con ella, la posibilidad de que muera mientras me ducho, al romperse el suelo y abrirse un boquete en mi baño que me transporte en segundos al piso del vecino del tercero, queda descartada.

Me da pena irme de Lope de Vega, pero pienso que en pocas semanas volveré y, por otra parte, me apetece la convivencia con Cris, responsable de que escuche en bucle a cantantes extradramáticas mexicanas.

Cris vive en Malasaña, al lado de La Tapería.

El primer día, mi amiga me compra pasta, gulas, queso blanco y aceitunas, y así logra que me sienta como en casa. Además, María cena con nosotras y arreglamos el mundo entre tortilla y tortilla de patata. El segundo día, al quedarme sola, fundo los plomos y, desvalida, veo anochecer desde el sofá del salón, sin ninguna luz. Me entristezco un poco y llamo a Cris unas noventa veces, también llamo al Pepe Botella, donde ella suele ir a corregir, y un camarero muy amable grita su nombre por todo el local, pero no la encuentra y me cuelga dejándome en la negrura. Me acuerdo de Edison y de Tesla. De nuevo el drama. Menos mal que afortunadamente todo acaba solucionándose. El tercer día, me hago pollo con arroz para cenar y ya no me acuerdo lo más mínimo de Huertas.

Las novedades de novela policíaca -muchas- ya están instaladas en la mesa azul de la salita, porque no hay que pasar por alto que esta existencia apacible transcurre sobre un fondo sangriento de crímenes ficticios y, antes de irme a dormir, leo Progenie. Feliz con mi sensación de comodidad, me digo a mí misma que soy una mujer muy fría.

Lo supero todo enseguida.

Bueno, todo no.

Con algunas cosas me he rendido a la hora de intentar dejarlas en el olvido, porque las necesito como el agua y aceptarlo, por fin, me tranquiliza.

Ahora duermo en una habitación sin claraboya, pero sí con balcón. La luz entra temprano (yo nunca corro las cortinas), oblicua, desde la calle estrecha con fachadas antiguas, de colores, lamiendo el suelo de parqué, y yo siempre tardó un poco en levantarme. Me gusta ese ratito vacío entre el sueño y la acción que, como un torrente, barre toda posibilidad de pensamiento reflexivo. Desde la cama escucho el barrio, que se despierta: las persianas de los bares y las tiendas de alimentación; las herramientas de alguna obra inevitable y muchas voces apagadas y simultáneamente alegres, infectadas por la primera hora del día; el sonido de un lugar pequeño inserto en el corazón de la ciudad.

Otro planeta.

El fin de semana vemos Drácula. Al principio nos gusta, luego no. Dos de sus tres episodios imitan la estética fascinante de la Hammer, y eso es lo mejor. El tercero lo estropea todo, pero aún así nos divertimos. La novela es una de mis favoritas.

Y la idea del mordisco, una tentación.

‘Lo esencial y lo invisible’

Raquel y yo hemos ido esta tarde a la inauguración de la expo de Jimmy Liao en el Museo ABC, “Lo esencial y lo invisible”, y la hemos disfrutado mucho, porque nos ha hecho preguntarnos muchas cosas y buscarnos en el reflejo.

Las ilustraciones hablan por sí solas.

Podéis encontrar casi todos los títulos del artista en el sello Barbara Fiore y ver la muestra hasta el 20 de enero.

Imperdible.

Animales salvajes

Calle Lope de Vega, Madrid

Pienso en la efervescencia de los días.

Y en los vestidos de lentejuelas que se cruzan como estrellas fugaces entre la multitud.
Son rosas, amarillos y azules.
Son vulgares
y brillan,
al mismo tiempo mágicos y terribles,
como el amor no correspondido.
Sólo eso cuenta mientras regreso a casa.
Pienso que en ellos reside la valentía
y me digo a mí misma: ¿Quién te has creído que eres?
¿Por qué dudas de que tu valor es idéntico al de todos aquellos que sí han tenido hijos?
Por suerte o por desgracia, al segundo siguiente mi atención se concentra en la calle luminosa,
Es ella la que importa en absoluto,
testigo de cada una de mis debacles,
desafío continuo al algoritmo…
La calle, que en la noche recibe la visita de animales salvajes
y se conforma como yo.
¿Cuál es el consuelo de este dolor sin nombre?, me pregunto.
¿Cuál es el valor?
Al menos para mí
hoy no hay ninguna música.