
No sabe por qué se le ocurre ordenar los lápices. Es temprano, poco después de las ocho, pero ya hace calor. El mismo calor de todas las mañanas de julio.
Los lápices de colores, que casi nunca utiliza, están mezclados en un par de tazas blancas de cerámica, con viñetas de Forges, que un inquilino anterior olvidó en el apartamento. Pero ella nunca se vio tomando café en esas tazas, por eso decidió darles otro uso y ahora las tiene detrás del portátil, en el escritorio de madera, repletas de lápices, bolígrafos y rotuladores a los que nunca les presta atención. Hasta esta mañana de julio en que se le ha ocurrido revisarlos y ha encontrado entre ellos, hecho un rollito minúsculo, sujeto por una goma, el folleto de la exposición de Giacometti que hace siete veranos visitó junto a él.
Acababan de conocerse. Aún no sabían quiénes eran y en ese momento fue cuando se quisieron más o, al menos, cuando ella más lo quiso.
Esta segura.
Vuelve a olvidarse de los lápices y se sienta muy lentamente en el sofá, con el folleto de la exposición entre las manos y la sensación de haber recibido una carta del pasado que no necesita. Lee: «Hacia 1930, Giacometti se adhirió al movimiento surrealista, sustituyendo progresivamente en su obra lo real por lo imaginario».
Vaya, piensa, en su caso el camino fue el inverso. Busca el cuaderno que, como siempre, descansa sobre la mesa de café y escribe lo que se le acaba de ocurrir: «Ahí, en ese instante de desconocimiento, fue cuando yo más te quise; cuando todavía no eras tú y yo no era para ti la mujer que soy. Éramos dos extraños, cuya existencia se limitó a ese día y a el uno para el otro. Nadie más en el mundo nos conoció; y al salir del museo y despedirnos, después de habernos hecho felices, desaparecimos. No podíamos existir sin mirarnos. La realidad no es aquello de lo que nos alejamos, sino lo que llega después».
Ahora le vienen a la cabeza unos versos de Pizarnik:
Nos hemos arrodillado
y adorado frases extensas
como el suspiro de la estrella,
frases como olas,
frases con alas.
El poema completo, que le descubrió una amiga una tarde en que dejaron morir el tiempo visitando librerías, se llama Cenizas, y a ella le gustaron tanto aquellos versos que los anotó en el mismo cuaderno en el que ahora está escribiendo su reflexión a propósito del día en que visitaron la exposición de Giacometti… «¡Qué momento tan afilado y peligroso!», continúa, y anota y luego tacha: «Algunos recuerdos son como el sol y nunca deben abordarse de frente. Solo pueden mirarse desde lejos».