León y Ponferrada. Una crónica

Con Álex y Petia

Los días pasan rápido entre la librería, las ciudades y los trenes.
En León, después de visitar Galatea y participar en el club de lectura de Adictos al Crimen, que coordina la gran Marta Marne, cenamos de tapeo y nos reímos una vez perdida la vergüenza de la primera impresión. Mientras nos calentamos con tacitas rojas de sopas de ajo y una cazuela de morcilla con piñones y puré de manzana, que no puede estar más buena, perdemos el respeto a los personajes de la novela y bromeamos sobre ellos y, aunque no lo digo, sin dejar de participar en la conversación y compartir las risas, noto como, al sentirlos tan vivos, la alegría me crece por dentro, dorada y suave, igual que la Mantequilla de Asako Yuzuki, que he elegido para acompañarme en los trayectos.

Con los Adictos al Crimen de León

Los días pasan también al otro lado de las ventanas de los trenes; se consumen como papel muy fino, sujeto entre los dedos hasta que las yemas se queman y lo dejan caer. Esa es la consistencia del Barrio Húmedo, del paisaje que envuelve la catedral, tan grande e imponente, en el centro de un laberinto de estrechas y retorcidas callejuelas. Un paisaje que ha prendido. Apenas son las diez y llamo a Claudia para ponernos al día. Hace frío, paseo y buscó una bufanda que al final no compro. Me refugio en un café y la mañana avanza con una tranquilidad de otra época, sin prestarle atención al trabajo que voy sacando adelante por teléfono, entre una tostada y un zumo.
Veo un mundo de fuego y de palabras que lo llenan todo, desde la Librería Pastor, donde Maite, Javier y David me hicieron sentir como en casa, a El Libro Imposible, que conjura recuerdos; una luz amarilla al fondo de la plaza, recorrida despacio la calle del Reloj.

Con Maite, de la Librería Pastor


En Ponferrada siempre he sido feliz.
El tren regional, con el vagón prácticamente vacío, se acerca a la estación donde Petia me espera. Luego conoceré por fin a Álex. Ha salido el sol, pero el frío se resiste a marcharse y sella nuestro abrazo; y todo, aunque invisible, sigue allí, envuelto en una música antigua y nueva, la de la banda sonora de El secreto de la pirámide, que escucho a todas horas desde que se publicó la novela y siempre consigue emocionarme.
Los recuerdos son crueles, platos suculentos ante nuestros ojos que no podemos comer: María y yo, muertas de la risa en la buhardilla del Aroi Bierzo, incapaces de conciliar el sueño por culpa de la discomóvil de la fiesta de la Encina; Mario celebrando la apertura de la librería y animándome a decir algo con él; Ale, Raquel, Chris, Astur y yo regresando a Madrid al día siguiente de la inauguración y planeando la obra en un área de servicio… A y yo, un par de diciembres más tarde, en el coche aparcado junto al hotel, muertos de la risa, ya no recuerdo por qué… Las vistas desde mi habitación son una caja de tesoros, un puñado de memoria hechizada, un viaje en el tiempo.


La presentación sale bien y, durante las firmas, una de las chicas adolescentes que han asistido al encuentro me dice con timidez que ha empezado a leer gracias a la novela. Lo dice bajito, como pidiendo disculpas, y no se da cuenta de lo valiente que es y de lo mucho que me emociona.

***

Deja un comentario