El episodio piloto

Lo prometido es deuda. Previendo mi mono de radio y después de una enriquecedora experiencia en TikTok, os invito a acercaros a partir del martes 3 de septiembre a ‘La fallera cósmica’, mi podcast semanal sobre libros y más cosas. Espero que disfrutéis escuchándolo tanto como yo he disfrutado preparando el proyecto y convirtiéndolo en una realidad. Como aperitivo, aquí va lo que bien podría pasar por un episodio piloto.

Bienvenidos a una larguísima conversación, que será mejor, sin duda, con vosotros dentro.

Empieza el juego.

Al borde de los diez mil seguidores, TikTok suspende @marinasanmartinpla

«La cuenta ha infringido las normas de la comunidad». Misterio universal: ¿qué puede haber de malo y subversivo en una cuenta dedicada exclusivamente a los libros y a la cultura? Para TikTok, algo hay, porque hoy me ha comunicado el bloqueo de mi cuenta @marinasanmartinpla, que casi había alcanzado los diez mil seguidores, y su suspensión definitiva.

Hace unos días, la opción de publicar y comentar quedó bloqueada, pero comuniqué la incidencia y, a la espera de que se resolviera, convencida de que se trataba de un error, abrí una nueva cuenta desde la que hoy he grabado mi despedida.

Han sido casi diez meses de trabajo que me han servido para aprender muchas cosas y compartir gustos, dudas y conocimiento sobre los libros, la literatura y las palabras.

La experiencia me ha gustado tanto que, a pesar de este revés incomprensible, prometo volver pronto amparada por una plataforma más abierta. En cualquier caso, gracias a todos los que me habéis acompañado en esta aventura. Habrá otras y espero que también podamos compartirlas.

El día que conocí a Paul Auster

Abro los ojos antes de que suene la alarma del teléfono y veo como se levanta el lunes gris al otro lado de la ventana. Valencia ha sobrevivido una vez más a la tormenta y la calle del Turia se rebela contra la melancolía favorecida por el clima y nunca duerme del todo. Delante del portal de mis padres, el obrador del Horno Pastelería Dorita permanece con la luz encendida durante la noche entera. No todos empleamos igual las largas horas de la madrugada. Alguien se ocupa en ese tiempo de hacer el pan, las caracolas de chocolate y los merengues. Las empanadillas de tomate y atún. Las tartas de cumpleaños. Desde que tengo uso de razón, Dorita existe y yo me siento más segura cada vez que duermo en casa de mis padres, sabiendo que alguien, muy cerca, permanece alerta; alguien despierto que, en caso de catástrofe o amenaza, nos escuchará si gritamos pidiendo ayuda en la oscuridad.
Aunque la realidad traiciona la expectativa: afortunadamente nunca nos ha pasado nada.
Doy por concluidos mis apuntes costumbristas y remoloneo con el teléfono aplazando el momento de levantarme. Así es como descubro en Instagram un mensaje de A, su manera de hacerme saber que ha llegado sano y salvo al que es ahora su lejano lugar en el mundo: compartir conmigo una bellísima publicación de Sidi Hustvedt sobre cómo es la vida cotidiana tamizada por el tratamiento de cáncer de Paul Auster. Hustvedt se refiere a la situación como «Cancerland» y describe con detalle el encuentro del novelista con una admiradora también enferma en la sala de espera del enésimo hospital. El texto es emocionante y me transporta en un parpadeo a un lugar de mi memoria al que llevaba mil años sin asomarme, aquel en el que atesoro el recuerdo del día que conocí a Paul Auster en la desaparecida Fnac Castellana y no me hice con él ni una sola foto, ni tampoco le pedí que me firmara un ejemplar de Diario de invierno, el libro que vino a presentar.
Sucedió un jueves 23 de febrero de 2012, pocos meses después de la inauguración de la tienda en Nuevos Ministerios y de mi incorporación al equipo de comunicación responsable de la agenda cultural. Aquel día Paul Auster llegó a la ciudad y Anagrama, que todavía era su editorial, eligió nuestro fórum para su encuentro con los lectores madrileños.
Alertados unas semanas antes del gran acontecimiento y poseídos por una especie de fiebre berlanguiana que nos convirtió a todos en el elenco perfecto para una nueva versión de Bienvenido, Mister Marshall, mis compañeros y yo, que era el último mono, nos pusimos a trabajar en los preparativos de lo que llamamos “La noche de Paul Auster” y, temerosos de un posible fallo en la asistencia, empezamos a invitar a diestro y siniestro. Encargamos en cartón pluma reproducciones gigantes de las cubiertas de las novelas de Auster; contratamos traducción simultánea; compramos un jamón (¿cómo no?) y buen vino, blanco y tinto, porque no sabíamos cuál le gustaba más; publicitamos hasta la extenuación que la charla sería retransmitida también en streaming gracias a una gran pantalla ubicada en el hall diáfano de la tienda, para quien se quedara fuera una vez completo el aforo limitado; y, gracias a los excelentes libreros con los que contaba la cadena, llenamos la librería, no sólo con los títulos de Auster, sino también con los de Hustvedt, a quien le dedicamos un par de las cabeceras principales, que flanqueaban el pasillo hasta el espacio destinado para el evento.

Mi recuerdo de lo “oficial” es confuso. Por supuesto, nadie falló y acceder a la sala del directo con el autor de La noche del oráculo se convirtió en una odisea en la que yo interpreté con pasmosa credibilidad el papel de atribulada portera, porque me tocó bregar con la lista de invitados VIP y elegir quién merecía el privilegio de entrar y quién no —a los diez minutos de descorrer la catenaria, mi respuesta se convirtió en un «no» perpetuo, porque allí ya no cabía un alfiler… eso sí, Javi y yo logramos que nuestros padres se sentaran más contentos que unas castañuelas en primera fila y me pregunto si Auster dudó acerca de la identidad de aquellos dos matrimonios tan majos que lo observaban sonrientes y secretamente orgullosos de que sus hijos les hubieran conseguido el mejor sitio.
Nuestros padres también tuvieron el privilegio de asistir a las breves entrevistas que Auster mantuvo con la prensa antes de la presentación, cuando la planta entera de la librería, aún cerrada al público, se parecía mucho a los banquetes todavía sin empezar: la sala vacía e impecable de un hotel que espera con las mesas puestas —en nuestro caso libros gigantes y centenares de ejemplares de Diario de invierno— a que lleguen los invitados y los novios, o el bebé protagonista del bautizo.
Acompañé a Auster en su recorrido desde el ascensor hasta el improvisado set de grabación junto con un periodista de TeleMadrid que iba a ser el primero en entrevistarlo. El autor era alto y llevaba una cazadora grande, de piel negra. Vaqueros también negros. Todo en él —el pelo peinado hacia atrás con grandes entradas, los ojos algo saltones y simultánemaente turbios y limpios, la tez oscura y su forma de conducirse sin prisa pero con seguridad por aquel territorio que no había pisado nunca— se correspondía con lo que yo había imaginado. Él me había contado, a mí y al mundo, un buen puñado de historias destinadas a moldear mi percepción de la realidad que me había tocado vivir, destinadas a despertar mi emoción por la magia del azar sobre lo cotidiano y ver lo luminoso y la oportunidad en el dolor, a la vez insoportable, de la pérdida —en aquel momento aún recordaba a la perfección la trama completa de El libro de las ilusiones, que había terminado en un autobús Valencia-Madrid, con la sensación de que ninguno de los pasajeros que me acompañaba podía adivinar la tormenta que el final de la novela había desatado en mi interior.
En todo eso estaba yo pensando, cuando, de pronto, Auster se detuvo y el séquito completo se detuvo con él, dando un pequeño y brusco frenazo no previsto. Lo hizo a pocos metros de set y del fórum, ante una de las cabeceras con los libros de Hustvedt, donde destacaba la maravillosa Todo cuanto amé.
Auster sonrió y el periodista de TeleMadrid se atrevió a preguntar en un giro imprevisible:
—¿Le gusta la autora?
Entonces Auster, sin mirarlo y rubricando una situación que, no tengo duda, el periodista habría de recordar el resto de su vida, respondió atento todavía a las cubiertas de las novelas de ella:
—No sólo es que me guste, es que además soy muy afortunado, porque se trata de mi mujer.
En este punto se hizo el silencio y el equipo de libreros que salpicaba el perímetro en posición de firmes intercambió miradas de catástrofe y contuvo la risa nerviosa, pero Auster no se inmutó y a los pocos segundos siguió andando y el planeta volvió a girar. El resto de la velada, más allá del overbooking, transcurrió sin incidentes y al ritmo de una interesante selección de jazz.
Vino y jamón se terminaron.
La cola de lectores deseosos de obtener una firma y una foto dio la vuelta a la manzana del edificio. A nadie le importo sufrir el frío de la noche de invierno.
Y cuando todo hubo terminado, cuando todos se fueron y el autor se hubo despedido satisfecho de su enésimo éxito, nosotros nos quedamos para recoger los restos de la fiesta y no apagamos la música, porque siempre bailábamos al final.

***




Oviedo, Valencia y Madrid con “Desde el ojo del huracán”

Gracias a Raquel Friera, Miguel Sanfeliu, Pablo Bonet y Emili Albi por hacer este sueño posible.

Y gracias también a todas las libreras y los libreros que nos estáis acogiendo como en casa al libro y a mí.

En la Librería Cervantes de Oviedo. 15 de mayo de 2023.
En la librería Ramon Llull, en Valencia. 12 de mayo de 2023.
En la librería Cervantes y compañía de Madrid. 27 de abril de 2023.

Zenda publica las primeras páginas de ‘Desde el ojo del huracán’

Quedan solo dos días para que Desde el ojo del huracán salga a la venta y Zenda ha publicado las primeras páginas del ensayo, por si queréis descubrir un poco más sobre el texto, que empieza así:

¿Cómo se empieza a contar una historia que todavía no ha terminado? O mejor: ¿cuál es el sentido de una narración infinita? ¿Hacia dónde se dirige? O mejor todavía: ¿no es una historia para siempre inconclusa el lugar al que pertenecemos, un relato del que solo nos está permitido comprender una parte, aquella en la que participamos, la única y brevísima sobre la que tenemos el privilegio de decidir?

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Bienvenidos a la tempestad.

“Desde el ojo del huracán”, mi primer ensayo, llegará con la primavera

«Leer bien es aceptar que no existe ninguna certeza y, aun así, aventurarse en un sinfín de viajes emocionantes.»

En abril se cumplirán 18 años de la primera vez que entré en una librería como librera y no como clienta. Para celebrar esta mayoría de edad y gracias a la confianza de Emili Albi, Ariel y el Grupo Planeta, esta primavera se publicará mi primer ensayo, “Desde el ojo del huracán. Una historia íntima de las librerías”.

Nunca había volcado en un texto tanto de mí y nunca un texto me había desafiado tanto. Escribirlo ha sido un reto y, en muchos aspectos, un descubrimiento, pero también un reencuetro con las lecturas que me han marcado en este tiempo y con cada una de las personas extraordinarias que me he cruzado en el camino.

Este libro, que aspira a llamar la atención de quien ama las librerías pero también de quien habitualmente no lee, les pertenece a ellas.

¡Qué ganas de compartir su contenido con vosotros!

El cuerpo

F. llega a mi vida. Lo hace de la forma más inesperada y en el momento más oportuno. Y, salvo la atracción mutua, no tenemos nada en común, algo que sorprendentemente mejora nuestros primeros encuentros, donde la literatura no aparece por ninguna parte si pasamos por alto una excepción: que los encuentros mismos están destinados a convertirse en literatura, porque casi me resulta más interesante recrearlos después, volver a imaginarlos, interrogarme sobre ellos y sobre cómo he podido cambiar tanto y desprenderme durante estos últimos años de tantas cosas. Creo que a través de lo que he escrito y de lo que he vivido me he perdido el miedo y F. me ha encontrado al final de un largo aprendizaje.

No sé cuánto tiempo compartiremos.

A veces tengo dudas, mi mente se rebela, pero he decidido seguir las órdenes del cuerpo. Solo lo visible puede ayudarme a avanzar: lo que puedo tocar, lo que puedo oler, las palabras que F. pronuncia para mí en el presente y a las que yo respondo dejándome llevar, obligándome a caer, sumergiéndome en su deseo nada trascendente pero sí físico, empapado en una cotidianidad que rechaza toda posibilidad de reflexión.

Eso sí, mientras tanto leo sin parar. Devoro Los abandonos, vuelvo a Montalbano y a El nombre De la Rosa. Empiezo Los cerros de la muerte y me entretengo con las Bibliotecas imaginarias de Satz y ¿Para qué sirve la literatura?, de Compagnon.

Y, mientras escribo esto, en Nueva York apuñalan a Rushdie.

¿Para qué sirve la literatura? La pregunta resulta más oportuna que nunca, porque el ataque al escritor confirma con sangre que no es inocua, más bien al revés: la literatura es volátil y es peligrosa, y como la energía puede hacer de lo invisible algo que podemos tocar; los gestos del odio o el amor; la literatura puede prender el fuego… pobre del que se atreva a subestimarla…

F. compra cerveza fría y chocolate negro. Apenas nos conocemos y nos conocemos profundamente. O no. Por primera vez tengo la sensación de que escribir las cosas, capturar el recuerdo, resulta banal y lo embrutece. Por eso esta historia, que me muestra la frontera entre lo que me rodea y lo que habita solo dentro de mi cabeza, y la transformación que se produce cuando intento trasladar algo de uno a otro lugar, me merece la pena y quiero vivirla.

Es el cuerpo el que habla, sin referencias, sin fragmentos subrayados en los libros que hemos compartido, porque no los hay… es un destierro o un exilio, la imposibilidad de levantar un mundo paralelo, que se convierte en un reto…

A ver qué pasa.

‘Los abandonos’

Cubierta de ‘Los abandonos’ (Sexto piso, 2022)

«… la embarcación es grande y está abarrotada, y muchas caras le resultan familiares, pero no llega a reconocerlas. Todos le resultan conocidos, seguro que los ha traicionado y abandonado, pero no recuerda cuándo ni dónde ni cómo. Pero ¿dónde está Emma? Su bienamada Emma. ¿Por qué no se encuentra a bordo de la barca fantasma? Se le ocurre que lo que él está haciendo, contar su historia a la cámara, es para que Emma no se halle en el barco fantasma, para salvarla del destino de todos aquellos que lo han querido y que no han recibido su amor a cambio».

Ayer terminé Los abandonos (Sexto Piso, 2022).

Es una de las novelas más bellas y crueles que he leído.

Devoradla en cuanto podáis.

“Las manos tan pequeñas”, nominada a mejor novela en Valencia Negra

Portadas de los finalistas

“Las manos tan pequeñas” opta al Premio a la Mejor Novela de la décima edición del festival Valencia Negra, junto con otros cuatro títulos de novelistas que convierten el hecho de estar nominada ya en una victoria.

Además, son los lectores quienes, con su voto, eligen el título ganador. Si quieres participar con el tuyo, puedes hacerlo pinchando AQUÍ.